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ABC VIERNES 26 s 1 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA AQUELLA RISA MACABRA L LO SIENTO, CHICOS L O siento, sí, pero no podía ser de otra manera. ¿Alguien en su sano juicio podía albergar esperanzas de que a este pájaro se le dejase libre por chantajear al Estado con una huelga de hambre? Tamaña barbaridad sólo cabe en cabezas políticas desestructuradas, en la de Pachi- -lo siento, Pachi- -o en la de Chaves- -lo siento, Chaves- -o en la del editorialista del diario gubernamental, ese que ayer tuvo sus santos cojones de titular diciendo que nueve magistrados se rebelaban para impedir la libertad De Iñaki de Juana- ¡qué malvados esos jueces que se conjuran para evitar la liberación de un pobre hombre enfermo! lo siento por estas cabezas convertidas en valedoras de la causa de uno de los más grandes asesinos de la historia de España, pero espero que la vergüenza, si les queda, les obligue a taparse durante unos días y a esconder sus pobres argumentos políticos en esas jornadas venideras en las que habría que pedir explicaciones a aquellos que han dado la cara por semejante individuo. Si la Audiencia Nacional hubiese concedido alguna medida compensatoria al etarra más significativo por el hecho de haberse apuntado CARLOS voluntariamente a la autodestrucción, HERRERA hoy estaríamos a las puertas de una auténtica rebelión en las cárceles y fuera de ellas: en las cárceles porque brindaríamos la llave perfecta para que cualquier asalariado del crimen abriese las puertas de su particular enrejado, y fuera de ellas porque millones de personas dignas y cabales entrarían en la más absoluta de las indignaciones a cuenta de una medida injusta y ofensiva. Lo siento por aquellos que han retorcido el argumentario hasta lo imposible, lo siento por los que esperaban la complicidad de los jueces, lo siento por los alborotadores que hoy reventarán cajeros, lo siento por los amigos políticos de ETA, lo siento por los entusiastas del proceso y lo siento también por él, porque esta decisión le puede encaminar tercamente hacia su propia destrucción. Déjenme que me ponga exquisito y formal, tal vez sereno y justo: a nadie hay que desearle la muerte y yo seré el último en deseársela a De Juana, pero la suya es una decadencia física buscada a propósito para lograr por vía indirecta lo que no se merece por vía directa. Es una eutanasia política, y todos aquellos que defienden el derecho a decidir su propia muerte deberían estar hoy con el que tiene este hombre para condenarse a la desaparición. Si la Audiencia, repito, hubiese concedido algún beneficio penitenciario al asesino de hombres, mujeres y niños, hoy estaríamos los ciudadanos mucho más desprotegidos: ¿qué hubiera ocurrido en el caso de que se le hubiera otorgado una prisión atenuada, un tercer grado o una libertad condicional? ¿se lo han preguntado? Me atrevo a aventurar algunos escenarios: De Juana hubiese vencido, hubiese salido del hospital entre muestras de euforia por su victoria, hubiese vuelto a comer chuletones y, una vez recuperado, difícilmente hubiese ingresado de nuevo en prisión. El fiscal a las órdenes del Gobierno no lo hubiese solicitado y el juez no lo hubiese ordenado. Así tendríamos a un hombre que está en el proceso campando por las Herriko tabernas y celebrando las muertes que no pudo celebrar en prisión por no habérsele suministrado el champán que solicitó. En nombre de los tres hijos de Alberto Jiménez Becerril y Ascensión García Ortiz, esos de los que se ha olvidado el presidente Chaves cuando ha solicitado la libertad para De Juana, celebro vivir en un país al que todavía le queda dignidad para impedir un escarnio como ese: cuando murieron asesinados, ahora hace ocho años, el concejal sevillano y su esposa, el hambriento De Juana aseguró estar alimentado durante un mes sólo con ver la cara de dolor de esos tres chiquillos. ¿Se acuerdan? Si ellos no, yo sí, con lo que espero serenamente que aquél alimento que invocó le sirva en este momento a semejante canalla para paliar el hambre que ahora mismo deba sentir, el hambre que él voluntariamente ha elegido, el hambre que intenta paliarle con sueros el Estado que siempre ha querido destruir. Lo siento chicos, lo siento. Otro día será, pero por esta vez, ha prevalecido el sentido común. Y algo menos común: la dignidad. LORABA el cielo gotas grises como lágrimas de plomo aquella mañana de enero en Sevilla. La semana que viene hará ocho años. Llegaron los dos ataúdes a una plaza abarrotada de gente con el corazón atravesado por el dolor y por la rabia. No había lluvia capaz de arrastrar el llanto de aquella congoja. Nomuy lejos, apenas aunos cientosdemetros, un matrimonio muy querido se había llevado a lostreshijosdeAlbertoy Ascensión a su casa; nunca me atreví a preguntarles qué les dijeron a los huérfanos, con quédulces mentiras preservaron su inocencia ni de dónde sacaron la entereza IGNACIO parasobreponersea sus proCAMACHO pias lágrimas. A Ignacio de Juana Chaos, asesino convicto de dos docenas de personas, toda esta zozobra le provocaba en la cárcel un generoso impulso solidario: Me encanta ver las caras desencajadas de los familiares en los funerales. Aquí, sus lloros son nuestras sonrisas y acabaremos a carcajada limpia... Ya he comido para todo el mes Tanta excelencia moral ha debido de pesar hondamente, sin duda, en el criterio del fiscal que pedía que se le sacase de prisión para reponerse en su casa de una huelga de hambre. Ese fiscal, y su jefe el fiscal del Estado, y el presidente Rodríguez Zapatero, representan a aquellos ciudadanos transidos de indignación y espanto que esperaban bajo la lluvia el paso de los féretros mientras De Juana se burlaba de su dolor y de su amargura. Y representan a los hijos del matrimonio Jiménez Becerril, que han crecido sin padres desde aquella maldita mañana fúnebre de enero que el terrorista celebraba con hiriente, provocadora crueldad. Yrepresentan alasdecenasdevíctimas quecayeron bajo su mano criminal, y a los deudos de aquel concejal navarro tras cuyo asesinato pedía champán para un brindis siniestro. Y representan al Estado desafiado por un abierto chantaje político disfrazado de burdos ropajes humanitarios, retado por un victimismo artificial, engañosoy torticero. Y deberían por tanto sentirse concernidos por el sentido claro y primordial de una justicia que emana de la soberanía del pueblo y de la razón de la ley, más allá de casuismos, de tácticas... y de procesos. Pero no se han sentido. Han cedido a un mezquino situacionismo de conveniencia política, y los hatenidoqueponer en su sitiouna docena de jueces inmunes a la presión de las circunstancias y leales a su encarnadura moral, recordando algo tan elemental como que es el recluso el responsable de su situación crítica, al tomar por sí mismo, en pleno dominio de su albedrío y voluntad, la decisión de renunciar a alimentarse. Podrían haber dicho que De Juana ha actuado con la misma plena conciencia con que celebraba los atentados y se reía de las víctimas, o con la misma determinación con que colocaba bombas y disparaba a matar, o con idéntico arbitrio que cuando se considerababien nutridocon laaflicciónajena. Peroaunque sea imposible olvidar la infamia, aunque no haya llovido bastante para borrar todas las lágrimas, no es menester encono cuando basta la lógica, ni vísceras cuando es suficiente la razón, ni resentimiento cuando sobra con el consuelo de la justicia. Eso nos diferencia. Y, al menos, aquel macabro champán no se lo sirvieron.