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ABC LUNES 29 s 1 s 2007 CULTURAyESPECTÁCULOS 75 EN LA MUERTE DE CLAUDIO GUILLÉN Víctor García de la Concha Director de la Real Academia Nada hacía prever la muerte de un hombre como Claudio Guillén, lleno de vida, de ilusiones y de proyectos. Era una figura de primer orden, no sólo en la Academia, sino en el mundo de las letras hispánicas, de la literatura comparada y de la teoría literaria. Era un gran caballero Carmen Iglesias Historiadora y académica Claudio poseía una gran finura de análisis y extensa culturas. Era la persona que más sabía de literatura comparada y de todas las europeas. Su muerte es una gran pérdida. Era una persona y un compañero académico con el que siempre daba gusto intercambiar puntos de vista Arturo Pérez- Reverte Escritor y académico Era un académico impecable y un exquisito caballero; de los que no hay. El más amable, más cortés y más delicado. Participó en la II Guerra Mundial y formó parte de las tropas aliadas que liberaron Francia e invadieron Alemania. Era elegante, alto, guapo, con pinta excelente y talante maravilloso César Antonio Molina Director del Instituto Cervantes Se nos ha muerto un clásico del ensayo, con una obra respetada y admirada en España y en los más prestigiosos centros académicos del mundo. Ha sido el gran maestro de la literatura comparada y de la teoría literaria, gracias a su sabiduría y a su perfecto dominio de los idiomas Wole Soyinka triunfa en el Hay Festival de Cartagena de Indias FEDERICO MARÍN BELLÓN ENVIADO ESPECIAL CARTAGENA DE INDIAS. Wole Soyinka volvió a llenar hasta la bandera el teatro Heredia de Cartagena de Indias. El patio de butacas, cuatro pisos de palcos y hasta los pasillos estaban repletos para escuchar, ver y (a ser posible) tocar al nigeriano, elegido por sus compañeros de letras ganador del Hay Festival 2007. La pasión colombiana no deja de asombrar. Abierto el turno de preguntas, se declara una lucha a muerte por el micrófono. Cada acto tiene un moderador, en este caso el colombiano Juan Manuel Roca, pero las riendas están en manos de la nada invisible voluntad colectiva. Cuando parecía que la conversación había acabado, muchos empezaron a corear el niño, el niño hasta que Roca reparó en un chaval de unos diez años que pedía la palabra. Maestro, a mí me gusta escribir y querría recibir algún consejo Escribe sentenció Soyinka. Imposible precisar qué ovación fue más fuerte. En otro encuentro, Jorge Volpi, Alonso Cueto, Fernando Toledo y Vicente Molina Foix departieron sobre lo que este último definió como la historia en zapatillas Cueto declaró que vivir en América latina es un privilegio para un novelista, que se alimenta como un buitre de los conflictos La novela es una verdad a medias exagerada el doble concluyó el poeta colombiano. Volpi defendió la capacidad del novelista para tratar a personajes históricos, como Hitler y Fujimori, como si se me hubieran ocurrido a mí El meticuloso oficio de la escritura trajo a colación la máxima de John Ford: Siendo todo inventado, que todo sea verdad Soledad Puértolas confirmó la necesidad de la literatura, porque la vida no basta y Manuel Rivas contó que la primera máquina de escribir a la que tuvo acceso era tan pequeña que pensó: Tengo que hacer poesía Juan Manuel Roca fue el único que recogió el guante cruel lanzado por Juan Gossaín y se atrevió a mencionar un autor no recomendable Citó nada menos que a Mario Benedetti, que es a la escritura lo que Julio Iglesias a la filosofía La noche se cerró sobre la voz de Patxi Andión, quien puso música a los poetas españoles a partir de las canciones de Paco Ibáñez, Alberto Cortez, Leonard Cohen y él mismo. Un español de múltiples moradas Claudio Guillén murió el sábado a los 82 años en su casa mientras veía La reina de África después de trabajar en un epistolario de su padre, Jorge Guillén. Hoy será enterrado en el cementerio civil de Madrid. El catedrático deja una lección y una obra imborrables POR JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS FOTO: SERRANO ARCE Ha muerto Claudio Guillén. Lo primero que se me viene a la cabeza es que el pasado jueves, en el acto de la Real Academia homenaje a Francisco Ayala, en el que se entregó el premio a Enrique Vila- Matas, Claudio estaba allí, saludando a sus amigos, con esa jovialidad desbordante, apasionada, y con ese cariño de la sonrisa abierta, comentando una idea común sobre Cien años de soledad que era lo que estaba escribiendo esos días para el volumen que prepara la Academia. Siempre atento. Un señor. También un hijo de la España del destierro, y de lo que él llamó el destiempo, que sin embargo, cuando escribió su formidable libro El sol de los desterrados: literatura y exilio habló de Ovidio, del Dante, del Ricardo II de Shakespeare, pero sin que ninguna amargura apareciera. Porque ninguna amargura tenía. Si por algo protestaba era porque no se hubiese hecho la justicia debida a intelectuales como Vicente Lloréns, al que dedicó su discurso de ingreso en la Real Academia. Cuando esto ocurrió, venía por fin esa Institución a reconocerle lo mucho que este país le debía. Ya lo creo que estábamos en deuda. Abandonó la prestigiosa cátedra de Literatura Comparada de Harvard, en la que había sucedido a Harry Levin y Rene Wellek, sus maestros. Dejó Estados Unidos, donde publicó su primer libro Literatura as System nada menos que en la colección de Princeton University. Y lo hizo porque cercano a los sesenta años sentía necesidad de vivir en España, el lugar de su padre y de los maestros que había conocido en el exilio. Lo acogió la Autónoma de Barcelona, donde los Blecua y Rico le dieron una hospitalidad que España le debía, pero que no siempre, fuera de esas raras excepciones, le reconoció como él merecía. Claudio Guillén era fiel al que creía que era su destino y se movía por afectos nobles y seguros. Despreocupado por lo material, de su lealtad hay ejemplos hermosos. Por ejemplo, poca gente sabe que este niño a quien García Lorca tuvo en sus rodillas cuando visitaba su casa de Massachussets, que jugaba al tenis con Nabokov siendo joven, pidió alistarse voluntario, antes de cumplir los dieciocho años para luchar en Alemania contra Hitler. Se lo debía a su madre, que era judía, de apellido Cahen; se lo debía a Francia, que era una segunda patria. Se lo debía a la libertad, que era su morada más grande. Ésa y la Literatura. Muy pocos españoles podrían hablar de tú a tú con Georges Steiner, sabio como él en muchas lenguas, y ambos eligieron el francés, cuando se encontraron en el Círculo de Bellas Artes, invitados por César Antonio Molina. Porque el francés era la lengua que a Claudio le gustaba para la intimidad, Claudie le llamaba su hemana Teresa, un hombre que tras cuarenta años en Estados Unidos le gustaba hablar español por encima de todo. Como don Pedro Salinas, también Claudio respiraba en español. Hijo de Jorge Guillén, se formó en Estados Unidos, eligió los estudios de Comparada, pero se preocupó por seguir a Amado Alonso, y a don Américo Castro, a Casalduero, a Montesinos, a lo más granado del exilio. Cuando recibió el único homenaje madrileño que se le hizo, el ciclo de conferencias que le brindó el Circulo de Be- Claudio Guillén, en una imagen tomada en 2003 llas Artes, a sus ochenta años, reunió a los más prestigiosos autores, como a Frederic Jameson. Quiso su generosidad que hablara y tracé entonces una semblanza de su importantes aportaciones a la Literatura Comparada que no puedo traer aquí. Un gran sueño que pudo iniciar era que España tuviera una colección de textos semejantes a la Colección de La Pléiade. Lo llamó BLU (Biblioteca Literaria Universal) Creía que ser español era mostrar en esa lengua, con orgullo, lo mejor de la literatura de todo el mundo, en ediciones cuidadas. El Ariosto, Goethe, Baudelaire. Una forma de mirar y de habitar el mundo es tener múltiples moradas, como tituló uno de su grandes libros, o ser dentro de ellos uno y diverso (otro libro suyo lo nombró así) Plural y abierto, sin dejar de vindicar la unidad fundamental de una cultura literaria que hace respirar del mismo modo el alma de franceses, italianos, alemanes, americanos, rumanos, portugueses. Diversos y sin embargo unidos. La literatura enseña eso. Y él nos ha dejado esa gran lección.