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ABC MIÉRCOLES 31 s 1 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA DIGNIDAD ULTRAJADA Como buen individualista, Ronald Dworkin nos asigna a cada uno la responsabilidad de ponderar y elegir nuestros propios valores éticos, en lugar de ceder a la imposición de preferencias ajenas... R ONALD Dworkin, a caballo entre Oxford y Nueva York, se ha autoimpuesto desde hace años la ardua tarea de nutrir de argumentos teóricos al individualismo radical característico de buena parte de la izquierda norteamericana. Su empeño es digno de admiración por muy diversas razones. Resulta admirable, para empezar, cómo no rehuye tema alguno, por vidrioso o polémico que resulte; muy al contrario. Hace ya decenios, animando a tomarse Los derechos en serio abordó el espinoso debate sobre la llamada acción afirmativa destinada a contrarrestar positivamente la discriminación de las minorías. Hacerlo sin abandonar la perspectiva individualista no deja de revestir su mérito. Años después, cuando tuve ocasión de conocerlo, se ocupaba de los más discutidos problemas de bioderecho, explorando El dominio de la vida desde el aborto a la eutanasia, sin marginar las manipulaciones eugenésicas. Admirable también es su ausencia de complejos a la hora de argumentar, sin admitir ni por asomo las posibles debilidades de sus puntos de partida. Quedé perplejo ante su rechazo del sufragio masculino (toda una novedad... en problemas relacionados con el aborto, partiendo del prejuicio individualista de que sólo tenemos derecho a votar sobre aquello que nos afecta. Lo que cabría tipificar como invisibilidad del otro le llevaba a convencerse de que la vida de un no nacido no es cuestión que pueda interesar a varón alguno, por lo que permitirles votar al respecto rompería el equilibrio democrático: añadiría al voto sobre lo que les afecta un segundo y caprichoso voto para decidir sobre lo que afecta a los demás. Que nuestro Tribunal Constitucional suscribe lo contrario es asunto conocido (yo mismo se lo expliqué... pero imagino que ello sólo le llevó a esbozar alguna cábala sobre nuestro nivel de civilización. tratarse de un recurso cultural único y de enorme valor, habría que considerar discriminatorio negarlo a los homosexuales, ante la imposibilidad de crear un nuevo modelo de compromiso de similar significado e intensidad. Sólo el matrimonio posibilitaría a dos personas crear conjuntamente un tipo de valores inimaginable fuera de dicha institución. Intentar, como se ha hecho en Vermont, California o Connecticut, solucionar la cuestión creando un status especial de unión civil sólo reduciría la discriminación pero sin eliminarla. L a perplejidad surge si se contraargumenta que, al extender el matrimonio a nuevas relaciones, se está afectando decisivamente a esa trayectoria histórica que lo ha dotado de particular valor. Con ello se estaría convirtiendo (también en su clásica versión heterosexual) en un nuevo modelo de compromiso que no tiene por qué verse todavía reconocido como un recurso social de valor insustituible. La concesión de esa especial relevancia pública a la relación homosexual puede llevar a cuestionar a cuento de qué las relaciones sexuales, del tipo que sean, merecen público reconocimiento y jurídica protección. Quizá se trate más bien de un atavismo a eliminar. Habríamos tocado con ello lo que, para nuestro autor, sería la cuestión fundamental: quién debe tener el control, y de qué manera, sobre la cultura moral, ética y estética en la que tenemos que vivir. Como buen individualista, planteará un dilema: o nos remitimos a millones de decisiones individuales cotidianas, que configurarían una especie de peculiar mercado ético, o planificamos jurídicamente los valores desde las decisiones colectivas de los legisladores. Su concepto de dignidad aporta una solución clara: nos asigna a cada uno la responsabilidad de ponderar y elegir nuestros propios valores éticos, en lugar de ceder a la imposición de preferencias ajenas. No hay quien tenga derecho a dictarme lo que haya de pensar sobre lo que constituye una vida buena; mi dignidad me prohíbe aceptar cualquier manipulación de mi cultura que sea a un tiempo colectiva y deliberada. Es más, debo negarme a tal manipulación aun si los valores que pretende proteger o infundir son los míos propios. Lo contrario supondría que la cultura que perfila nuestros valores es propiedad de algunos- -los que momentáneamente detentan el poder- -que podrían esculpirla en la forma que ellos admiran. Esto constituiría un profundo error en una sociedad auténticamente libre. Lo curioso es esa ceguera ante la imposible neutralidad de lo jurídico, patente cuando recurre a todo este argumentario- -de mayor tonelaje que alcance universal- -para defender las nupcias homosexuales. Bastaría con atravesar el charco, operación que realiza con frecuencia con alcance más geográfico que mental, para que sus argumentos jueguen precisamente en sentido contrario: lo que se pretende es provocar una mutación ética por vía legal, gracias a una deliberada decisión colectiva (reducirla a frivolidad minoritaria resultaría malévolo) con obvio perjuicio de la dignidad de los presuntos beneficiarios, a los que se impide remozar en libre competencia la institución matrimonial irradiando sus lúcidas decisiones individuales. o muy diversa es la situación cuando polemiza con los conservadores tachándoles de incongruentes, por mostrar más preocupación por el pluralismo nupcial que por el religioso, al no ejercer en este ámbito particular control de novedades. Bien es verdad que la religión no goza por aquellos pagos de consideración jurídica comparable al matrimonio. Basta, una vez más, con atravesar el charco para que la situación sea muy otra. Surge en consecuencia una notable preocupación- -también entre los no creyentes- -para que no acaben determinadas sectas disfrazándose de religión; constituye la excepción esa minoría que prefiere- -de nuevo la neutralidad se hace imposible... -que toda confesión religiosa acabe siendo tratada como secta. Ha entrado así en juego un último motivo de admiración: la capacidad para imaginar contraargumentos, o examinar la reversibilidad de los propios, no figura entre las principales virtudes del individualismo radical. Para que se hagan una idea; el tráiler termina con estas palabras no ayunas de autoestima: ¿quién podrá sostener- -no simplemente afirmar- -que me equivoco? N N o es menos digna de admiración su capacidad mercadotécnica, que le ha convertido en el teórico del derecho superventas del orbe. Entre sus eficaces recursos figura el de anticipar en alguna revista, a modo de tráiler, el contenido de un libro a punto de aparecer. Así ha ocurrido ahora, con traducción en revista española de ética, al anunciar el próximo en el que, girando en torno a las exigencias de la dignidad humana, se plantea: ¿Es posible aquí la democracia? Como de costumbre, los temas abordados componen todo un Hit- Parade evolucionismo versus diseño inteligente, educación para la ciudadanía (me suena... oración en la escuela y nupcias homosexuales. El matrimonio le aparece avalado por una larga tradición y significado histórico, que le habría permitido consolidar un status social expresivo de la forma más profunda de compromiso personal, llegando para muchos a sacralizar las relaciones sexuales. Precisamente por ANDRÉS OLLERO TASSARA Catedrático de Filosofía del Derecho