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ABC LUNES 29 s 1 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA AUTORIDAD Y BUEN ROLLITO L buen rollito el pacifismo y el flower power constituyen sin duda un discurso político muy agradecido, pero el poder exige a quien lo ejerce una cierta responsabilidad con el Ejército, la Policía y demás cuerpos a los que la Constitución encomienda la misión de garantizar la seguridad de los ciudadanos mediante un uso ponderado de la fuerza. A este Gobierno tan melifluo se le nota incómodo en sus relaciones con la gente armada, cuyo liderazgo parece asumir de mala gana como una obligación engorrosa y poco compatible con el ansia infinita de paz Su retóIGNACIO rica del antiautoritarisCAMACHO mo le genera contradicciones a la hora de dirigir instituciones basadas en el ejercicio de la disciplina, y cuando se enfrenta a conflictos de esta índole se comporta con visible fastidio, notable impericia y una patente falta de naturalidad. Es lo que le está ocurriendo ante los movimientos de protesta surgidos en la Guardia Civil y las Fuerzas Armadas. La marcha verde de los tricornios en Madrid le puso en una tesitura muy desagradable, porque además de recordarle incumplidas promesas y brindis al sol le situaba ante un desafío de jerarquía que repugna a la ética blanda del zapaterismo. Además, el efecto de la protesta es contagioso y en el Ejército cunde el malestar porque los militares sospechan que detrás de la falta de atención a sus asuntos y salarios subyace una mentalidad poco comprometida con sus intereses profesionales. El resultado es que el Gobierno está atrapado entre su talante y su necesidad, obligado a imponer sanciones y sacudido por su mala conciencia. Los problemas de la Guardia Civil y el Ejército obedecen, en realidad, a una cuestión presupuestaria que sitúa al Ejecutivo en una coyuntura muy fastidiosa. La milicia profesional es muy cara, y el privilegio de disponer de un cuerpo como la Benemérita, sacrificado y versátil, también cuesta unos cuartos que a este Gobierno le resulta doloroso dedicar a menesteres tan alejados de su melindroso idealismo. Los mossos d esquadra catalanes cobran el doble que los guardias civiles, por ejemplo, y cuando queman las papas de los asaltos a chalés la gente requiere a gritos la presencia de los tricornios. El modelo deconstruido del Estado suena muy bien en los ejercicios teóricos, pero llega un momento en que todo poder tiene que hacer frente al viejo dilema: disciplina o cachondeo, eficacia o desorden. Y entonces se necesita gente preparada, organizada y competente. Eso hay que pagarlo, pero a este Gobierno le cuesta invertir en lo que no cree. Para zanjar el malestar apela a una autoridad que no sabe imponer, porque se le nota que tampoco cree en ella. Y sanciona a gente por reclamar lo que se les prometió. Es lo que tiene el poder: que obliga a quien lo ejerce a retratarse ante un decorado de pragmatismo y solvencia. El zapaterismo sale en ese retrato en pelotas y con una flor en la mano que no tapa la vergüenza de sus desnudos prejuicios. E TINTORETTO D ESCUBRÍ al Tintoretto en una visita que hice a Venecia, hace ya más de diez años, preparatoria de mi novela La tempestad. Antes había visto cuadros suyos en el Museo del Prado, que extrañamente no habían captado mi atención; siempre lo había tomado por una especie de eslabón prescindible entre Tiziano y el Greco. El Tintoretto me parecía por entonces un pintor demasiado desbocado y temperamental, demasiado tosco incluso; creo que en esta impresión poco benigna subyacía un entendimiento demasiado limitado o académico del arte, y sobre todo una incomprensión de los resortes creativos. Tuve que viajar a Venecia para enfrentarme a una pintura que iba a trastornar mi concepción del arte; una pintura que incluso llegaría a despertar los cementerios de mi fe dormida. El Tintoretto me ayudó a reconciliarme con el artista que yo era, me ayudó a despojarme del hombre viejo que yo era, me enseñó que no existe verdadero arte sin una llama que lo anime, sin una fe que lo haga comprensible. En un ensayo sobre Velázquez, Ramón Gaya nos explica la diferencia fundamental que existe entre entender y JUAN MANUEL comprender el arte. Para entender un DE PRADA cuadro, bastan un poco de paciencia y aplicación y cierta dosis de perspicacia crítica. Los entendidos en arte creen que una pintura es un objeto inerte que hay que investigar, analizar y juzgar; pero el arte, si es verdadero, no admite estas taxidermias, es una criatura viva que nos interpela. El verdadero arte requiere nuestra comprensión; y comprender significa aceptar sin reservas, casi intuitivamente, pero de un modo todavía más firme y conclusivo. Comprender es un acto de fe, por eso la percepción del arte está emparentada con el impulso religioso. Mientras me empeñé en entender aquellos cuadros del Tintoretto que pendían de las paredes del Prado, sólo descubrí a un pintor desmesurado, a veces rechinante. Visitando las iglesias de Venecia, descubriendo en la penumbra de una capilla aquellos lienzos turbulentos, paseando mi deslumbramiento por las salas de la Scuola Grande di San Rocco, comprendí por fin la fuerza arrasadora del Tintoretto, comprendí el vendaval de sentimiento que bendice cada trazo del Tintoretto, comprendí la fe con que se entregaba a su trabajo, la enardecida y tumultuosa fe de aquel galeote del pincel que entendía la oficio como una batalla sin cuartel con los contrastes y los colores, como un soldado que se interna allá donde más arrecia el combate, impulsado por una fuerza más imperiosa que su mera voluntad. Y así fue, traspasado de emoción, como sucumbí al arte del Tintoretto: quizá, para nuestra sensibilidad moderna, pueda parecer desbocado, extremoso, en ocasiones incluso chapucero; pero hay tanta verdad en su desbocamiento, tanta franqueza en su trazo agitado, que sus imperfecciones se desvanecen ante los ojos de quienes lo comprenden, como cortinas de ceniza, para mostrarnos un caudal de apasionada energía que nos posee y toma en volandas. Nunca he vuelto a sentir algo parecido; desde entonces, el Tintoretto es mi pintor predilecto, el que mejor se adecua a mi particular forma de entender el arte. Descubrirlo fue una experiencia casi religiosa. Lloré ante sus cuadros, me arrodillé ante sus cuadros, y volví de Venecia convertido en un hombre nuevo. Durante siglos, el Tintoretto fue un pintor incomprendido y menospreciado. Sospecho que su rehabilitación nunca será completa, mientras no lo contemplemos con los ojos de esa fe que demandaba Gaya para la comprensión del verdadero arte. Su trazo enérgico, casi desmañado; sus composiciones multitudinarias de dramatismo (nadie ha pintado el Juicio Final como él) vertiginosas en su utilización de la luz y de los contrastes, exigen para su plena comprensión algo más que conocimientos académicos. Exigen, sobre todo, una sensibilidad dispuesta a dejarse conmover, sacudir, desgarrar, atrapar en la vorágine de la emoción; una sensibilidad dispuesta a remover los cementerios dormidos de la fe. Quizá la exposición del Prado que hoy se inaugura sea la oportunidad idónea para tratar de resucitar esa experiencia casi religiosa. No se la pierdan por nada del mundo.