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34 INTERNACIONAL LUNES 22 s 1 s 2007 ABC Somalia, entre la belleza y el dolor Si África atesora algunos de los conflictos más enconados de la Tierra, es paradójicamente el continente más optimista. Un ejemplo claro es Somalia TEXTO Y FOTOS: ALFONSO ARMADA ENVIADO ESPECIAL GALKAYO (SOMALIA) En la topografía del dolor, Somalia entró hace 16 años en el limbo político que una bienintencionada, pero desastrosa, intervención militar de Naciones Unidas y Estados Unidos a comienzos de los noventa no hizo sino agravar: señores de la guerra reinos de taifas y clanes armados hasta los dientes enfrentados entre sí. A la carencia de un gobierno central capaz de proporcionar seguridad, educación, sanidad y una esperanza de vida razonable, la sociedad civil sobrevive a duras penas. Como ejemplifican Amina Abdullahi Abdi y Baarliin Sheich Aldi. De una belleza que revienta los parámetros occidentales, la delicada perfección de sus rasgos parece llevar aparejada un castigo: se ven sometidas a una tradición de una crueldad insoportable. Antes de cumplir los diez años, a la inmensa mayoría de las niñas se les practica la ablación e infibulación (corte del clítoris, sellado del sexo) una dolorosísima costumbre que no es sólo somalí, pero que en el Cuerno de África sigue teniendo masivo predicamento. Una enmienda a la hermosura que causa sufrimiento, humillación e infecciones sin cuento, que a menudo duran toda la vida. Para la ex diputada holandesa nacida en Somalia Ayam Hirsi, el problema reside en el propio islam. Basándose en una estricta visión del Corán, los Tribunales Islámicos empezaron hace más de un año a restablecer cierta apariencia de orden en algunas ciudades, empezando por Mogadiscio, con una aplicación rigurosa de la sharia (ley islámica) y dejaron en entredicho a los señores de la guerra financiados por la CIA, que consideraba a los tribunales tapadera de Al Qaida. El Ejército etíope invadió el país con el visto bueno de Washington, puso a los tribunales en fuga y al Gobierno Federal de Transición en un precario trono. Clanes y señores de la guerra tratan ahora de afianzar su papel. Amina y su bebé de 7 meses, Yaasir, en el hospital de Galkayo Sur Baarliin y su hijo C Xasan, de 4 años, desnutrido por la diarrea HISTORIA DE AMINA Amina Abdullahi Abdi nació en Mogadiscio hace 22 años, está casada con un camionero, pertenece al clan majerteen, es madre de tres hijos (Hiibaan Abdi Adan, de 3 años; Yaliya Abdi Adan, de 2 años, y Yaasir Abdi Adan, de 7 meses, al que ha llevado al hospital Galkayo Sur para atajar la diarrea que amenazaba su vida) Ella sintetiza una de las mayores contradicciones somalíes: ¿Cómo en uno de los lugares más inhóspitos del planeta pueden florecer las mujeres más bellas, cuyos cuerpos son íntimamente sometidos a la peor de las torturas? Su madre murió, su padre trabaja en una factoría de Indiana, en Estados Unidos. De vez en cuando reciben dinero de América, y Amina y su marido sueñan con dejar Somalia atrás, pero el viaje cuesta demasiado dinero Se limita a ser madre y esposa: Ya es suficiente tarea Se reconoce como musulmana sufí, y dice sentirse a gusto en su religión. Que el hombre tenga toda la autoridad está escrito en el Corán. Yo no puedo cambiar el mundo. Las cosas son así. Me parece bien que la mujer tenga más derechos, como en Europa. Pero esta es nuestra sociedad. Yo también tengo mi libertad y puedo tomar decisiones HISTORIA DE BAARLIIN Baarliin Sheich Alshi tiene 30 años y lleva una vida más desesperada que Amina. Ella es una de las 250 familias de desplazados a causa de la guerra que han buscado cobijo a las afueras de Galkayo, entre pedregales, acacias escuálidas, bolsas de basura y cabras. Procede de Hobyo, a 250 kilómetros de distancia, de donde huyó hace más de dos años y vive en una choza construida con latas de aceite y leche en polvo aplanadas, techada con ramas y una lona de plástico, junto a sus seis hijos. Su marido la abandonó hace seis meses. El director del hospital Galkayo Sur, Mohamed Abdi Karin, que hace las veces de intérprete, reconoce a C Xasan Alshi, el pequeño de cuatro años que su madre lleva en brazos y que en el hospital atajó la diarrea que le había llevado a una desnutrición que podría haberle llevado a la tumba antes de cumplir los cinco años, como le ocurre a uno de cada cinco compatriotas. Disfruta del mismo tratamiento que ahora recibe el hijo menor de Amina. Aunque el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados y el Programa Mundial de Alimentos han pasado por el lugar y les han dado unas briznas de ayuda, es gracias a este hospital, financiado por Médicos sin Fronteras y por parte de la diáspora somalí, que Baarliin y sus hijos sobreviven, ya que ella no ha conseguido trabajo en Galkayo. Ninguna ventaja Aunque reconoce que le da un poco de vergüenza acaba hablando de la ablación e infibulación que, dice, sufrió a los siete años, y recuerda que fue muy dolorosa De momento tiene sólo tres hijos, pero dice que si llega a tener una hija también se lo haría: A mi abuela y a mi madre se lo hicieron. A mí me lo hicieron. Y si tuviera hijas también se lo haría. Tiene ventajas y desventajas ¿Cuáles son las ventajas? Se lo piensa un instante, y acaba por aceptar: Bueno, es cierto que no tiene ninguna ventaja. Está hecho para que las mujeres sintamos menos placer sexual. Pero cómo voy a oponerme a una tradición así. No hablamos de ello entre nosotras. Es algo a lo que no te puedes resistir A ella le parecían bien los Tribunales Islámicos: Expulsaron a los señores de la guerra y eso fue una buena cosa Pero a renglón seguido pregunta al reportero si cree que ella es de Al Qaida por pensar eso, y se ríe al hacerlo. Gracias a Alá Lo único que sabe hacer es lo que ha hecho toda la vida: Cocinar y limpiar. Si no fuera por el hospital- -la única institución pública de Galkayo, en la que además no se cobra un shilling somalí a los pacientes- no sé qué hubiera sido de nosotros Cuando se le pregunta de dónde saca las fuerzas para salir adelante, dice que de Alá. La religión me ayuda a aguantar Admite que la vida no es fácil pero es la única queja que sale de sus labios. El anciano al frente de los desplazados, Haarum Warsame Faaraz, tiene 38 años y se lamenta del abandono en que les tiene la comunidad internacional. Pero, a diferencia de muchos pueblos africanos, ninguno de los niños o adultos que rodean a los visitantes bajo el sol de enero extiende la mano o pide dinero. Ni siquiera agua. A mi abuela y a mi madre se lo hicieron. Y si tuviera hijas también se lo haría Admite que la vida no es fácil pero es la única queja que sale de sus labios