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ABC MARTES 30 s 1 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA LOS PREMIOS GOYA Y EL AÑO I Una ceremonia rauda, aunque misteriosamente larga, en la que los premios volaron con las rutas previstas. La estrella fue Penélope Cruz, y brilló también otra Estrella, Morente. No fue Pedro Almodóvar a recoger su Goya, pero tampoco Woody Allen ni Marlon Brando a recoger sus Oscar... Como siempre, la consigna se respetó con unanimidad y aire sagrado: este año no hay consignas. L a Academia del cine ha decidido por fin cambiar su guión: su nueva presidenta, Ángeles González Sinde, ha reescrito con los otros aires de su mano de gran guionista un argumento más fresco, más inteligente, menos descarado y menos antipático al personal mayoritario y minoritario. No me refiero al guión o al argumento de la gala de los Goya, que eso lo ha hecho otro más chistoso, sino al gran argumentario, a todo el libreto y los considerandos del caminar del cine español a los ojos del público que lo espera a la vuelta de la esquina, que hay un cine. Aunque sí podría decirse que fue en la ceremonia de estos premios Goya cuando ha arrancado el Año 1 de esta nueva etapa del cine español. González Sinde la anunció, en vez de con una consigna, que hubiera sido lo normal, con un cuento: un cuidadoso texto de amor al cine y a la lumbre, que apelaba al hombre de las cavernas que todo cineasta lleva dentro (en realidad, lo formuló al revés: eran los hombres de las cavernas los que llevaban ya dentro a los cineastas y cinéfilos) e todos modos, aún sin consigna, la última ceremonia de los premios Goya fue un modelo de autosujeción, o mejor, de autoadherencia a la nueva filosofía. Por resumirlo en un brochazo: todos más guapos, más buenos, más inteligentes. O dicho de otro modo, no se vieron camisetas, ni tampoco, claro, las frases de camiseta escritas en ellas, y habrá que considerar un síntoma de inteligencia el hecho de reírse moderadamente de sí mismos. Por primera vez, las gentes del cine han dejado (en bloque, que es uno de sus sistemas de hacer las cosas) esa pose victimista y ese halo visceral contra el amigo americano y se han adornado en el noble arte de tomarse a broma. Tampoco la emprendieron con el partido de la oposición y, mucho menos, con el partido en el poder. Y esto fue así. Todo el mundo pudo verlo por televisión. Pero media hora más tarde de que ocurriera. Aunque es demasiado tiempo para llamarlo bucle (los americanos se aseguran una incierta tranquilidad con un bucle de varios segundos en los Oscar, lo cual aprovechamos para criticarlos por ello) y muy poco, en cambio, para llamarlo en diferido Media hora ha de ser, probablemente, el tiempo que necesita aquí nuestra televisión pública para obtener la misma incierta tranquilidad que los americanos en segundos... Bueno, el caso es que daba toda la impresión de que lo que vimos por televisión era exactamente lo que ocurrió allí, sin operaciones, cortes o cambios. Pero, no nos enredemos en el bucle... La idea esencial es que por primera vez en años la ceremonia de entrega de los premios Goya no perjudicó a la imagen del cine español. In- D cluso el aspecto más negativo que ocurrió en ella, en cierto modo le da un punto de prestancia; me refiero al hecho de que el gran triunfador, Pedro Almodóvar, no asistiera a la gala por los motivos que fuese (por antiguas rencillas, por desconexión, porque no se fiaba de su papel o papelón en la gala... pero no es preciso recordar que algunos de los momentos más vivos y presentes de la ceremonia de los Oscar de Hollywood son sus vistosas ausencias: la celebradísima de Woody Allen para tocar la flauta o la del asilvestrado Marlon Brando... La no asistencia de Pedro Almodóvar a la gala sin duda la deja más completa para el recuerdo. El presentador, José Corbacho, convirtió la noche en un perfecto ejemplo de corrección política, hasta el punto de que incluyó pequeñas dentelladas de ironía (el traje de la ministra) o tolerables muestras de parcialidad (invitar a uno de los perdedores, el actor Daniel Brühl, a que dedicara ficticiamente su goya cosa que hizo a las hermanas de Salvador Puig Antich, presentes en la sala) Y los miembros de la Academia convirtieron la noche en un perfecto ejemplo de corrección cinematográfica: podrían otorgarles a ellos un goya al mejor diseño de palmarés... na perfecta mezcla de calidades y cantidades permitieron a Pedro Almodóvar conseguir casi todos los premios que quería y al mexicano Guillermo del Toro conseguir más de los que esperaba (incluso no pudo evitar, el hombre, un cierto contratiempo al ganar el premio al mejor guión original a costa de Almodóvar; y recordó que fue el manchego su primer productor y mentor... Es sólo una impresión apoyada exactamente en el vacío, pero creo que respiró muy plácida y secretamente Del Toro cuando no ganó los dos Oscar de Pedro Almodóvar, el de director y el de mejor película. Guillermo del Toro no es sólo un grandísimo cineasta, sino también un tipo con cintura y reflejos, aunque no lo parezca, y listo como pocos) Una gran elección, también, al abrirle ventanas al futuro con el amplio (y merecido) reconocimiento a Daniel Sánchez Arévalo y a su gran película AzulOscuroCasiNegro y a dos de sus actores, el novel Quim Gutiérrez (el mejor discurso de la noche, junto al de Ivana Baquero: claro, bien dirigido, con sentimiento y fuerza... sin duda principales representantes ya de estos nuevos tiempos que inauguró González Sinde para el caminar del cine español) y el secundario Antonio de la Torre. Escasos premios, sí, para Alatriste una película cuyo destino estaba marcado, pero la aparente placidez de Agustín Díaz Yanes y la elegante discrección de Viggo Mortensen (además de las tres estatuillas a la producción, vestuario y dirección artística) no consintieron que la sen- sación de gran perdedora cristalizara. Es curioso que Alatriste una película cimentada sobre una profunda sensación de decadencia y que alumbra rincones crepusculares y desvencijados de nuestra historia, se haya defendido con la misma ferocidad y orgullo que sus protagonistas (y en similares circunstancias) de cuantas lanzadas le había previsto la fortuna. La película más cara del cine español es hoy la contraportada de los nuevos tiempos anunciados por la presidenta de la Academia, esos en los que el cine es un recurso para vivir mejor. Evidentemente, Ángeles González Sinde se refería a los espectadores de cine, porque de haberse referido a los que lo hacen, se hubiera apresurado José Corbacho a hacer el chiste políticamente correcto al respecto: Sí, sí; el cine como recurso para vivir mejor... a costa del presupuesto. ¿o no, ministra? Alatriste es hoy la contraportada del éxito (que no es lo mismo que la portada del fracaso) pero no tenemos ni idea de lo que será pasados unos años. T U odas las portadas son para Penélope Cruz, que se ha transmudado en Volver hasta una actriz de más consistencia y temperamento, con otra manera de estar y otra línea de flotación. Le hizo los justos honores a Pedro Almodóvar, que la ha modelado con sus manos manchegotas y con una finura increíble, incluso le recogió su goya al mejor director mientras se le escurría una frase dicha exclusivamente para ella, qué feliz soy poco más que susurrada ante el micrófono mientras recomponía el sobre, y tal vez con el instintivo empeño de serlo realmente... Qué feliz soy Hay en ello algo tan directo, tan conmovedor, que ni siquiera media horita de bucle pueden aligerarle su peso emocional. Pero el gran, gran enigma de la noche; lo que cerraba un círculo que abrieron las palabras frescas, prometedoras y alejadas de la consigna de Ángeles González Sinde, fue una frase sin más dicha por el presentador justo al cerrar la gala. A veces, es el riesgo que se corre, no hay nada peor que un chistoso al final de la noche. Saltó el chiste a la cara de Santiago Segura, un hombre de cine, un director listo, hábil, eficaz, que sabe lo que hace y cómo; un cineasta de éxito, el de más éxito, y a cuyo cine se llega exclusivamente a través de la taquilla. Él entregaba el gran premio, el goya a la mejor película del año. ¿por qué lo entregaba él? Se lo dijo Corbacho: porque nunca ganarás uno, nene Era brillante, pero también desolador. Era insolente, pero, mucho me temo, también cierto. ¡Ay, el cine y los del cine español! ¿Quién los entiende? E. RODRÍGUEZ MARCHANTE Crítico de cine