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72 AGENDA Tribuna Abierta DOMINGO 4 s 2 s 2007 ABC Pedro Crespo de Lara Escritor LANDELINO LAVILLA, PRÓCER DE LA TRANSICIÓN L Me detengo en la figura de Landelino Lavilla, que acaba de ingresar, como académico de número, en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, para celebrarlo y subrayar su pertenencia al grupo de egregios recordado A plaza pública que son los periódicos y demás medios de comunicación nos muestran cada día el deterioro que viene padeciendo la calidad de la vida pública española. No hay autoridad que se respete, valores tradicionales que se aprecien, superioridad que se reconozca; se insulta, se calumnia, se confunde, se embadurna de grosería, descaro e indecencia el ambiente social; las instituciones no saben contener esta oleada de gamberrismo bien vestido y barbarie en papel de seda; algo huele aquí a podrido. ¿A dónde vamos por este camino? Los que ya tenemos edad para hacer comparaciones no podemos olvidar un tiempo pasado indudablemente mejor de ilusiones colectivas, buenos modos y conductas ejemplares. Fue el período de la Transición, esa sabiduría de un pueblo viejo que recomponía su figura. Sabiduría que nos hizo cerrar filas en torno al flamante Rey, Don Juan Carlos, que nos llevaría de la dictadura a la democracia, a la cabeza de una pléyade de ciudadanos beneméritos que bien merecen el título de héroes, en el sentido que da Carlyle a la palabra, como dignos de admiración, o Marlowe, como hombres representativos. En efecto, dignos son de admiración y representan un estilo noble de gobernar y de hacer oposición aquellos patricios, cuyos nombres están en la memoria de todos y da ejerciendo altos cargos en los que era el más joven de sus colegas: a los 27 años, secretario general del Banco Español de Crédito; a los 37 vicepresidente y luego presidente de la Editorial Católoca; a los 41, ministro de Justicia; a los 43, senador de designación Real; a los 45, presidente del Congreso de los Diputados; a los 49, consejero permanente de Estado; a los 63, académico de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación; a los 69, presidente de la Real Academia dicha y académico electo de la Ciencias Morales y Políticas. que debemos nombrar para honrarlos y porque su recuerdo produce beneficio y regocija el espíritu. Son el Rey Don Juan Carlos, en su indiscutible condición de piloto del cambio, y sus colaboradores, realmente magníficos, Adolfo Suárez, Felipe González, Torcuato Fernández Miranda, Manuel Fraga, Santiago Carrillo, Landelino Lavilla, Alfonso Guerra, Antonio Hernández Gil, Antonio Fontán, Gregorio Peces- Barba, Alfonso Osorio, Aurelio Menéndez, Gutiérrez Mellado, Fernando Abril, (pasaron ya a mejor vida estos dos últimos) y otros no olvidados. Renovemos nuestra admiración por ellos y sus conductas. La admiración por otro que realmente le supera es el sentimiento más noble que anida en el corazón del hombre. Y a quien más favorece es al que admira, pues le hace consciente de que él participa en esencia de todo lo que es bello y superior. Y al expresar su admiración mejora su vida, vivificándola, y el ambiente que le rodea. M e detengo en la figura de Landelino Lavilla, que acaba de ingresar, como académico de número, en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, para celebrarlo y subrayar su pertenencia al grupo de egregios recordado. Landelino es académico por naturaleza, no sólo por sus relevantes merecimientos. Espíritu selecto, desde la temprana revelación de su talento se ha distinguido por saber conjugar admirablemente el conocimiento con la ética y la estética, elementos de la conducta humana que parece que han huído de la escena pública española; ojalá encuentren refugio en las Reales Academias. E L andelino Lavilla tras excelentes estudios ingresó a los veintitres años, con el número uno, en el cuerpo de Censores Letrados del Tribunal de Cuentas y al año siguiente, tambien con el número uno, en el de Letrados del Consejo de Estado. Desde entonces, Landelino Lavilla se ha pasado la vi- n este impresionante curriculum destaca con especial fulgor su tarea como ministro de Justicia en el primer gobierno de Suárez, por la cual ha merecido la consideración de gran autor jurídico de la transición (la expresión es de García de Enterría) Landelino Lavilla acaba de entrar por la puerta grande en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas con un espléndido discurso sobre Política de la Memoria madura reflexión sobre ¿cuál ha de ser la posición del político ante la historia? con el panorama de la transición al fondo. La contestación corrió a cargo de Miguel Herrero de Miñón, orador brillante que hizo gala de sus dotes en sabroso e inteligente discurso. A sus 72 años, Landelino Lavilla tiene la figura de un mozo. Cuando habla de sus picas en Flandes no cuenta batallas sino que hace precisiones, que expone con claridad y somete a la consideración de su interlocutor. Joaquín Albaicín Escritor BESTIARIO TAURINO D Multitudinario fue el sepelio de un inteligentísimo can a quien la sociedad madrileña de fines del XIX conoció muy bien: Paco ECENAS de caballos eran sacrificados para seguir en su destino de ultratumba al kázaro o mongol con rango de khan. No se sabe, en cambio, de ninguna cuadrilla de monosabios conminada por sacro interdicto a acompañar en su viaje al otro mundo al corcel muerto en combate contra el toro. Quizá, sí, deslumbró un día una civilización en que el varilarguero, su homólogo de reserva y los monosabios eran conducidos al altar para ofrendar sus vidas en honor a su difunto señor, el caballo, para el que hábiles orfebres labraban los bajorrelieves de su triple sarcófago, envidia de Papas, faraones y Argantonios y hasta del propio Atila, que, según la leyenda, yace en el lecho del río Tisza, en Hungría, en tres ataúdes de hierro, plata y oro. De existir tal reino, debió ser en el Perú, donde -como nos cuentan Rubén Amón y Juan Luis Cano en Pasa un torero, su biografía de Curro Vázquez- -todavía en los años cincuenta del siglo XX fue despedido de esta vida con un oficio religioso por el descanso de su alma Milagritos, caballo de picar adscrito a la cuadra de la plaza de Acho e ídolo de la afición limeña. ambién multitudinario fue el sepelio de un inteligentísimo can a quien la sociedad madrileña de fines del XIX conoció muy bien: Paco, un perro callejero aficionadísimo a los toros y la ópera y asistente habitual a la tertulia de ValleInclán en Fornos, sito antaño en la esquina de Alcalá con Peligros, allá donde arranca Los Madrazo, primera residencia en la Villa y Corte de Rafael El Gallo. Los porteros de los teatros y las plazas de toros deja- ban pasar gratis a Paco, de conducta siempre ejemplar y cuyos ladridos brotaban al unísono con los olés del respetable cada vez que lo acaecido en el ruedo lo merecía. Más de una vez fue Paco quien llevó la voz cantante, haciendo reparar a los aficionados humanos en la majeza de tal larga de Cayetano Sanz o lo meritorio de ese cambiado o aquel pinchazo en hueso de Frascuelo, que- -hay acuerdo en ello- -fue siempre su torero favorito. del mayoral de Las Ventas, ilustre irracional para el que llegó a pedirse la oreja una tarde de 1946 en que porfió y porfió por que atendiera sus ganas de pelea un buen mozo de Arranz... ambién la Fiesta, pues, ha conocido claros ejemplos de animales hierofánicos, vehiculadores en la Tierra del furor y el aura gloriosa de un ángel o un héroe empíreo. Tulkus acaso de grandes toreros del pasado, son- -como los perros cosmonautas, los astrochimpancés, los pingüinos supervivientes de Gondwana o los delfines de agua dulce o salada- -hermanos en el Destino de los monos servidores- -e iconos vivientes- -de Hanuman en los templos hindúes y del perro de Yudhistira, quien, según el Mahabharata, se negó a cruzar las puertas del Nirvana a menos que se le permitiese hacerlo en la compañía de su fiel mascota. ¡Gloria y honor, pues, a Paco, a Feo y a Milagritos, paladines de la arena y puente entre los mundos! T T P aco, por si fuera poco, murió en el ruedo. Una tarde en que, indignado por la incompetencia del lidiador para hacer faena al toro, abandonó el tendido e irrumpió en el tercio para recriminarle a viva voz ante la cátedra su roma ciencia, el coletudo le propinó un espadazo mortal. De tal enormidad fue la bronca cosechada por el perricida, que jamás pudo volver a poner las zapatillas en la plaza de la Corte. Traigamos hoy también a nuestro recuerdo a Feo, perro