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38 INTERNACIONAL MARTES 30 s 1 s 2007 ABC La nueva estrategia en Irak La audaz decisión del presidente George W. Bush de decretar el envío de una oleada de cerca de 20.000 soldados estadounidenses a Irak ha llevado el debate en torno a la guerra a una fase definitoria. No habrá posibilidad de otra reevaluación posibilidad de una intervención turca, y posiblemente iraní. El conflicto en Irak forma parte de otra guerra que va más allá del problema entre chiíes y suníes: el ataque contra el orden internacional dirigido por grupos radicales de ambas sectas islámicas. Organizaciones como Hizbolá en Líbano, el ejército Mahdi en Irak, y los grupos de Al Qaida repartidos por todo Oriente Próximo, funcionando como Estados dentro de Estados y mediante brutales demostraciones de la incapacidad de los gobiernos establecidos para proteger a su población, pretenden reafirmar una identidad islámica ahogada según ellos por las instituciones y los valores laicos occidentales. Por tanto, cualquier reforzamiento de la confianza de los radicales islamistas en sí mismos amenaza a todos los Estados tradicionales de la región, así como a otros con poblaciones islámicas importantes, desde Indonesia a India, pasando por Europa Occidental. El objetivo más importante es Estados Unidos, en su condición de país más poderoso de Occidente y elemento indispensable de cualquier intento por crear un nuevo orden mundial. hasta el Golfo se sentirán tentados a aceptar concesiones preventivas. Ello podría llevar el conflicto sectario en Irak a dimensiones genocidas por encima del nivel que incitó la intervención estadounidense en los Balcanes. Una retirada paulatina no atenuaría estos peligros hasta que exista una estrategia distinta y muestre ciertos progresos. Por el momento, se percibiría tanto en Irak como en el resto de la región como el preludio de una retirada total, y todas las partes basarían sus disposiciones en eso. Por tanto, la decisión del presidente Bush no debería debatirse en función de la estrategia de mantener el rumbo de la que ha renegado repetidamente en los últimos días. Más bien debería verse como el primer paso hacia una nueva gran estrategia que vincula el poder con la diplomacia para toda la región, idóneamente sobre una base no partidista. El objetivo de la nueva estrategia debería ser demostrar que EE. UU. está decidido a seguir siendo relevante para los desenlaces en la región; a adaptar los despliegues y los efectivos militares estadounidenses a las nuevas realidades; y a dar el margen de maniobra necesario para una gran campaña diplomática destinada a estabilizar la región. De las actuales amenazas para la seguridad en Irak- -las intervenciones de otros países, la presencia de combatientes de Al Qaida, un elemento delictivo extremadamente amplio o el conflicto sectario- Estados Unidos tiene un interés nacional en derrotar a las dos primeras; no debe implicarse en el conflicto sectario durante un periodo prolongado, y mucho menos permitir que un bando le utilice para sus metas sectarias. El conflicto sectario limita el mandato incontestado del Gobierno iraquí al sector de Bagdad definido como la Zona Verde, protegida por las fuerzas estadounidenses. En muchas zonas, las milicias superan en número al ejército nacional iraquí. Los llamamientos al Gobierno iraquí a que emprenda una reconciliación y reformas económicas no se ponen en práctica, en parte porque no existe una voluntad de hacerlo, pero esencialmente porque carece del poder necesario para aplicar esas políticas, aunque la voluntad para hacerlo podría movilizarse repentinamente. Si pudiera anularse la influencia de las milicias- -o reducirse enormemente- el Gobierno de Bagdad gozaría de más posibilidades para ejercer una política nacional. Henry A. Kissinger Desarmar a las milicias La nueva estrategia ha comenzado con unos intentos de despejar las zonas suníes insurrectas de Bagdad. Pero no debe convertirse en una limpieza étnica o en la aparición de otro Estado tiránico, con la única diferencia de una lealtad sectaria distinta. Además de desarmar a las milicias y a los escuadrones de la muerte suníes, el Gobierno de Bagdad debe mostrar una voluntad comparable de desarmar a las milicias y a los escuadrones de la muerte chiíes. La política estadounidense no debería desviarse de la meta de un Estado civil, cuyo proceso político esté al alcance de todos los ciudadanos. A medida que evolucione esta estrategia exhaustiva, debería llevarse a cabo una reubicación de las fuerzas estadounidenses de las ciudades a los enclaves, de modo que puedan apartarse de la guerra civil y concentrarse en las amenazas descritas anteriormente. La principal misión sería proteger las fronteras contra la infiltración e impedir el establecimiento de zonas de entrenamiento terrorista o un control de tipo talibán sobre regiones importantes. Llegados a ese punto, también deberían ser posibles unas reducciones significativas de las fuerzas estadounidenses. Una estrategia de ese tipo haría que las retiradas dependieran de las condiciones sobre el terreno, y no a la inversa. También podría proporcionar el tiempo necesario para elaborar una diplomacia cooperativa para reconstruir la región, incluido un avance hacia la resolución del problema palestino. Para semejante estrategia, no es posible deshacerse del instrumento militar y confiar, como defienden algunos, en medios puramente políticos. Una diplomacia que se tenga por sí sola es una ilusión estadounidense ancestral. La historia ofrece escasos ejemplos de ello. El intento por separar democracia y poder genera un poder que carece de dirección y una diplomacia desprovista de incentivos. La diplomacia es el intento por convencer a otra parte de que siga un rumbo La Comisión Baker- Hamilton ha descrito enérgicamente el punto muerto al que se ha llegado sobre el terreno. Es el resultado de decisiones acumuladas- -algunas de ellas enumeradas por el presidente- -en las que objetivos valiosos y valores estadounidenses fundamentales chocaron con realidades regionales y culturales. El importante objetivo de modernizar las fuerzas armadas de EE. UU. llevó a unos niveles inadecuados de soldados para la ocupación militar en Irak. La confianza en unas elecciones tempranas como la clave para la evolución política, en un país que carece de un sentido de la identidad nacional, provocó que un pueblo con un reciente derecho al voto optara casi exclusivamente por partidos sectarios, lo cual convirtió las divisiones históricas en abismos. La comprensible- -pero, mirando atrás, prematura- -estrategia de sustituir a las fuerzas estadounidenses por las autóctonas desvió al ejército de EE. UU. de una misión militar; y tampoco pudo enfrentarse al fallo más flagrante de las fuerzas iraquíes, que es definir por qué se supone que luchan y bajo qué bandera. Estas circunstancias se han fundido en una tormenta casi perfecta de crisis que se refuerzan mutuamente: dentro de Irak, las milicias sectarias están enzarzadas en una guerra civil o están tan cerca de ella que apenas supone una diferencia en la práctica. El conflicto entre los chiíes y los suníes se remonta a hace 1.400 años. En la mayoría de los países de Oriente Próximo, las minorías chiíes coexisten precariamente con las mayorías suníes. La guerra civil en Irak amenaza con ser el preludio de un ciclo de levantamientos nacionales y una guerra entre Estados chiíes y suníes, con un elevado potencial para atraer a países de fuera de la región. Además, los kurdos de Irak aspiran a una plena autonomía tanto de suníes como chiíes; su independencia plantearía la Desencanto en EE. UU. El desencanto de los ciudadanos estadounidenses con el lastre que han tenido que soportar por sí solos durante casi cuatro años genera cada vez más peticiones de una especie de retirada unilateral, generalmente expresada como unos parámetros que hay que imponer al Gobierno de Bagdad y que, en caso de no cumplirse en un plazo determinado, desencadenarían la retirada estadounidense. Pero en la situación actual, la retirada no es una opción. Las fuerzas de EE. UU. son indispensables. No están en Irak como un favor a su Gobierno o como recompensa por su conducta. Están allí como una expresión del interés nacional de Estados Unidos en impedir que la combinación iraní de imperialismo e ideología fundamentalista domine una región de la que dependen los suministros energéticos de las democracias industriales. La marcha repentina de Estados Unidos complicará enormemente los esfuerzos por ayudar a contener la oleada terrorista mucho más allá de Irak; gobiernos frágiles desde Líbano La retirada de las tropas complicaría los esfuerzos de frenar la oleada terrorista más allá de Irak El objetivo de la nueva estrategia debería demostrar que EE. UU está decidido a ser relevante en la región compatible con los intereses estratégicos de una sociedad. Evidentemente, esto implica la capacidad para crear un cálculo que impulse o recompense la dirección deseada. Pocos desafíos diplomáticos son tan complejos como los que rodean a Irak. La diplomacia debe mediar entre sectas iraquíes que, a pesar de ser enemigos mortales en muchos aspectos, se unen en una estructura gubernamental común. Debe relacionar ese proceso con un concepto internacional que implique tanto a los vecinos de Irak como a países más lejanos que tengan un interés significativo en el desenlace. Son necesarios dos niveles de esfuerzo diplomático: El primero es la creación de un grupo de contacto, que unifique a países vecinos cuyos intereses se vean directamente afectados y que confíen en el apoyo estadounidense. Este grupo debería incluir a Turquía, Arabia Saudí, Egipto y Jordania. Su función debería ser asesorar sobre el fin del conflicto interno y crear un frente unido contra la dominación exterior. El segundo son unas negociaciones paralelas que deberían mantenerse con Siria e Irán, que ahora parecen adversarios, para darles la oportunidad de participar en un orden regional pacífico. Ambas categorías de consultas deberían llevar a una conferencia internacional que incluyera a todos los países que habrían de desempeñar un papel estabilizador en el posible desenlace, concretamente, los