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ABC DOMINGO 11- -2- -2007 Recordando a Carmen Laforet CULTURAyESPECTÁCULOS 89 Mi matrimonio duró 24 años. Este periodo de mi vida no es sólo mio y no estoy autorizada a relatarlo El tercer periodo de mi existencia ha sido de esfuerzo por salirme de ese fondo ya agotado de mí misma ción si no me daban el premio- -cosa que me parecía casi imposible- Pero obtuve el primer Premio Nadal- -el Premio Nadal 1944- -dotado con cinco mil pesetas. La novela, desde su publicación en la primavera del cuarenta y cinco obtuvo un éxito ruidoso que me sorprendió y sorprendió a todo el mundo. Creo que yo andaba aturdida. Me parecía que un éxito literario no debía incluir el interés por la persona, de su autora, pero me llovían intervius y preguntas. Comprendí que no escribiría nada más hasta que se pasase todo aquello y dejasen de preguntarme: ¿qué preparas ahora? En 1946 termina un periodo de mi vida y comienza otro al contraer matrimonio con Manuel Cerezales. Este periodo de mi vida dura veinticuatro años, hasta que en 1970, Cerezales y yo separamos nuestras vidas. Este periodo de mi vida no es sólo mío y no estoy autorizada a relatarlo. Creo que puedo decir que tuve cinco hijos, escribí algunos libros y bastantes artículos, recibí algunos premios literarios. Y desde luego dejé en un segundo plano de mi interés la labor literaria. Fue un periodo en que me fui sumergiendo, como en el fondo de un mar, en las alegrías, las tristezas, las urgencias de la vida doméstica. Toda mi aventura era interior. Tuve una crisis mística que enfoqué dentro del catolicismo al que pertenecía desde mi bautismo. Y las especiales circunstancias en que la religión católica se desenvolvía entonces en España me hicieron muy dura una lucha para aceptar toda una serie de imposiciones contra mi manera de ser esencial. Lucha que duró años hasta comprender que era como la de don Quijote con los molinos de viento: es decir, que no hacía falta para nada entender así la religión. Quedé exhausta y luego traumatizada cuando después de escribir en aquellos años La mujer nueva la novela obtuvo premios ruidosos y me creí obligada a contestar a cuanta pregunta se me hiciese sobre el tema de mi conversión religiosa. Desde ese punto, poco a po- co, mi aversión a escribir se fue haciendo grande. Después de hacer mis primeros viajes fuera de España, al final de los años cincuenta y principios de los sesenta, escribí, en un periodo más liberador y descansado, La insolación que es el comienzo de una trilogía estructurada en mi mente antes del comienzo de la primera novela. Sin embargo, no pude continuarla. Había en mí una resistencia interior, incomprensible para mí misma, entonces, para hacerlo. El viaje a USA en 1965, el viaje a Polonia en 1967 fueron dos grandes experiencias para mí, cuyo fruto literario aún no he visto, pero creo que me ayudarán en el futuro. La narración del viaje a USA tiene un título escogido por mi editor que a mí me parece inadecuado. Se llama Paralelo 35 Mi vida en el Trastevere Tuve una crisis mística La escritora, en una imagen tomada junto a sus cinco hijos -aquella viejecilla en una mañana del barrio chino, a quien invité a un café con churros (milagrosamente tenía dinero para eso en aquel momento y los churros eran algo ina- preciable) y me contó su vida, y el muchacho pintor que se empeñó en hacer mi retrato- -era un buen retratista- -y desesperado renunció a ello porque no le salía mi expresión. Y la pandilla proveniente de la (Universidad con quien iba a la playa algunas veces (me pusieron una multa- -doy fe de ello- -por tomar el sol en traje de baño sin cubrirme con el albornoz, con el agravante de que mi traje de baño no tenía faldas) En septiembre de 1942 me trasladé a Madrid. Tomé contacto con la familia de mi madre y entré en su mundo y en sus recuerdos recientes de la guerra. Seguí el contacto íntimo con mi familia polaca que ahora vivía en Madrid también. Me matriculé en la facultad de derecho y me iba a estudiar al Ateneo, por las tardes, muchas veces, hasta que lo cerraban, a media noche. Luego me iba andando por la soledad magnífica de aquellas calles sin coches, bajo el cielo alto y estrellado (el transparente cielo del Madrid de entonces) hasta la casa donde yo vivía al final de la calle Pardiñas. La madre de Linka y yo comenzamos a hacer turismo unas veces solas, otras con Pedro el novio y luego el marido de Linka. Tomábamos alguno de los trenes- -siempre abarrotados- -que salían hacia las ciudades vecinas. Algunas veces, al llegar a nuestro destino, hemos tenido que descolgarnos por una ventanilla al andén, tan llenos iban, no sólo los compartimentos sino los pasillos, de gentes y maletas y sacos con comestibles y gallinas vivas que a veces se escapaban cacareando de las bolsas de paja en que iban metidas. Todo aquello nos parecía el precio, nada caro, de la alegría que íbamos a recibir descubriendo las viejas ciudades castellanas y los campos que las rodeaban. Los trenes eran lentísimos y salíamos de ellos negras de carbonilla, pero nos solíamos bañar en el río- -que hubiese cerca (recuerdo el Tajo y el Adaja) -pero si era primavera claro está; o en verano. Recuerdo que cuando íbamos a Ávil a, el tren tardaba en llegar cinco horas por lo menos, si no había retrasos: que siempre los había. Haciendo estas cosas escribí mi primera novela de enero a septiembre de 1944. Ya era hora de que yo hiciese algo. Al termi- ABC Haciendo estas cosas escribí mi primera novela de enero a septiembre de 1944. Ya era hora de que yo hiciese algo Me parecía que un éxito literario no debía incluir el interés por la persona, de su autora, pero me llovían intervius y preguntas El cielo de Madrid El ruidoso éxito de Nada nar la novela no sabía qué hacer con ella ni a quién dársela para ver si interesaba su publicación. Linka me envió a un amigo suyo que, aunque en aquel momento no ejercía su profesión, era periodista y crítico literario. Cerezales era socio entonces de una pequeña editorial especializada en libros de historia. A Cerezales le gustó mi novela y me informó que, en Barcelona, la Editorial Destino había anunciado en su revista un concurso de novelas; el Premio Nadal, que se otorgaría por vez primera en enero del año 45. Envié la novela al concurso con la esperanza de que interesase su publica- El tercer periodo de mi existencia, desde 1970 hasta hoy, ha sido un periodo de esfuerzo por salirme de ese fondo ya agotado de mí misma, por desatar ciertas inhibiciones del pensamiento que, según creo ahora, me han impedido la creación- -buena, mala o regular, pero libre- -de nuevos libros. De este periodo, lo más importante hasta ahora, es esta época de mi vida en el Trastevere romano; mis encuentros aquí con la juventud del momento y mi compresión de esa juventud; mis encuentros con personajes tan importantes y admirados como María Teresa León y Rafael Alberti, mis vecinos en este barrio; mi encuentro con el novelista- -también exiliado y amigo de Alberti desde la primera juventud, Pablo de la Fuente. Este encuentro ha sido particularmente emocionante porque conocí a Pablo en su lecho de muerte, hace muy poco. Su inteligencia y su sentido del humor y su fuerza de espíritu no se borraron mas que en el momento de terminar la vida. Era enormemente joven a los setenta años. Me confesó su ilusión de toda la vida de que sus libros se publicasen en España. Asistimos a su entierro, entre gentes de distintas nacionalidades, un grupo de españoles. Rafael Alberti escribió y leyó en su despedida del amigo cosas muy importantes. Este encuentro con un escritor sin desánimo ni vencimiento- -dejó sin concluir su última novela- -me ha hecho comenzar a mí, con gusto, un libro sobre estos encuentros míos del Trastevere. Esto es lo que preparo en este momento: el libro de los encuentros del Trastevere, y la continuación de la trilogía, cuyo segundo volumen hace cerca de tres años que está en pruebas de imprenta, esperando la segunda versión que me parece necesario darle.