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ABC DOMINGO 28 s 1 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA RAJOY CRUZA SU RUBICÓN Determinados episodios de disensión interna sobre los que Rajoy ha lanzado una clara advertencia deben dejar de ser alentados porque, de lo contrario, aquellos que los protagonizan- -en la sombra o a la luz, como testaferros- -contraerán gravísimas responsabilidades... lea jacta est. La suerte está echada. Algo así- -como Julio César- -ha debido decirse a sí mismo Mariano Rajoy para acometer una nueva y decisiva fase de su liderazgo en el Partido Popular. Presentarse ya como alternativa y no como oposición para afirmar rotundamente que se produce un proceso de degradación del Estado y asegurar que continuará al frente de su partido después de las elecciones generales- -sea cual fuere el resultado que obtenga- al tiempo que hace una severa y contundente llamada al orden interno en su organización, son los hitos- -verbales y políticos- -del presidente del PP que viene ahora desafiado por su propia apuesta. El punto de inflexión en el Partido Popular venía gestándose desde hace algún tiempo. Mientras sus enemigos internos- -y otros externos- -le han pretendido disminuir su autonomía implicándole en frentes de colisión con el Gobierno sin futuro para sus aspiraciones electorales- -es el caso del 11- M- el fraudulento proceso de paz con la banda terrorista ETA ha devuelto sustantividad al ejercicio de la oposición y ha permitido que los populares y su jefe de filas recobren el sentido de la realidad tanto sobre el temario que ocupa de verdad a la opinión pública, como sobre su propia situación interna. -e, incluso, agredido, por las políticas gubernamentales- -no le debería pasar factura. Su encarnadura moderada y su capacidad intelectual hacen de Rajoy un líder que, en su actual contundencia, no deja de ser perfectamente creíble en la versión centrista y moderada de su personalidad. Porque no es el presidente del PP el que autogenera su combatividad verbal y política; es su circunstancia histórica- -y la de todos- -la que la requiere para que la descripción de lo que ocurre se corresponda con la realidad. Este Gobierno no ha dejado espacio a los moderados y, además, ha primado a sus adversarios más radicales- -e irracionales- -ampliándoles taimadamente su espacio para que el tránsito por la senda del moderantismo sea, día a día, más angosta y así proclamar a los cuatro vientos esa teoría de la derecha extrema asignando al PP un cliché del que está lejano el partido como tal, aunque en esa posición orbiten algunos en torno a la sede de Génova con propósitos claramente desestabilizadores. El Gobierno es hábil en la desestabilización del PP porque prima- -sutilmente, pero lo hace- -a aquellos que están horadando el liderazgo de Rajoy y desacreditando el marchamo centro- reformista que ha caracterizado su discurso. Por esa razón, entre otras muchas, el reagrupamiento de esfuerzos y voluntades en torno al actual presidente del PP es una cuestión esencial que concierne de modo especial a su partido. Determinados episodios de disensión interna sobre los que Rajoy ha lanzado una clara advertencia deben dejar de ser alentados porque, de lo contrario, aquellos que los protagonizan- -en la sombra o a la luz, como testaferros- -contraerán gravísimas responsabilidades. drían recorrer una amplia gama: desde los incidentes de Alcorcón hasta la protesta- -inédita- -de guardias civiles en la Plaza Mayor de Madrid, pasando por una desordenada y opaca aplicación del régimen retributivo en las Fuerzas Armadas, sin olvidar la inexistencia de agenda exterior en la presidencia del Gobierno o el sistema de relación de Rodríguez Zapatero con los partidos nacionalistas de Cataluña y el País Vasco que está favoreciendo objetivamente el descrédito de los poderes del Estado y, significativamente, de la Administración de la Justicia. La política gubernamental se desarrolla fuera de los estándares europeos en prácticamente todas las materias; se presenta intervencionista en determinadas cuestiones; en otras, se comporta con un auténtico nihilismo ético y en la mayoría obtiene fracasos sonados por incompetencia técnica o por sectarismo ideológico. La doblez argumental con que se presentan públicamente estos fiascos y la sistemática transferencia de responsabilidad de los errores a la oposición son el contexto en el que Mariano Rajoy ha decidido pasar a la ofensiva. Sencillamente, no le han dejado otra opción. Queda la duda de si sostendrá el pulso, pero ello dependerá en buena medida de si más allá de su propio partido- -los sectores sociales afines al PP dejan de ser más condescendientes con el Gobierno que con los populares y más exigentes y críticos con los yerros posibles de Rajoy que con los- -por otra parte clamorosos- -de Rodríguez Zapatero. A L a avalancha de críticas hacia el presidente del PP por no asistir a una manifestación- -la convocada por UGT y CC. OO. con agrupaciones de ciudadanos ecuatorianos- -que, entre otros objetivos, todos ellos legítimos, buscaba asistir ambientalmente al Gobierno, y los correctivos publicados por la dureza del discurso de Rajoy en el Pleno extraordinario del Congreso del pasado día 15, en el que zarandeó al presidente del Gobierno- -lleven o no alguna razón sus contradictores- han sido recibidos por el líder popular con una entereza llamativa y sin ánimo- -todo lo contrario- -de rectificación. Harto de una interlocución inútil con José Luis Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy ha dejado atrás actitudes dubitativas e inconstantes y está sosteniendo un discurso polémico pero acerado, convencido ya de que no hay otra alternativa que la ofensiva directa ante un Ejecutivo que despilfarra el capital político y social de España. Es muy posible- -y él lo sabe- -que en este nuevo diseño Rajoy cometa algunos errores, formule determinadas afirmaciones inconvenientes o excesivas y se centre en demasía en el ejercicio crítico sin incrustación de matices, pero admitiendo que eso pueda ser así, es rigurosamente cierto que la estrategia de dureza diseñada por el líder de la oposición comporta ese y otros riesgos por los que el sector social que se siente mal gobernado C L a degradación del Estado es algo más que una frase: es una circunstancia constatable en la pérdida de fe de los que gobiernan en el ejercicio de sus propias facultades, en especial, aquellas que conllevan el desgaste de la exigencia o del requerimiento de la disciplina. Este Gobierno tiende a perpetrar graves equivocaciones, no sólo porque adopta las decisiones sobre presupuestos voluntaristas, sino también porque las implementa con una torpeza reiterativa. Siendo lo más grave, con diferencia, el enorme fiasco del llamado proceso de paz otros aspectos de la gobernación revelan que el Ejecutivo suscita expectativas que luego no es capaz de cumplir. Los hechos por sí mismos, unas veces, y los resultados de las distintas gestiones ministeriales, otras, acreditan- -a salvo de la economía, conducida con un silencio casi sepulcral por el vicepresidente segundo- -que el balance de conjunto es literalmente disolvente de los valores de la convivencia. Los ejemplos para sostener esta apreciación po- omo quiera que nos adentramos en un período electoral, conviene tener muy presente que no hay alternativa a Mariano Rajoy en la derecha democrática española, tan acostumbrada a la frivolidad y la bandería. En estos meses- -hasta mayo, y luego hasta las elecciones generales- -la sociedad española en sus diversas instancias va a tener que retratarse y meditar muy seriamente acerca del futuro nacional e imaginar cómo discurrirá España conducida por Rajoy o por Rodríguez Zapatero, en el supuesto, improbable, de que el actual presidente realmente conduzca los acontecimientos y no sean éstos- -como parece- -los que le arrastran a él. Ante semejante incertidumbre, ha hecho bien el presidente del PP- -con los inevitables deslices de decisión tan arriesgada- -en cruzar su particular Rubicón. El Gobierno y el PSOE no han hecho posible que la relación con el PP y con lo que este partido electoralmente representa haya sido diferente a la actual. El socialismo de Rodríguez Zapatero obtiene sólo el retorno de su radical y confundida política. JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director de ABC