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ABC DOMINGO 28 s 1 s 2007 ESPAÑA 27 Leopoldo Calvo Sotelo: Es tiempo todavía para recuperar la sensatez El ex presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, ha asegurado que el Gobierno ha descalificado la Transición y ha saltado sobre nuestra historia ABC MADRID. El ex presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, criticó el pasado miércoles, en su toma de posesión como miembro del Consejo de Estado, la deriva política del actual Gobierno de Zapatero. Por el interés de sus palabras reproducimos íntegramente su discurso: Señor Presidente del Consejo de Estado: Quien ha vivido muchos años a la intemperie de la libertad de opinión tiene que agradecer más profundamente las generosas palabras que me acaba de dedicar el Presidente de esta casa, mesuradas como todas las suyas y sólo excesivas en el elogio. Menos mal que en el último párrafo ha dado una explicación cordial y suficiente a su posible desmesura elogiosa, invocando nuestra amistad antigua y verdadera. Muchas gracias, Señor Presidente, muchas gracias viejo amigo. Vengo con emoción familiar a esta noble Casa a la que accedieron hace casi un siglo mi padre y hace un cuarto de siglo mi hijo mayor. Y traigo a ella, además de la emoción, el respeto profundo de un ingeniero de caminos, injertado en una familia de juristas, por los saberes que guardan estas paredes antiguas; y traigo también, inevitablemente, el temor a no ser un compañero útil para vosotros, señor Presidente, señores Consejeros y señores Letrados, por venir yo de una formación y una costumbre, las de la técnica, muy lejanas de las que aquí se usan y contaminadas largamente, además, por los usos no siempre ejemplares de la política. Así se lo advertí lealmente a los dos Señores Consejeros que me han acompañado en el día de hoy, a Don Landelino Lavilla, conmilitón mío en tantos lances y fatigas del Gobierno- -a quien correspondería exactamente el título de Jurista de la Constitución- -y a Don Miguel Vízcaino, el Consejero Permanente más antiguo de esta noble casa, a quienes vuelvo a agradecer su compañía. Porque si los caminos del afecto y de la familia que me traen al Consejo de Estado son muy claros, no ocurre lo mismo, en principio, con los profesionales. El viejo discurso cervantino de las armas y las letras tiene hoy por interlocutores a las letras y las ciencias. Mi formación de Doctor Ingeniero de Caminos es, por supuesto, de ciencias, y muy en especial, de matemáticas, y sé que desde las ciencias exactas se han contemplado a veces con recelo otros cultivos que no parecen sujetarse a leyes claras y enunciables mediante ecuaciones. Sólo el matemático es feliz dijo hace ya más de dos siglos Novalis, y un eco de su pensamiento había en la advertencia que me hizo un ilustre catedrático de la Escuela de Caminos con motivo de mi entrada en la política: Entra usted en el reino de las sombras Ese diagnóstico era sin duda excesivamente pesimista, aunque avalen su pesimismo graves hechos de hoy. Porque claro es que hay puentes entre la exactitud de las matemáticas y la relativa incertidumbre de la política. Sin duda existe un afán de precisión en las ciencias sociales y sobre todo, en el Derecho y a él se debe tal vez ese concepto que siempre he entendido como un tácito homenaje a mi disciplina: la ingeniería constitucional La invocación a la ingeniería desde el ámbito de la política sólo puede entenderse como un deseo de establecer con firmeza y racionalidad los fundamentos de la convivencia. En este sentido, tengo la convicción de que el Derecho es a la política lo que a la ingeniería son las matemáticas; y, ciertamente, el Derecho es la razón de ser del Consejo de Estado. Como ustedes sospechan, será inevitablemente de política de lo que he de hablar en esta solemne sesión, si quiero hablar de una materia que conozco o que, al menos, debiera conocer por mi largo trato con ella. Porque la preocupación política es muy vieja en mí; data de mi llegada a la capital desde mi tierra gallega cuando andaba yo por el quinto curso de aquel magnífico bachillerato que el Ministro Ibáñez Martín, luego Presidente de esta Casa, había injertado en el tronco de Sáinz Rodríguez. Con el entra- Calvo Sotelo jura como presidente del Gobierno en 1981 ñable pelo de la dehesa ribadense y la confusión que me producía el tráfago de la gran ciudad me acogí en ella al refugio de las valientes y clandestinas Juventudes Monárquicas de Joaquín Satrústegui, donde aprendí la urgencia de procurar la instauración en España de una Monarquía parlamentaria como la que predicaba ya, desde su exilio portugués, Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona; Monarquía cuyo mensaje cardinal era trazar una tercera vía entre la República justamente vencida y la Dictadura, SANZ BERMEJO injustamente vencedora, como había de decir años más tarde certeramente Julián Marías. Mucho después (porque el único y grave error de Don Juan fue su estimación del tiempo franquista) esa tercera vía iba a triunfar en la Transición del Rey Don Juan Carlos y del Presidente Adolfo Suárez, Transición a la que yo tuve el privilegio de apoyar, amparado por la para mí entrañable sigla UCD, en todos sus Gobiernos iniciales. Y esa histórica experiencia es lo único original que yo puedo aportar a esta Casa, y aún me creo en la obligación de hacerlo si he de ser dócil a las razones por las que se me ha invitado a venir a ella. Tenía yo hasta hace un par de años la certeza de que con la nueva Monarquía parlamentaria habíamos superado definitivamente los españoles dos siglos de zozobra política; creía yo que habíamos olvidado para siempre el telar de Penélope, que teníamos por fin, como tienen muchos entre nuestros vecinos, una tierra firme sobre la que asentar nuestro progreso, anclados ya en Occidente por nuestra adhesión al Tratado de Washington e integrados en la Unión Europea; sin más revisiones radicales de nuestra Constitución, sin más preguntas angustiosas sobre nuestro ser nacional, sin más referencias destructoras a 1931 o a 1939, arrumbados ya nuestros demonios congénitos en el muladar de la historia y olvidados allí para siempre. Si mi optimismo hubiera sido fundado no estaría hoy aquí hablando de política, salpicando con la política este templo del derecho; pero me he creído en la obligación de usar esta venerable tribuna, la única que hoy formalmente se ofrece a un ex presidente del gobierno, para decir cuánto me preocupa la evolución última de nuestro acontecer político. Porque en Marzo de 2004 la política española se aventuró por una senda radicalmente nueva; el nuevo Gobierno se propuso una ruptura con lo que se venía haciendo trabajosa y eficazmente desde 1976, descalificó a la Transición entendida como tierra firme sobre la que cimentar las reformas necesarias, negó la tercera vía- -ni 1931 ni 1939- -y, en un arriesgado ejercicio de funambulismo histórico, saltó sobre nuestra historia reciente para buscar en los nefastos años treinta del siglo pasado una legitimación que no encontraba en éste. Se han roto ya algunos valiosos vidrios en este equivocado proceso pero es tiempo todavía para recuperar la sensatez, para recordar a los que hoy mandan aquella sabia recomendación cervantina de Maese Pedro al muchacho titiritero: Llaneza, muchacho, y no te encumbres para reemprender el buen camino del consenso y de la Transición con la unidad de los dos grandes partidos, hoy temerariamente enfrentados. A colaborar en este empeño van encaminadas estas palabras, y a él enderezaré las que pueda decir en el Consejo, siempre dentro de los límites y del respeto que imponen sus estatutos y su historia y amparado en la inteligente independencia que ha acreditado su Presidente. Espero ser feliz a la manera de Novalis en esta noble Casa que hoy me recibe