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90 TOROS DOMINGO 4 s 2 s 2007 ABC CONSTERNACIÓN EN EL MUNDO DEL TORO Antoñete Espartaco Enrique Ponce Curro Vázquez y Cayetano Juan Lamarca Fundador del Círculo Bienvenida Siempre fue muy cariñoso. Coincidí con él en su época de Colombia. Toreaba con clase, amanoletado Fue un honor compartir la Medalla de Oro de las Bellas Artes con Ángel Luis y estar a su vera Ha sido un torero dentro y fuera de la plaza, todo un señor. Impresionaba su derroche de torería Cayetano, operado de una fractura múltiple de la mano derecha, expresó su pesar por medio de Curro Ha dignificado y divulgado la Fiesta como un embajador de lujo. Un ejemplo (Viene de la página anterior) dentalmente en Madrid y Caracas. Manolo y Pepote comenzaron en una cuadrilla de niños toreros en América. El primero pasó directamente de becerrista a matador de toros, tomando la alternativa en Zaragoza en 1929. Se puso en figura por su poder, y rivalizó con el gran Domingo Ortega. El 31 de mayo de 1938, con 25 años, falleció en San Sebastián de un quiste hidatídico, aunque parece ser que fue un cáncer encubierto. Pepote fue un sobrio lidiador, buen estoqueador en los momentos clave y excepcional banderillero. Tomó la alternativa en 1931 en Madrid de manos de Nicanor Villalta y se hizo imprescindible para encabezar los carteles en los años cuarenta. El 2 de octubre de 1957 se retiró en Úbeda. Un infarto dio fin a su vida en Lima el 3 de marzo de 1968, en un festival. Nunca visitó una enfermería en su carrera. Conchita Cintrón Torero y rejoneadora contemporánea de los Bienvenida SE VA UN HERMANO L La tragedia de Antonio Antonio fue uno de los toreros de más vigencia en el tiempo. Nació el 22 de junio de 1922 y empezó a torear de novillero antes de terminar la guerra civil. Se presentó en Madrid el 3 de agosto de 1939 y se consagró en la misma plaza el 18 de septiembre de 1941 con su histórica faena de los tres pases cambiados al novillo Naranjito de Antonio Pérez. Tomó la alternativa al año siguiente, el 9 de abril, de manos de su hermano Pepe y con toros de Miura. La cornada sufrida esa misma temporada en el mes de julio en Barcelona, ejecutando el famoso pase cambiado, le cortó el principio de lo que sería una larga y brillante carrera, en la que fue el torero predilecto de Madrid por excelencia. Empalmó la época de Manolete y Pepe Luis hasta los sesenta de Ordóñez y El Cordobés. Se retiró el 16 de octubre de 1966, matando seis toros, por enésima vez, en Madrid. Reapareció en 1971 y se despidió definitivamente en Vistalegre en 1974. Falleció el 7 de octubre de 1975 a los 53 años a causa de una fractura de cuello que le causó la vaca Conocida de Amelia Pérez Tabernero cuando aleccionaba a Miguelón, hijo de Ángel Luis, una promesa inmejorables condiciones. Pero, como se dice en el toro, no pudo ser. El Rey recibió de manos de Ángel Luis la insignia del Círculo Bienvenida en un espontáneo gesto Juanito, el más joven de los matadores de la dinastía, tuvo un gran arranque en Barcelona como novillero. Repetidas cornadas consecutivas y la mala suerte en Madrid le impidieron volar más alto: un miura lo dejó prácticamente cojo. Volvió en 1954 y tomó la alternativa en Barcelona en 1955, de ma- ABC nos de César Girón. Toreó hasta 1964. Murió con setenta años el 30 de mayo de 1999, víctima de una leucemia. Fue el penúltimo en partir. a muerte de Ángel Luis me agarra de tal manera que no puedo hablar, casi ni escribir. Era mi hermano. Todos lo eran. Recuerdo una vez que atravesaba el bulevar de General Mola, frente a su casa, con Antoñito, Ángel Luis y Juan. En el balcón estaba El Papa Negro, y los tres, prácticamente a la par, como si sus cabezas se cubrieran con monteras, hicieron el imaginario gesto de destocarse y saludar a la autoridad. Solíamos ir a Navalcaide la finca de Domingo (Ortega) y abajo, en la placita, toreábamos con El Estudiante, y con Antonio, y con Ángel, y arriba estaban las mujeres y mi marido... Quisiera una frase para Ángel Luis que quedase en la memoria, como aquéllas que hasta las cuatro de la madrugada nos dijimos en casa de Peñuca por primavera, pero no me sale. Zabala de la Serna EL ÚLTIMO BRINDIS uando Antonio Bienvenida se despidió de los ruedos definitivamente en 1974, ofrendó el último brindis de su vida a Ángel Luis: Prometo no darte más disgustos Pero el disgusto del año siguiente fue de muerte: una becerra le partía el cuello ante los ojos incrédulos de su hermano y de su sobrino Miguel, a quien enseñaba en el campo la naturalidad exquisi- C ta, la torería excelsa y el temple de su derecha. La muerte que se lleva con Ángel Luis toda una dinastía de tres siglos no ha sido tan abrupta: se esperaba el final como el sonido de los clarines que liberan el paseíllo, la tensión y los miedos del patio de cuadrillas. Ahora llueven los recuerdos, los tiempos perdidos, las tertulias por hacer. Nos cruzamos los teléfonos en Navidad: Tenemos que vernos ¡Tantas veces más debíamos habernos visto! Crecí rodeado de puro bienvenidismo, pues era mi padre (Vicentón) un hermano más, el más apasionado. Todos los domingos de la infancia me convertía en una especie de radioescucha de barra y seltz en los castizos aperitivos matinales a la vera de Ángel Luis, y de Juanito cuando conseguía evadirse de su refugio serrano a la ciudad. Las cosas de El Papa Ne- gro salían día sí y día también: los entrenamientos del jardín de la calle General Mola 3- -la obligación de aprender a matar con la izquierda o de saltar la barrera por ambos lados, por si el toro venía a contramano- las anécdotas sabrosas de desbordada imaginación a veces, los gestos épicos, los secretos de la lidia total, el pase cambiado, los toros de Trespalacios cruzados como troncos en la vía del tren de las carreras del patriarca y de Antonio; la sonrisa perenne y la hombría de bien en la calle y en la plaza; y la semilla de la Sevilla abandonada latente en el corazón. El Papa Negro sostenía que Ángel Luis toreaba mejor que ninguno, que Manolo, el más poderoso, que Pepote, Antonio y Juan. Su elegancia innata le trajo el sobrenombre de El Inglés como un título de Sir. Ese ser, y estar, en torero nunca estuvo re- ñido con las buenos modos, ni se confundió con machadas arremangadas ni algarrobadas de Sierra Morena. Mas, como él mismo reconocía, en su juventud le flaqueó la afición, la que le sobraba en su inmaculada vejez, para convertir su amanoletado estilo en el arma de su consagración. Por su sesenta cumpleaños nos esbozó con un toro un cuadro de su tauromaquia, un reflejo atemporal en la intimidad, un sueño. Ángel Luis ha afrontado la hora final por derecho, con la serenidad de haber pasado por el mundo sin hacer daño a nadie, como en una última lección de naturalidad, como en un majestuoso último brindis, como aquel del 74: Prometo no daros más disgustos Ya es tarde. Quizá algún día el gen de la afición se enraíce en la sangre de un nieto, o biznieto, y volvamos a asombrarnos con un Bienvenida en los ruedos.