Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
16 ESPAÑA Tribuna Abierta MARTES 23 s 1 s 2007 ABC Bieito Rubido Periodista EL REALISMO POLÍTICO DE LOS GALLEGOS lión pacífica que viene a recordar que todavía no está agotado el Estatuto de 1980. Como si toda esta ceremonia sirviese de cortina de humo para tapar la turbación del entierro del Plan Galicia, reducido a Plan de la Mi... por la ministra de Fomento. Es como si esta discusión de meses se hubiese utilizado como bruma que no deja ver bien los perfiles de los verdaderos problemas que ahora mismo tiene planteados Galicia: la fuga de empresas, el retraso del AVE, la no ejecución de los presupuestos de infraestructuras de la propia Xunta, el despoblamiento del interior, la difícil convergencia económica con el resto de España... L A tarde noche del pasado 17 de enero si ha de pasar a la historia de Galicia será por la placidez con que se acostaron sus habitantes. Los gallegos se fueron a la cama sin mostrar preocupación alguna por el hecho de que sus tres primeros dirigentes políticos no habían alcanzado acuerdo alguno en su intento de reformar el Estatuto de autonomía. Mejor así, pensaron muchos de los pocos que se ocuparon del asunto. Tras seis horas de reunión entre Touriño, Quintana y Núñez Feijóo no hubo acuerdo y el asunto de la reforma estatutaria ha quedado para mejor coyuntura. En todo caso, hasta después de las municipales. Paraalgunosescomosi gallega no se ha mostrado especialmente decepcionada por este atasco. La capacidad, ya atávica, de resignación de los gallegos está más que demostrada. En este caso parece una mezcla de sabiduría y pragmatismo. Éramos muchos los que veíamos inevitable la falta de acuerdo entre las tres fuerzas. Parecía que todo el mundo sabía que no habría consenso, menos ellos. Se conocían varios hechos antes de la reunión en Monte Pío que hacían imposible un acuerdo entre las tres partes. Se sabía, por ejemplo, que el Partido Popular no iba a darle más margen de maniobra a Alberto Núñez que el que le permitió a Piqué en Cataluña. Y si allí los populares dejaron bien claro cuál era su posición ante la posibilidad de incluir la palabra nación en el preámbulo y lo que ello puede conllevar posteriormente, en Galicia no iban a ensayar esquizofrenia alguna en esa materia. También nos habíamos percatado de que, en medio del clima de crispación y controversia que azota hoy a España, y muy especialmente el agrio enfrentamiento entre Zapatero y Rajoy, resultaba difícil, con ese telón de fondo, un acuerdo en una nacionalidad histórica. Sobre todo, si se tiene en cuenta el afán de arrinconamiento que los socialistas tuvieron con los populares en Cataluña. Hay una tercera razón para el fracaso, que se manejó desde el principio. Ese interés, esa avidez por querer copiar el texto de la chapuza catalana. Se renunciaba así a un texto genuinamente gallego. Y esa pretensión de no podemos ser menos que los otros con el asunto del término nación nos llevó al punto en el que estamos. Sin acuerdo, sin Lopositivoesquelasociedad texto, sin estatuto. Y eso que las diferencias también se extendían a la financiación, a la reforma electoral, a la organización territorial y al uso de la lengua gallega. Pero todo era salvable, negociable, menos el centro de la discusión: la presencia en el preámbulo del estatuto reformado del vocablo nación. Para que después digan que las palabras no tienen importancia. A esos tres errores de partida, que ayudan a explicar el encallamiento de la reforma estatutaria gallega, hay que sumar dos hechos anteriores, protagonizados por Fraga y Pérez Touriño. Perdió Manuel Fraga una oportunidad histórica de liderar una reforma cuando tenía mayoría en el Parlamento autonómico y cuando un sector de la sociedad gallega le solicitó que se colocase al frente de esa iniciativa. Es cierto que en ese momento Fraga, tan imaginativo para la resolución de algunos problemas, venía tocado de la crisis del Prestige, y bastante tenía con defenderse de sus adversarios exteriores y de sus enemigos interiores. Así sucedió que el partido mayoritario de entonces no quiso tomar la iniciativa de la reforma del Estatuto. Y es ahora, curiosamente, el BNG, la fuerza minoritaria, quien ha demostrado el empuje y el atrevimiento de plantear la cuestión. Este último hecho tiene una lectura positiva. El BNG ha dejado de ser en Galicia, y por tanto en España, una fuerza antisistema. Es más, estamos ante la primera ocasión en la historia de la democracia reciente en que los tres partidos políticos gallegos se sientan y tratan de encontrar un acuerdo. No lo alcanzaron, peroloescenificaron y, loquees mejor, lo intentaron. ElactualpresidentedelaXunta, Pérez Touriño, quiso actuar como alguien que estaba por encima del bien y del mal. Hombre de paz entre populares y nacionalistas. Como si él no tuviese que mojarse. Se olvidó el presidente de que fue él quien asumió el compromiso de reformar el Estatuto. Claro que, al final de todo este proceso, no pasa nada. Ya que nada bueno se puede esperar de un asunto que no es demandado por la sociedad y, sobre todo, del que nadie en Galicia percibe su necesidad. Es más, me parece que algunos se han sentido aliviados. Por razones bien distintas. A los nacionalistas del BNG les viene de perlas que se mantenga viva la discusión y nos condenan a escuchar el soniquete victimista de una reforma que tiene que llegar y nunca llega por culpa de los dos partidos mayoritarios. En esta ocasión no ha habido ganadores. En todo caso, subyace en el subconsciente colectivo gallego una especie de reproche generalizado a su clase política, algo así como un conato de rebe- esta discusión de meses se hubiese utilizado como bruma que no deja ver bien los perfiles de los verdaderos problemas que ahora mismo tiene planteados Galicia: la fuga de empresas, el retraso del AVE, la no ejecución de los presupuestos de infraestructuras de la propia Xunta, el despoblamiento del interior, la difícil convergencia económica con el resto de España, y así un largo rosario de cuestiones que pueden ser gestionadas desde las competencias y el margen que ofrece el buen estatuto que se negoció en 1980 y que tanta prisa se tiene por liquidar, dicen algunos, que por la mera redacción poética de unos párrafos en un preámbulo sin valor legal, que recojan la palabra nación. Claro que las palabras tienen su importancia y cuanto más carga simbólica lleven, más. Hasta donde sabemos, nación implica soberanía, y aquí lo que hace falta no es el suicidio permanente de los pueblos de España, sino más libertad y más estrategia y posicionamiento para hacer frente con alguna defensa a los desafíos que la globalización hace a los pueblos. Galicia tiene cerca a Portugal y a Irlanda. Dos buenos modelos, antitéticos entre ellos. El caso irlandés demuestra que para progresar hay que dejar de lado determinados estorbos y hacerse con éxito un nicho económico y ecológico en el marco de la globalización. En ese camino deberían estar transitando los políticos gallegos. nes, Galicia necesita ahora mismo más AVE, más comunicación y cultura universal, más inteligencia y gestión, más educación para tener mejor empleo, más industrialización y potenciación de los servicios, más aprovechamiento racional de su naturaleza, más potenciación de su medio ambiente. Y los ciudadanos saben que todo eso pasa, ahora mismo, por encima de un preámbulo lleno de eufemísticas formas de llamarnos realidades nacionales o colectividades con sentimiento nacional. Algo que nadie pidió, ni aquí, y digamos la verdad, ni en ningún otro lugar de España. Por eso, los gallegos se fueron la noche del 17 de enero a la cama con toda placidez. A nadie se le ocurrió que había que organizar manifestaciones de desagravio. No había razón alguna ni para el llanto ni para el rechinar de dientes. Másalládeotrasensoñacio-