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ABC SÁBADO 3 s 2 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA UNA MANIFESTACIÓN NECESARIA Manifestemos alto y claro lo que la mayoría queremos: que ETA sea derrotada y sus militantes vencidos, que no se negocie con ellos, pues es nuestra libertad la que está en juego. Y recordémosle a Rodríguez Zapatero que ésta es la última vez que se lo diremos: mañana ya será tarde y, a partir de ese momento, dejaremos que sea aplastado por la pavorosa rueda que él mismo ha puesto en movimiento... L Foro Ermua, junto a más de un centenar de organizaciones civiles, nos convoca hoy en Madrid a una manifestación en cuyo lema se sintetizan las aspiraciones que, con respecto a la violencia terrorista, expresa la mayoría de la sociedad española: Por la libertad, derrotemos juntos a ETA. No a la negociación Empecemos por el principio. Cuando, después del paréntesis estival, asomaba el otoño de 2005 y se rumoreaba insistentemente que la negociación entre el Gobierno y ETA se encontraba ya en marcha, según todas las encuestas disponibles, en torno a seis de cada diez españoles aprobaba su realización con la condición de que la organización terrorista hubiera abandonado previamente las armas. En aquel momento sólo un poco menos de la mitad de los españoles creía que esa negociación había empezado y la confianza en que pudiera conducir al final de ETA apenas alcanzaba a un tercio de ellos. El mal llamado proceso de paz suscitaba poco entusiasmo y, sobre todo, dividía a la opinión pública en dos mitades casi iguales en lo que a las cuestiones políticas se refiere, aunque no así en lo relativo a las de tipo penal o penitenciario, pues eran dos tercios los españoles que rechazaban la aplicación de medidas de gracia a los etarras encarcelados, y casi el sesenta por ciento los que repudiaban su acercamiento al País Vasco. La declaración de un alto el fuego por parte de ETA, aunque acogida con alharacas, en una confusa expresión de voluntarismo y apoyo mutuo, por parte del Gobierno, el Partido Socialista y los nacionalistas, añadió algunos cambios a la pauta ya descrita de la opinión de los españoles. Así, la aprobación de la negociación, siempre condicionada a la renuncia a la violencia por parte de ETA, aumentó en siete puntos porcentuales; y el escepticismo cedió el paso a la esperanza. Pero a la vez se configuró un nítido rechazo a la posibilidad de llegar a acuerdos políticos con la banda terrorista- -singularmente en lo relativo a la autodeterminación del País Vasco y a la entrada de Navarra en el paquete negociador- -y se reafirmó la objeción a cualquier trato de privilegio de sus presos. En resumen, en aquel momento quedó definida una mayoría social netamente diferenciada que, sin hacer ascos a un posible diálogo del Gobierno con ETA, una vez que ésta hubiese dejado el terrorismo, tenía claro que, en las conversaciones correspondientes, no había nada que hablar acerca de las aspiraciones independentistas de esa organización, ni tampoco sobre el perdón a sus miembros. sa mayoría de españoles ha seguido con preocupación y decepción los acontecimientos que se sucedieron en los nueve meses siguientes. Advirtió la deliberada ambigüedad del Gobierno, con su presidente a la cabeza, en un discurso político destinado más a confundir que a aclarar las cosas; y reaccionó con un creciente escepticismo, de manera que si en marzo seis de cada diez ciudadanos acogía esperanzado el alto el fuego ya en octubre se había producido un vuelco en sus sentimientos y eran dos tercios los que se mostraban desconfiados. Esa misma mayoría observó que la violencia no cesaba. ETA seguía extorsionando a empresarios, mantenía abiertas sus campañas de intimidación a los concejales de distintos partidos en muchos pueblos del País Vasco, el terrorismo callejero era cada vez más intenso y destructivo, y los de Batasuna habían tomado la calle desafiando las prohibiciones que pesaban sobre ellos después de su ilegalización. Pero además, la violencia se acompañaba de una política gubernamental cada día más condescendiente con el entramado terrorista: los fiscales dejaron de actuar con firmeza; los actos públicos de Batasuna fueron tolerados con el pretexto del respeto a los derechos individuales; Otegui se convirtió en un hombre de paz mientras se empezaba a considerar a los representantes de ETA interlocutores válidos dentro del proceso político; y De Juana Chaos, a la vez que chantajeaba al Estado, era rehabilitado por el mismísimo presidente del Gobierno. legamos así a una situación en la que, como expresó al mediar los años treinta el escritor alemán Lion Feuchtwanger, el imperio de la sobria razón se derrumbaba y el pueril revoco de la lógica estaba siendo arrancado Ya no se entendía nada y el discurso gubernamental iba por un sitio, mientras los hechos se encaminaban por otro. Diciembre se despedía con el año, cuando el terrible atentado de la T 4, con su estela de muerte para Diego Armando Estacio y Carlos Alonso Palate, y su rastro de destrucción material nos sorprendió a todos, dejando en evidencia al Gobierno y, muy singularmente, al presidente Rodríguez Zapatero. Éste había pronunciado el día anterior una proclama saturada de optimismo y quedó inmediatamente claro que tal arrebato carecía por completo de fundamento. Sorprendentemente, muchos días después, en un debate parlamentario forzado por la oposición, el presidente consideró que su euforia había sido un error, lo que a muchos nos dejó perplejos pues nunca un sentimiento constituye un yerro, aunque sí pueda ser un signo de simpleza. Y eso le sirvió para soslayar que su verdadero desacierto había sido creer en una teoría del final del terrorismo que establecía que la desaparición de ETA sólo podría ser el resultado del reconocimiento, cuando menos parcial, de sus pretensiones políticas. El Gobierno ya ha pronunciado su diagnóstico y se ha reafirmado en su aspiración de llegar a algún acuerdo con ETA y, de paso, con el conjunto del nacionalismo, pues parece que del terrorismo todos pueden sacar tajada. Lo de Barajas ha sido un accidente un incómodo acontecimiento que se quiere borrar de la historia por mor de la paz La olla podrida del olvido ha sido una vez más la próvida propuesta de los que nos mandan. Metamos en ella a las víctimas y a su reivindicación de justicia, parecen decir mientras se aprestan a soltar unos cuantos euros en forma de generosa indemnización. Metamos también la libertad, esa incómoda palabra por la que tantos están dispuestos a sacrificar su vida. Y no cerremos el puchero, pues todavía caben en él las ideas de todos esos españoles que consideran que la democracia es incompatible con las cesiones a los terroristas. E L E E l Gobierno nos ha decepcionado. Su presidente, ignorando todos los antecedentes de nuestra historia democrática, no ha querido ponerse a la cabeza de la resistencia de la sociedad civil frente al terrorismo. Y por eso ha llegado la ocasión de decir basta; el momento de evocar el viejo poema de Gabriel Celaya, reclamarnos españoles con futuro y recordar con él la consigna: ¡A la calle que ya es hora de pasearnos a cuerpo! La oportunidad está ahí, a las cinco de esta misma tarde, en Madrid, entre Colón y la Puerta de Alcalá: ¡A la calle, ciudadanos! Manifestemos alto y claro lo que la mayoría queremos: que ETA sea derrotada y sus militantes vencidos, que no se negocie con ellos, pues es nuestra libertad la que está en juego. Y recordémosle a Rodríguez Zapatero que ésta es la última vez que se lo diremos: mañana ya será tarde y, a partir de ese momento, dejaremos que sea aplastado por la pavorosa rueda que él mismo ha puesto en movimiento. MIKEL BUESA Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid