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ABC SÁBADO 20 s 1 s 2007 Tribuna Abierta ESPAÑA 17 Luis de la Corte Ibáñez Profesor de la UAM OBSTÁCULOS PARA LA UNIDAD DEMOCRÁTICA Vengan, pues, avancemos juntos, aunando nuestras fuerzas Discurso pronunciado por Winston Churchill ante el Parlamento británico el 13 de mayo de 1940 que los españoles no comparten una misma opinión sobre la estrategia idónea para acabar con ETA. Es verdad que después de la tregua de 1998 aumentó considerablemente la proporción de ciudadanos que apoyaron el objetivo de su plena derrota, sobre todo a partir del momento en que esa orientación comenzara a dar sus frutos, y también gracias al nuevo protagonismo moral adquirido por las víctimas del terrorismo. No obstante, ese incipiente consenso ciudadano antiterrorista sería rápidamente abandonado a raíz de los resultados electorales de marzo de 2004. Amparado en el nuevo discurso pacifista que le ayudó a convertirse en presidente, Rodríguez Zapatero no tardaría en archivar de facto su pacto antiterrorista con el PP para ensayar un nuevo intento de solución dialogada Aunque el PP y las asociaciones mayoritarias de víctimas rechazaran ese giro, la ilusión con la que una parte significativa de la población española acogió la iniciativa revela el escaso esfuerzo que tuvo que hacer el Gobierno para resucitar las tradicionales preferencias pro- diálogo de muchos votantes de izquierdas. Al mismo tiempo, la jugada permitía ganar apoyos entre los nacionalistas, aislar al PP y presentarlo como un partido reaccionario e incluso como un enemigo de la paz (repugnante etiqueta que sería igualmente aplicada al resto de las voces que se atrevieron a criticar el mal llamado proceso de paz Así, el escenario social en el que Gobierno y PP deberían reconstruir un proyecto antiterrorista común está marcado por la ausencia de un sistema compartido de valores y normas que orienten la acción del Estado contra ETA, pues, no siendo pocos los ciudadanos que nos oponemos a cualquier negociación con criminales, también son muchos los que siguen creyendo que, al final, habrá que dialogar... y ceder en algo ¿o en mucho? para que los asesinos dejen de molestarnos. En definitiva, los españoles no se ponen de acuerdo sobre si prefieren la paz (porque muchos parecen creer que alguna vez nos declaramos en guerra) o la libertad. El regreso al consenso antiterrorista entre PP y PSOE reduciría drásticamente la influencia de los etarras sobre futuros comicios, pues en ese otro contexto el voto a cualquiera de esos partidos serviría para respaldar una misma política antiterrorista L O explicaba el Rey antes de producirse el atentado del 30 de diciembre, y lo volvería a recordar en su discurso para el día de la Pascua Militar: tarde o temprano el Gobierno de España tendrá que arreglárselas para restablecer la unidad política de pensamiento y acción en la lucha contra ETA. Aparte de los fracasos flagrantes a los que han conducido todos los intentos de dialogar con ETA, existe otra importante razón moral y política para respaldar la petición de unidad contra el terrorismo. Como el sociólogo Emilio Lamo de Espinosa explicó en una reciente entrevista concedida a ABC, la tragedia del 11- M nos ha enseñado que la confrontación entre las dos principales fuerzas políticas de una democracia brinda a los terroristas la posibilidad de condicionar los resultados electorales, como hicieron los yihadistas en las elecciones generales de 2004. El actual distanciamiento entre los dos partidos capacitados para gobernar España ofrece a los etarras una oportunidad casi única para poner al actual Ejecutivo al borde de su disolución, algo que podría suceder si en el plazo de los próximos meses la banda terrorista decidiera y lograra provocar más muertes. De hecho, el objetivo que ETA perseguía con el atentado del 30 de diciembre era demostrar su capacidad para volver a matar o, lo que es lo mismo, su poder para provocar una crisis política que haría tambalearse a un Gobierno cuya política antiterrorista es rechazada por casi la mitad de sus ciudadanos. Por el contrario, el regreso al consenso antiterrorista entre PP y PSOE reduciría drásticamente la influencia de los etarras sobre futuros comicios, pues en ese otro contexto el voto a cualquiera de esos partidos serviría para respaldar una misma política antiterrorista. Por tanto, la unidad de los demócratas parece imprescindible, pero no cualquier unidad, sino una que incluya a los dos grandes partidos constitucionalistas. Sin embargo, la manifestación del pasado día 13 y sus prolegómenos han puesto de manifiesto que el camino que conduce a dicha alianza está plagado de obstáculos. El primer obstáculo que conviene considerar acaba de ser sugerido y radica en el hecho de las dificultades para recuperar la unidad de los demócratas en la lucha contra ETA no acaban en la disparidad de criterios recién mencionada. Para lograr un mayor respaldo político a su Obviamente, proyecto de gestión dialogada de la amenaza etarra, el Gobierno debería haber hecho un esfuerzo sincero por ganarse la confianza de sus opositores naturales (el PP, las víctimas, los críticos, etcétera) aun cuando ello no le garantizase ninguna adhesión incondicional ni inmediata. Sin embargo, la entera gestión pública de ese mal llamado proceso de paz parece haber sido diseñada con el propósito contrario. Sí, el Gobierno pidió apoyo y confianza al PP, a los ciudadanos y a las víctimas, pero también presumió en varias ocasiones de ocultar mucha información sobre el proceso supuestamente valiosa. Contra lo que sugiere el lema del queremos saber que tanto airearon muchos agitadores tras el 11- M, ocultar información de contenido antiterrorista no es siempre condenable. De hecho, siempre es necesario en cierta medida. El problema es que el presidente y sus colaboradores apelaron a esa información privilegiada para emitir previsiones excesivamente optimistas que hoy por hoy suscitan una duda descorazonadora: ¿fueron esos pronósticos simples errores o constituyeron exageraciones irresponsables? Personalmente prefiero aferrarme a la primera hipótesis, aunque es obvio que cualquiera de las dos posibilidades ponen en cuestión la capacidad del actual equipo de Gobierno para dirigir su propio proceso con suficiente eficacia. Pero, entonces, ¿cómo podremos otorgar credibilidad a las previsiones en las que sustentará sus siguientes pasos en la gestión de la amenaza etarra? Y, ¿cómo podrá confiar el PP en las palabras y los posibles compromisos de un presidente que dijo primero la paz y luego la política teniendo en cuenta to- do lo que vino después. Porque lo que vino después fue el incremento progresivo de una violencia de baja intensidad (extorsión, kale borroka, atentados contra objetos con sus consiguientes destrozos) o a veces no tan baja (recuérdese el ataque a un concejal en abril de 2006) y también vinieron las operaciones de ETA destinadas a rearmarse para poder acometer futuros atentados. Y a pesar de todas estas evidencias lamentables, se aseguró que el alto el fuego era real y completo. Desde luego, estos antecedentes hacen realmente difícil que los actuales opositores políticos y ciudadanos del Gobierno encuentren creíbles sus reclamos a la unidad de los demócratas. Tampoco ayudan nada los errores de expresión que confunden asesinatos con trágicos accidentes Los problemas de falta de confianza quizá tendrían solución si el Gobierno abandonara definitivamente sus ambigüedades semánticas y asumiera cierta cuota de error por lo sucedido en los últimos días. En cambio, la mayoría de las declaraciones recientes proferidas por el Gobierno muestran un sesgo inverso. Por lo visto, sólo ETA ha errado (y por supuesto el PP, faltaría más) El Gobierno no cometió errores e hizo lo que tenía que hacer para alcanzar la paz, explicaba hace poco José Blanco. Pues vale. Pero supongamos que el Gobierno concibiera sinceros deseos de desarrollar un nuevo pacto antiterrorista que pudiera incluir al PP es decir, que re, tomara el objetivo de derrotar a ETA, aparcando sus queridas alusiones al diálogo (aunque esta suposición es más arriesgada hoy de lo que lo era el día 13 de enero) ¿Qué dirían y harían entonces los socios nacionalistas (e IU) Es dudoso que transigieran con un pacto que incluyese a la derecha Por lo tanto, la cuestión es si el PSOE estaría dispuesto a arriesgar su permanencia en el Gobierno o a cambiar de socios parlamentarios para conseguir la única clase de unidad capaz de anular la capacidad de chantaje de la que hoy disfruta ETA. Quisiera creerlo, pero de momento no hay indicios suficientes. Finalmente, la incapacidad de la oposición para sortear la trampa política que supuso la manifestación del pasado sábado interpone un nuevo obstáculo. La ausencia del PP puede haber perjudicado su imagen y ha servido como excusa para que la izquierda más radical reactive un lenguaje guerracivilista tan irresponsable como repugnante. Está claro que, con estos mimbres, el consenso antiterrorista entre PSOE y PP cada vez se hace más lejano. Y mientras tanto se oye aplaudir a ETA.