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ABC SÁBADO 20 s 1 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA ASUNTOS DE FAMILIA N los aparatos de los partidos, esas máquinas de colocar gente, cunde la desazón ante la inmediata aplicación de las listas paritarias en las elecciones municipales y autonómicas de mayo. El problema no lo constituyen tanto las mujeres que hay que meter- -dos de cada cinco candidatos, cremallera asimétrica- -como los hombres que hay que sacar. Si la confección de las candidaturas es siempre de por sí un delicado proceso de equilibrios internos que suele dejar numerosas víctimas, con el nuevo requisito la cosa puede conIGNACIO vertirse en una fábrica CAMACHO de agravios, sobre todo en aquellas circunscripciones donde los partidos tienen responsabilidades de gobierno. Hay que sacar gente del poder, lo que significa apartarla de la nómina, las prebendas, los coches, la tarjeta de crédito. Es decir, separarla del pesebre para trocar el dócil rebaño en un pelotón de resentidos. En estas circunstancias, los comités electorales apelan al más cínico pragmatismo. Me lo dijo esta semana un alto dirigente de un partido nacional, dispuesto a resolver conflictos por la vía utilitarista: Tendremos que quitar a muchos cargos... y poner a sus mujeres Así la familia, el matrimonio, la pareja, podrá seguir siendo la clave de la arquitectura interna del poder. En algunos casos, como el del conseller catalán de Interior, Joan Saura, la ligazón sentimental se consolida con la argamasa del tripartito: su mujer, Inma Mayol, es teniente de alcalde por Esquerra Republicana en Barcelona. Problema al canto: ella se declara partidaria de legalizar a los okupas y su compañero tiene la responsabilidad de desalojarlos. Parece ser que no pone en ello el suficiente empeño, lo que le sitúa en una delicada tesitura política: si cumple la ley con el rigor necesario, disgusta a su costilla, y si se deja influir por la dama, incurre en prevaricación o dejación de funciones. El pueblo, que dicen que es sabio aunque en ocasiones no lo demuestre, sospecha que dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma opinión. Salvo que sean franceses, claro. Allí todavía no hay listas de cremallera, al menos hasta que Segolène Royal, alias Zapatera, gane las elecciones presidenciales, objetivo para el que ha encontrado el insólito obstáculo de un marido inclinado a subir los impuestos, que no parece la mejor fórmula de captar votos. Royal tiene un portavoz guaperas y bocazas al que ha sancionado por decir que su único defecto- -de ella- -es su compañero, a la sazón secretario general del Partido Socialista. La ciudadanía cotillea que bajo el frufrú de la discrepancia y la censura se ocultan los vértices de un triángulo, de modo que la candidata ha tirado de cremallera... para cerrarle la boca al indiscreto ayudante. Es el peligro de convertir la política en un asunto de familia: a veces se convierte en una carga tan pesada que se necesitan más de dos para sobrellevarla. Y tanta gente no cabe en la misma lista. La paridad bien entendida... ya se sabe. E DESTRUIRSE DESDE DENTRO H A declarado Mel Gibson que su película Apocalypto, en la que se recrean las postrimerías de la civilización maya, constituye en realidad una alegoría sobre la decadencia de las sociedades occidentales. Apocalypto se abre con una cita de Will Durant que basta para advertirnos de sus intenciones: Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro La frase, de una lucidez que espanta, sirve de diagnóstico para nuestra época. Mucha gente me pregunta si considero que el islam es un enemigo para Occidente; mi respuesta es siempre la misma: En absoluto. El enemigo está dentro, el enemigo somos nosotros mismos ¿Qué peligro podría significar el islam si Occidente estuviese orgulloso de defender los valores que conforman su idiosincrasia? Los musulmanes residentes en nuestros países tendrían que acatar estos valores si desearan disfrutar de las ventajas que les reportan; desde el primer instante en que se atrevieran a infringirlos, serían despachados con viento fresco, o castigaJUAN MANUEL dos por la Ley, como cada hijo de veciDE PRADA no. El problema no está en los musulmanes, por mucho que profesen una fe que a la vez postula un ordenamiento sociopolítico a cuyo rebufo se cobijan las más sórdidas dictaduras; bastaría con que los musulmanes tuviesen claro que jamás podrían ver realizados, en Occidente, sus anhelos expansionistas. El problema para Occidente comienza cuando se muestra incapaz de defender los valores que fundan su ordenamiento jurídico, cuando descree de los hitos que han propiciado su progreso, cuando reniega de la moral que ha humanizado su convivencia; cuando, en definitiva, se niega a sostener la supremacía de su orden social y, a cambio, se abandona a un aguachirle de necedades merengosas que, bajo el marbete de Alianza de Civilizaciones o de cualquier otra majadería limítrofe, prefiguran la rendición. Todavía quedan algunos ilusos que, a la hora de imaginarse el fin de nuestra civilización, se dedican a otear el horizonte, en busca de enemigos externos. Olvidan que, cuando entraron en Roma, los bárbaros no tuvieron que librar ninguna encarnizada batalla con un ejército defensor, ni vencer la resistencia de sus vecinos; entraron como Pedro por su casa, sin asestar un mandoble, enseñoreándose de una posesión que les pertenecía desde mucho tiempo atrás, desde que los gobernantes del otrora amedrentador imperio se convirtieron en una patulea de pacifistas claudicantes, desde que sus ciudadanos se entregaron con regocijo a las ventajas de la vida muelle y al disfrute de su opulencia. Así perecen las civilizaciones, así las potencias más poderosas devienen naciones de opereta: destruidas desde dentro, inmoladas por los botarates que rigen sus destinos y por la chusma que los encumbró al poder. Porque no debemos pensar que los gobernantes irresponsables que rigen los destinos de los países en decadencia son meteoritos que abruptamente irrumpen en la vida política, venidos del espacio exterior, surgidos de la nada; por el contrario, son el fruto natural de una sociedad podrida y dimisionaria, son la expresión quintaesenciada de un clima moral decrépito, que es el de los pueblos dispuestos a mirar siempre hacia otro lado, dispuestos a entregar su primogenitura por un plato de lentejas, dispuestos a ceder a la extorsión, a renunciar a los principios que fundan su existencia, a ponerse de rodillas ante quien los quiere genuflexos, con tal de diferir un problema que se les viene encima, no importa que esté enturbantado o cubierto por la capucha macabra del terrorismo. En estos días en que la dulce paz de los esclavos vuelve a asomar a los labios de nuestros gobernantes, amortizados ya aquellos dos muertecitos accidentales del aeropuerto; en estos días en que vuelve a iniciarse ese proceso indecoroso que tanto regocija a los enemigos de España, ya sabemos, con insobornable certeza, que la destrucción vendrá desde dentro.