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ABC SÁBADO 10 s 2 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL COMEDOR LA MUERTE EN UNA ZARZA ARDIENDO C ASI al final de Sunset Boulevard, encaramado sobre una de las muchas colinas que circundan la ciudad de Los Ángeles, se recorta sobre el cielo el Museo Getty. Hace una tarde desapacible, incongruente con el clima californiano; en el cielo, las nubes se debaten como ejércitos babilónicos que el ocaso tiñe de escandalosa sangre. Después de recorrer las salas de la colección permanente donde se congregan obras del Canaletto, Friedrich, Goya, Degas y otros maestros europeos, guiado por las erudiciones chispeantes de mi anfitrión Inocencio Arias, me interno en un ala del edificio que acoge una exposición de iconos procedentes del monasterio de Santa Catalina, en las laderas del monte Sinaí. Allí donde Yavé se reveló a Moisés y Elías, se fundó en el siglo IV la más antigua forma de vida monástica, que se ha preservado inalterada durante más de mil quinientos años. En la biblioteca del monasterio se guardan manuscritos- -hasta tres mil trescientos- -de los textos bíblicos y patrísticos que han permitido fijar con precisión los textos evangélicos originarios, así como una colección de iconos sin parangón en el mundo. Milagrosamente, el JUAN MANUEL monasterio de Santa Catalina jamás ha DE PRADA sido profanado, ni sus libros vituperados por el fuego, ni sus infinitos tesoros artísticos saqueados por la codicia de los hombres o la incuria del tiempo. Como la zarza ardiendo a la que Moisés se aproximó descalzo, el monasterio de Santa Catalina guarda el secreto de Dios; mientras haya monjes que lo sigan escrutando, el mundo no perecerá. Los iconos que se reúnen en el Museo Getty de Los Ángeles son sólo una pequeña muestra de los cientos o miles que se custodian en Sinaí. Pero, en su modestia, la muestra basta para apabullar con un torrente de belleza y espiritualidad primigenias al visitante, para trastornarlo de emoción y convertirlo en un hombre nuevo. Hay iconos que ilustran la vida y milagros de Santa Catalina, iconos en los que se explica el misterio de la zarza ardiendo como una premonición de la Encar- nación, iconos que compendian las festividades del calendario cristiano. Hay manuscritos bíblicos en lengua hebrea, griega, incluso musulmana, iluminados con escenas en las que resplandece el oro del Espíritu, miniaturas que concentran vertiginosamente yacimientos de una sabiduría milenaria e inabarcable. Hay, incluso, un tríptico de apariencia modesta que delata la maestría del Greco, un Greco todavía primerizo, muy delicadamente primitivo, que conmueve al visitante de un modo sereno y límpido, como sólo nos conmueve el arte que acierta a penetrar en el meollo mismo de la Belleza. Quizá no sean más de cincuenta iconos los que completan la exposición, pero el visitante puede consumir horas y horas en su contemplación, ajeno a las contingencias y al tráfago de los días, como si bogase en una placenta de beatitud. En una sala se proyecta un documental en el que se nos muestra la vida cotidiana de los monjes de Sinaí. Son hombres de barbas intonsas que labran la tierra, que ordeñan las cabras que les brindan su sustento, que oran incansablemente al Señor del Tiempo en un griego antiquísimo y estremecedor. Uno de los monjes se atreve a formular un diagnóstico sobre nuestra época, que ha decidido insensatamente sepultar el espíritu, que ha resuelto vanidosamente entregarse a disfrutes efímeros que dejan el alma agostada y aterida. Su misión- -nos dice- -no es otra que suplir con su oración ese olvido de Dios, hasta que el espíritu de los hombres resucite. Abandono sobrecogido la exposición y salgo a una de las terrazas del Museo Getty, desde la que se contempla en lontanaza el tumulto de Los Ángeles, como un emblema de la Babilonia moderna; hacia el oeste, el sol muge en un incendio crepuscular. Mientras lo miro, lo confundo con una zarza ardiendo que mantiene vivo con su fuego un mundo que se debate en su agonía. Pero mientras ese fuego no se extinga, mientras los monjes del monasterio de Santa Catalina sigan repitiendo sus liturgias inalteradas, el mundo no morirá, seguirá respirando prendido a esas palabras que exorcizan la noche. Esos monjes lo velan en su agonía; ellos le devolverán su vigor, volverán a incendiar las agostadas y ateridas ramas. N un libro apasionante y lúcido llamado Divertirse hasta morir el sociólogo Neil Postman denunció hace una década y media el fenómeno de banalización con que la televisión ha convertido la realidad en un espectáculo de entretenimiento que acaba transformando la cultura, la educación y la política. Todo se vuelve trivial bajo el prisma de ese caleidoscopio de imágenes que funciona full time como una industria de la diversión, y convierte los acontecimientos más dramáticos o las cuestiones más trascendentes en argumentos de un parque IGNACIO temático situado en el saCAMACHO lón de estar: las ideas, las opiniones, los conocimientos, pero también la guerra, el sufrimiento o la muerte. El fuego sagrado de la diversión hipnotiza a los espectadores y los transforma en consumidores compulsivos de una representación real en sesión continua, que para mantener viva la llama necesita quemar en vivo y en directo un combustible de sentimientos, tragedia, confrontación y dolor. En estos días de intensa zozobra íntima para los miembros de la Familia Real española, el profesor José Antonio Marina ha recordado la necesidad de modular ciertas pautas de rigor moral que eviten la conversión del padecimiento ajeno en material de recreo popular. Naturalmente, en la sociedad abierta esos diques de contención no pueden proceder de normas censoras o restrictivas, sino que han de brotar de una convicción ética e intelectual que pondere individualmente los límites del respeto hacia el drama y establezca en la conciencia de cada cual la diferencia entre la información necesaria y el abuso invasivo. La curiosidad humana por las vidas (y las muertes) de los demás, recuerda Marina, está en el origen de la novela y del teatro, de la épica y de la narrativa del conocimiento, pero también en la del cotilleo y la habladuría, en la de la calumnia y el morbo, en la de la maledicencia y el chismorreo. Es decir, entre la grandeza y la infamia, entre la cumbre y el abismo. No se trata de una cuestión puntual, derivada en esta ocasión de la delicadeza y la singularidad de la institución afectada por la tragedia; no se trata de un por ser vos quien sois sino de una genérica reflexión necesaria y urgente antes de que la hoguera desaprensiva de la telerrealidad abrase por completo los derechos de la intimidad de todos. Vale para princesas y cantantes, para políticos y artistas, para ciudadanos anónimos y para estrellas de cualquier firmamento de popularidad. Se trata de la defensa de los espacios de dolor, de la consideración a las víctimas y de la preservación de su legítimo ámbito de privacidad. Y se trata, sobre todo, de algo más importante: de conservar una cierta decencia colectiva que nos impida revolcarnos en un pantano de morbo y miseria. Se trata de acostumbrarnos a distinguir entre el espectáculo y el drama, y de mantener a salvo nuestra capacidad moral para conmovernos ante la muerte servida en el comedor, sin compasión ni piedad, como aderezo de la sobremesa. E