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82 CULTURAyESPECTÁCULOS JUEVES 18 s 1 s 2007 ABC Juan Ángel Juristo IMAGINA, TÚ QUE PUEDES o de McEwan debería llenar de regocijo al escritor, pues, en realidad, gran parte de la literatura moderna se ha basado en un juego de correspondencias entre imaginación, deseo y realidad que hace que, cuando se producen cosas de este jaez, el escritor tenga algo extraordinario que llevarse a una vida que, fuera de la imaginación, no es más que trabajos forzados, de ahí el afán de querer hacer una higa a la prevista vida de un Kant cuya rutina es parecida al infierno. Pero en estas correspondencias nos encontramos que a cada uno le acontece aquello que posee en su carácter. Lo de McEwan podría ser el argumento de una novela suya, como a Nabokov cuando, desdoblado en Humbert Humbert, quería ver en ciertas niñas la mágica transformación de una crisálida de mariposa. Como las tortas que se llevó Bryce Echenique a resultas de un amor imposible con una mujer que parecía el argumento de El principe y la corista pero al revés, lo que desarrollaría en El hombre que hablaba de Octaiva de Cádiz. Lo que demuestra que, al final, uno es capaz de hacer que la realidad le provea de sus propios fantasmas literarios. ¿Cómo si no entender el destino de Reinaldo Arenas, que se obsesionó con la figura del dominico Servando Teresa de Mier, aquél que se escapaba volando de las prisiones españolas de la época de Carlos IV has, ta el punto de que sólo en el suicidio logró hacer realidad ese afán de fuga? ¿Cómo si no llegar siquiera a dilucidar la estupidez que tanto obsesionaba a Flaubert si no atendemos a esa anécdota narrada por su amigo Maxime du Camp, en que éste estuvo a punto de dispararle porque, en el desierto de Egipto, muertos de sed, el futuro autor de Madame Bovary estuvo horas hablando del maravilloso sa- L El escritor británico, en una imagen de archivo EFE Ian McEwan descubre que tiene un hermano, una historia tan increíble como sus novelas Era ilegítimo. Su madre lo dio en adopción en plena II Guerra Mundial. Luego enviudó, se casó con su amante y tuvo al escritor EMILI J. BLASCO. CORRESPONSAL LONDRES. Mientras su marido combate en la Segunda Guerra Mundial, una mujer inglesa da a luz un hijo ilegítimo, que al mes entrega en una estación de ferrocarril a unos padres adoptivos, que encuentra tras poner un anuncio por palabras en el periódico local. El marido muere en los desembarcos de Normandía y la mujer se casa con su amante, con el que tiene otro niño. Ambos hijos vivirán sin saber de su mutua existencia, incluso a no muchos kilómetros de distancia. El uno será un albañil con poca formación y modestos recursos, el otro un afamado novelista. Al final se encuentran por mediación del Ejército de Salvación. Podría ser la ficción de una nueva novela de Ian McEwan, pero se trata en realidad de su vida y de la de su hermano, David Sharp, nombre adquirido por Stuart McEwan al ser recibido en adopción. El escritor, autor de obras como El inocente Amor perdurable y Expiación ha descartado utilizar ese argumento en un próximo libro, pues cree que la historia pertenece a David y debe ser él quien la cuente. Así, ha sido el primer hijo de Rose Wort y David McEwan quien la ha hecho pública, cuando ya tiene avanzada la edición de su autobiografía. El encuentro entre ambos hermanos se produjo hace algo más de un año en el bar de un hotel, al que David acudió sin saber que Ian era todo un personaje, pues nunca se había interesado por la literatura. Se busca hogar para un bebé de un mes. Renuncia completa La entrega del niño se produjo en la plataforma de la estación de ferrocarril de Reading. El marido falleció en 1944 y Rose se casó con su amante en 1947. Al año siguiente ambos tuvieron su segundo hijo. David supo que era adoptado a los 14 años. Más adelante, ante sus preguntas, su padre legal le reveló que fue obtenido a través de un reclamo en el periódico. Éste se encontraba entre anuncios de compra venta de instrumentos musicales y de muebles. Sólo más tarde intentó trazar la identidad de su padres biológicos, pero dejó correr el asunto. Estaba a punto de casarme, comprar una nueva casa y conseguir una hipoteca, así que lo pospuse asegura. Ya en sus sesenta, David afrontó la búsqueda, ayudado por el Ejército de Salvación. Dio con sus dos hermanastros, y a través de ellos con su madre, que no pudo aclarar nada porque padecía de alzheimer y moriría poco después. Sólo una hermana de ella conocía del affaire entre Rose y David McEwans antes de que ambos se casaran, y su testimonio llevó a los registros oficiales. Albañil y escritor, de 64 y 58 años respectivamente, han vivido durante las últimas décadas no muy lejos uno del otro, en el área de Oxford. Cuando se encontraron, primero intercambiaron un embarazoso abrazo pero su relación es hoy estrecha. Autógrafos Fueron las constantes interrupciones de gente que le pedía autógrafos las que me reveralon quién era Ian. Nunca había oído hablar de él hasta ese momento; por supuesto, ahora he leído todos sus libros. Que sea un barrendero o un escritor es lo de menos. Para mí es simplemente mi hermano ha declarado a la prensa. Para Ian McEwan ha sido una gran sorpresa y placer descubrir que tengo otro hermano, aunque estoy triste de que nunca conociera a nuestros padres La madre de ambos quedó embarazada de David mientras su marido estaba en el frente. Pudo ocultar el embarazo a sus dos hijos pequeños y a sus vecinos. Antes de que el esposo volviera de permiso, dio a luz en noviembre de 1942 y entonces puso un anuncio en el periódico Reading Mercury El dinosaurio del cuento de Monterroso era el poeta Antonio Cisneros, que no le dejaba dormir cuando viajaban juntos bor de los helados de Tortoni? ¿Cómo no percibir que la anécdota que cuenta Jesús Marchamalo de Juan Carlos Onetti en Treinta y nueve escritores y medio no deja de reflejar todo el absurdo que envuelve a sus personajes en relación con el sexo femenino, cuando se nos dice que éste quiso en cierta ocasión ordenar los libros de su casa y una niña de trece años se ofreció a hacerlo? Para ello recitó el abecedario de memoria y Onetti, contento, asintió. Al cabo de un cierto tiempo, el escritor comprobó, aterrado, que Joyce se codeaba con Borges, Rulfo con Juan Ramón Jiménez y Cortázar con Le Carré. Todo ello por culpa de la J. de los nombres. Aunque lo cierto es que hay veces en que la realidad se queda chica frente a aquello que la ficción logra engrandecer, caso del pequeño Augusto Monterroso que se desgañitaba contando que ese su famoso cuento del dinosaurio era verdad y que el animal en cuestión era el poeta Antonio Cisneros que no le dejaba dormir cuando viajaban juntos haciendo bolos. Otras, en cambio, el destino se muestra como una visión, como le aconteció a Ramón Gómez de la Serna cuando en el Madrid de la guerra entrevió a Gálvez, el poeta bohemio, bajando por la calle de Alcalá con unas cananas y un rifle al hombro. En ese instante decidió exilarse a América, lo que habla bien a las claras de la bondad de las intuiciones literarias. Pero la mayoría de las veces estas correspondencias, lejos de ser chuscas, o felices, reflejan siempre cierta melancolía, cuando no terror, como en el caso del género del cuento que, como bien decía el maestro Monterroso, si era bueno era porque era triste. ¿Sería el caso de José Bergamín que, una vez de vuelta del exilio, recibía de los libreros de Moyano libros dedicados a él y que habían pertenecido a su biblioteca dejada en Madrid en la guerra y que él devolvía porque no podía pagar? ¿sería el de un Guillermo Cabrera Infante que veía, en un juego macabro que parecía sacado de El hombre que fue jueves, de Chesterton, agentes cubanos por las calles de Londres con intensión de asesinarlo y que le llevó a la casi locura? Por suerte, no, por suerte hasta los hay pícaros. Y si abrimos con un hermano caído del cielo a un escritor británico no estaría mal cerrar con una versión más nuestra y que nos retrata, como aquella de Helenio Herrera que se valió de su hijastro, Gonzalo Suarez, futuro cineasta y escritor de novelas estupendas y en aquel entonces cronista deportivo para que espiara a los equipos rivales. Como ven, hay de todo, como en la literatura misma, pero esta última nos retrata, por lo menos desde los tiempos del Lazarillo.