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ABC SÁBADO 27 s 1 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA GALAXIA DERRETIDA S LA VIDA DE DE JUANA CHAOS UNQUE el auto evacuado por la Audiencia Nacional que prorroga la prisión provisional de José Ignacio de Juana Chaos, condenado por un delito de amenazas terroristas pendiente de recurso de casación, no la cite, conviene recordar la sentencia del Tribunal Constitucional 120 1990, en la que se denegaba el recurso de amparo a unos presos del GRAPO que, como el etarra De Juana Chaos, se habían declarado en huelga de hambre con el fin de conseguir que la Administración dejara de ejercer potestades que le confiere el ordenamiento jurídico. En aquella sentencia se especificaba claramente que las demandas de los reclusos que ponen en riesgo su vida no deben ser atendidas. Considerando que la doctrina del Tribunal Constitucional tiene el mismo rango legal que los propios preceptos constitucionales, la petición de la fiscalía se nos antoja una aberración jurídica, inspirada por motivos vergonzosos o inconfesables. Leíamos en aquella sentencia del Tribunal Constitucional que el derecho a la vida tiene un contenido de protección positiva que impide configurarlo como un derecho de libertad que JUAN MANUEL incluya el derecho a la propia muerte DE PRADA Por supuesto- -proseguía la sentencia, el individuo puede decidir quitarse la vida, pero esta disposición constituye una manifestación del agere licere, en cuanto que la privación de la vida propia o la aceptación de la propia muerte es un acto que la ley no prohíbe y no, en ningún modo, un derecho subjetivo que implique la posibilidad de movilizar el apoyo del poder público para vencer la resistencia que se oponga a la voluntad de morir, ni, mucho menos, un derecho subjetivo de carácter fundamental en el que esa posibilidad se extienda incluso frente a la resistencia del legislador, que no puede reducir el contenido esencial del derecho Además, el etarra De Juana Chaos, como los terroristas del GRAPO que motivaron aquella sentencia, ha puesto en riesgo su vida no con la finalidad de causarse la muerte, sino con la de modifi- A car una decisión de política penitenciaria. No es lo mismo- -continúa el Tribunal Constitucional- -usar de la libertad para conseguir fines lícitos que hacerlo con objetivos no amparados por la ley; y, en tal sentido, una cosa es la decisión de quien asume el riesgo de morir en un acto de voluntad que sólo a él afecta, en cuyo caso podría sostenerse la ilicitud de la asistencia médica obligatoria o de cualquier otro impedimento a la realización de esa voluntad, y cosa bien distinta es la decisión de quienes, hallándose en el seno de una relación especial penitenciaria, arriesgan su vida con el fin de conseguir que la Administración deje de ejercer o ejerza de distinta forma potestades que le confiere el ordenamiento jurídico; pues, en este caso, la negativa a recibir asistencia médica sitúa al Estado, en forma arbitraria, ante el injusto de modificar una decisión, que es legítima mientras no sea judicialmente anulada, o contemplar pasivamente la muerte de personas que están bajo su custodia y cuya vida está legalmente obligado a preservar y proteger El Estado tiene la obligación, recurriendo incluso a medios coactivos, de proteger la vida de los reclusos declarados en huelga de hambre reivindicativa. Con ello- -establece el Tribunal Constitucional- no se degrada el derecho a la integridad física y moral de los reclusos, pues la restricción que al mismo constituye la asistencia médica obligatoria se conecta causalmente con la preservación de bienes tutelados por la Constitución y, entre ellos, el de la vida que, en su dimensión objetiva, es un valor superior del ordenamiento jurídico constitucional y supuesto ontológico sin el que los restantes derechos no tendrían existencia posible El auto de la Audiencia, pese a no citar explícitamente la sentencia del Tribunal Constitucional, ha actuado con incuestionable probidad jurídica: en primer lugar, garantizando la vida de De Juana Chaos, que es un bien jurídico supremo; en segundo lugar, impidiendo que ponga en riesgo su vida para obtener ventajas penitenciarias. Una resolución irreprochable que aplaudimos y que mantiene encendida nuestra confianza en la Justicia. I Beckham era un futbolista mediocre engullido por un personaje descomunal, Ronaldo es un ser humano del montón embutido en un pelotero superlativo. Florentino Pérez los juntó a ambos porque, como buen experto en negocios, le importaban poco los jugadores y las personas, pero el fútbol es un dios arbitrario que se toma venganza de quienes lo desafían jugando a Prometeo. Así que castigó el delirio florentinista negándole los laureles que prometía aquella constelación de dinero y talento, y provocó la caída sucesiva de todo aquel IGNACIO racimo de teórica excelenCAMACHO cia desparramada. Primero se fue Figo, luego abandonó el propio Florentino, después se retiró Zidane- -el único con lucidez bastante para negarse a sí mismo el sinsabor de la decadencia- -y ahora se marchan Becks y Ronaldo en un estrépito de galaxias derretidas, cuyos restos se desperdigan por el firmamento con un halo de cometas sin rumbo. Elinglésesun caballerodeexquisitos modales y una profesionalidad rigurosa, capaz de fabricar un montón de dinero con sólo retratarse al salir de la peluquería; sus problemas empezaban cuando se quitaba los modelos de Dolce y Gabanna y salía al campo disfrazado de futbolista. El juego retrataba sus carencias y lo desposeía del halo que le aureola en la calle con la luz mítica de un icono posmoderno: sóloes un jugador vulgar, dotado del perfil de postal de una estatua griega. A Ronaldo le sucede todo lo contrario: perezoso, malcriado y remolón, un Peter Pan desmotivado y tornadizo, se transforma en pantalones cortos en una manada de búfalos en estampida. Tiene un instinto terminal que se expresa con una verticalidad predadora; como los grandes cazadores de la sabana, se mimetiza con la hierba hasta que atisba la presa y entonces arranca con la determinación ylafrialdad deun killer. Fueradelacancha y lejos del gol, es un exiliado triste que se amustia en la galbana de su crónica alergia al esfuerzo. A ambos los ha liquidado Capello, que más que un centurión romano es un capataz de altos hornos, un hombre que entiende el fútbol como un proyecto metalúrgico y dirige los equipos con la mística iluminada de un apóstol de la teología del sufrimiento. El italiano hasecuestradolavoluntad del presidente Calderón, un cliente de sastres caros al que le viene ancho el traje de presidente del Real Madrid, y ha impuesto la dictadura delmúsculo, elrigorchusqueroylapallalunga, el pelotazo hacia ninguna parte. Todas las dictaduras tienen exiliados, y Beckham y Ronaldo han sido los primeros deportados de esta autocracia militaristaque haconvertido al Madrid en una nave a la deriva. Decía Marguerite Duras, citando a Flaubert, que hubo un tiempo en que, caducados los viejos dioses y sin florecer aún el cristianismo, el hombre estuvo solo en la Historia. Así el Madrid, periclitado el olimpo florentinista, no encuentra aún la nueva religión que ilumine su prestigio. Duras hablaba de Adriano, pero para Capello y Calderón, Adriano es un brasileño que juega en el Inter y al que también se le ha pasado el arroz.