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ABC SÁBADO 20 s 1 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA VISCONTI Y NOSOTROS Luchino Visconti- -del que se han cumplido hace poco los cien años de su nacimiento- -murió sin haber podido filmar el gran epílogo de su concepción de la alta cultura europea. Me refiero a la adaptación cinematográfica- -parece que imposible- -de ese magnífico tapiz de la memoria que es A la busca del tiempo perdido ARA los que nacimos en una época en la que Europa nos estaba vedada, la imagen de Silvana Mangano en el Grand Hotel des Bains, en el Lido, fue una vaporosa metáfora del continente al que hubiéramos podido pertenecer. Algo así como las palabras de Talleyrand sobre la dulzura de vivir y el Antiguo Régimen. La Segunda Guerra Mundial se reducía a un encuentro en la estación de Hendaya y al aventurerismo político de la División Azul. La Guerra Fría había sido un asunto de película de espías, con una brasa de cigarrillo encendida en la noche y la mirada de los vopos en las torretas del Muro de Berlín. Y en cuanto a Napoleón, ya sabemos lo que ocurrió: los grabados y las pinturas de Goya son la mejor crónica periodística de su paso por España. Es difícil que olvide la primera vez que vi Muerte en Venecia Fue en el otoño de 1972, yo tenía dieciséis años y estaba enamorado. En aquel cine que ya no existe, las butacas estaban tapizadas de terciopelo rojo, las lámparas eran art- déco, unas labradas columnas de fundición sostenían el gallinero y había dos palcos. Desde uno de ellos vi Muerte en Venecia y supe que la joven de la que andaba enamorado, también lo estaba de mí: ambos salimos de aquella sala con dolor de manos, tanta era la fuerza con la que nos las apretábamos. Para colmo, el nombre del cine donde vi por primera vez Venecia- -una ciudad que con los años acabaría, en cierto modo, unida a mi vida- -se llamaba Salón Rialto. La objetividad del azar, ese otro asunto europeo. No sé si ahora podríamos mantener la misma idea. No sé si existe la capacidad para ver en el cine de Visconti un legado que podría ser también una renovación. La Venecia de Mann, la Italia mutante de Lampedusa- -con una espléndida Claudia Cardinale como futuro- -y la burguesía aristocrática de D Annunzio, pasados por la mirada viscontiniana, ¿son ese necesario ejemplo de renovación o ya sólo los fósiles de una era ante la que se carece de hermenéutica para su comprensión? No es por azar que aquella Silvana Mangano, bella, elegante y delicada, rodeada de sus hijos que la imitan y veneran mientras en Venecia se incuba una epidemia de cólera, aparezca años más tarde en Roma- Confidencias -convertida en una condesa histérica sometida a los caprichos de un gigoló- -el insoportable Helmut Berger- -que, además, tiene cautivados a sus hijos. Europa conoce a ese gigoló demasiado bien. Conoce sus cantos de sirena. También su capacidad para el desastre. Ese gigoló se ha llamado comunismo, fascismo, nazismo... Podría llamarse nihilismo, demagogia o también relativismo. Y cuando Europa- -como la Mangano en esa película- -cae en uno de sus cíclicos climaterios- -que pueden presentarse en forma de corrupción, populismo y negación del espíritu que la hizo grande- -sus gigolós se hacen con las riendas y se dedican a demoler los símbolos y los muros de la casa europea. n la casa de Confidencias vive un profesor retirado del mundo contemporáneo que encarna Burt Lancaster. Rodeado por su colección de muebles y pinturas Imperio, su música de Mozart, el silencio, sus certificaciones a viejos anticuarios romanos, ese personaje, tomado del estudioso Mario Praz- -la película se rodó en su casa, la casa de la vida- es el humus sabio, refinado y culto de la Europa eterna. De aquello que siempre acaba salvando a Europa de sus propios desastres. La certeza de la cultura como civilización también se ve amenazada por algunos rasgos del pasado- -la peor Europa- -empeñados en merodear aquí y allá como esa epidemia que sofocaba Venecia cuando Von Aschenbach se refugió en ella. Es lo de menos que ahora se presente en forma de amnesia colectiva, paralización de sus miembros ante los peligros que tiene interiorizados, o complacencia en la banalidad. P L E Y es que Venecia, pese- -o gracias- -a reunir en sí misma el Oriente y el Occidente- -cosa que ocurre de manera distinta en Estambul como leemos en el estupendo libro que Pahmuk ha dedicado a su ciudad- tuvo mucho que ver en la concepción europea de la educación sentimental de mi generación. El adagio de la Quinta de Mahler se asoció a una forma de la melancolía adolescente y los poetas llamados venecianos- -los Novísimos y su estirpe- -fueron los primeros en hablar de esa Europa vedada en el verso español de entonces. En prosa, ya lo había hecho Gil- Albert y el único, y escaso, precedente poético había sido Cernuda, aunque él se refiriera a Lohengrin y al Rey loco de Baviera. En todos ellos, de un modo u otro- -como presagio o como prolongación- -estaba Visconti y en Visconti la mejor metáfora de esa Europa a la que cerramos nuestras fronteras en el XIX, para celebrar la apoteosis de la cerrazón- -con motivos por ambas partes- -a finales de los años treinta. Los que vinimos después, crecimos sin ella. O mejor: con la conciencia del vacío que su ausencia había instalado en nosotros y entre nosotros. Para los exiliados y sus epígonos tal vez París fuera el paraíso perdido; para los que vinimos después, el cine de Visconti fue el mejor pasaporte para conocer ese paraíso y desearlo. uchino Visconti- -del que se han cumplido hace poco los cien años de su nacimiento- -murió sin haber podido filmar el gran epílogo de su concepción de la alta cultura europea. Me refiero a la adaptación cinematográfica- -parece que imposible- -de ese magnífico tapiz de la memoria que es A la busca del tiempo perdido Después de Mann, Lampedusa o D Annunzio- -que en su caso también fueron acercamientos proustianos- -nos faltó Marcel Proust. Estuvo a punto de lograrlo y Silvana Mangano, de nuevo, iba a ser Oriana de Guermantes. Pero Visconti estaba convencido de que aquel sería su testamento. El desentendimiento habido entre él y la productora francesa aparcaron indefinidamente el proyecto y Visconti respiró aliviado porque ese carácter de epitafio, de no poder decir nada más después de haberlo realizado, le inquietaban hasta la superstición más negra. Es probable que de no haber ocurrido nada de eso, su Proust hubiera sido otra referencia inevitable del gran gusto europeo, ése del que tan necesitados andamos en estos tiempos. En La gran rutina la última novela de Valentí Puig, hay un pasaje en el que un editor expone sus ideas respecto a esa Europa de la que Visconti es arte y parte: Los políticos que hagan la Europa que quieran: pero la literatura y el arte pueden hacer otra cosa, fundamentada en el bon sens y la raison... Es lo que les debemos a las víctimas del Gulag y del Holocausto, se lo debemos a nuestros antepasados, los que hicieron la Ilustración y las catedrales. Es la hora del grand goût y no de la petite manière y sin embargo todo es petite manière, la arquitectura, la escultura y la palabra. Volvamos al grand goût de Europa. ¡Volvamos si queremos liderar el mundo aunque manden los Estados Unidos! No creo que Visconti pensara de manera muy distinta. Así lo demostró en sus dos grandes pasiones: la ópera y el cine. Pero parece que la catalepsia europea impide a los que sí han crecido en ella comprender el legado del cineasta italiano. No deja de ser triste llegar a la conclusión de que, a menudo, carencias y pérdidas favorecen una abundancia que bienestar olvida. JOSÉ CARLOS LLOP Escritor