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4 OPINIÓN MIÉRCOLES 17 s 1 s 2007 ABC DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO LUCA DE TENA PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA DIRECTOR GENERAL: JOSÉ LUIS ROMERO Área Financiera: Jorge Ortega Área de Márketing: Javier Caballero Área Técnica: José Cañizares Área de Recursos Humanos: Raquel Herrera DIRECTOR GENERAL DE DESARROLLO: EMILIO YBARRA Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Fernando R. Lafuente, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de Área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (España) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Cultura, Ciencia y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Política) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura y Espectáculos) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) y S. Guijarro ULTRAS EN LA EUROCÁMARA N ZAPATERO SE APROXIMA AL PNV L A expectativa de que el presidente del Gobierno ofreciera el pasado lunes una auténtica propuesta de lucha antiterrorista que ningún demócrata podría rechazar según anunció la vicepresidenta primera, quedó reducida a la confirmación de que Rodríguez Zapatero quiere pactar con el PNV un nuevo consenso. El empalagoso ensalzamiento que dedicó al presidente de este partido, Josu Jon Imaz, selló su voluntad de eludir una rectificación a fondo que diera la razón al Partido Popular y de optar por una alternativa que intente salvar del fracaso del proceso de paz el diálogo y la negociación con los terroristas, disponibles para mejor ocasión. Si el PNV acepta el maridaje coyuntural que le propone Zapatero, éste se hallará en puertas de cometer otro error de magnitud, basado en su desconocimiento del carácter doctrinario y tribal de los fundamentos del PNV- -esté hoy Imaz o ayer Arzalluz- -y de la capacidad camaleónica del nacionalismo gobernante para simular en cada momento la actitud política más adecuada para la conservación del poder en el País Vasco. Si el nuevo pacto sobre terrorismo que ofrece Zapatero debe incluir necesariamente al PNV el presidente no está pen, sando lealmente en la integración del PP ni en hacer un consenso cuyo objetivo sea la derrota de ETA. Simplemente, porque el PNV nunca ha aceptado que ésta sea el fin del terrorismo. Los hechos lo demuestran con creces- -y de la prueba histórica no se libra ni Imaz- -y están en las hemerotecas. Y ahí aparece el PNV que llevó la Ley de Partidos Políticos al Tribu, nal Europeo de Derechos Humanos, que se querelló contra el juez Garzón por ilegalizar a Batasuna y que se opuso a todas las reformas legales de la anterior legislatura- -porque en ésta no se ha aprobado ni una- -que pusieron a ETA contra las cuerdas. Zapatero tendrá que ser más convincente a la hora de justificar su arrebatada apología del PNV El nacionalismo gobernante se encuentra así con una nueva ocasión para asegurarse la enésima impunidad política de la relación de beneficios recíprocos que, desde hace décadas, ha establecido con la izquierda proetarra y ETA. Zapatero está ofreciendo al PNV la amnistía política por el Pacto de Liza- rra- -aquel que convinieron PNV y ETA para echar de las instituciones democráticas vascas a populares y socialistas- -y el indulto por el plan soberanista del lendakari, secuela fiel del acuerdo con los terroristas. Medidas de gracia justificadas por una rectificación que el PNV nunca ha hecho y que sólo Zapatero, o su imaginación, dicen que se ha hecho. Por desgracia, el escenario al que puede abocar este cambio táctico de Zapatero no es novedoso ni ilusionante, sino rancio y preocupante, porque retrotrae la situación a los tiempos en que el socialismo vasco cumplía el alienante papel de apuntalar la hegemonía que el PNV reclamaba para sí como dique frente a una ETA que no dejaba de matar. El guión del nuevo consenso con el PNV está escrito desde hace mucho tiempo, tanto como el de su fracaso histórico, que fue certificado por aquellos socialistas vascos- -algunos hoy desmemoriados- -que rompieron en 1998 el gobierno de coalición con los nacionalistas porque estos estaban ya pactando con ETA. Si Zapatero consuma este nuevo error, nadie deberá llamarse a engaño sobre sus consecuencias. Supondrá renovar la vieja fórmula- -radicalmente falsa- -de creer que la amenaza de los terroristas se reduce con más nacionalismo, aunque la historia demuestre que la presión sobre ETA sólo multiplicó su eficacia cuando el consenso de PP y PSOE incluyó la deslegitimación del soberanismo. Dará paso a la pérdida de las instituciones alavesas- -Diputación y Ayuntamiento de Vitoria- -para la causa constitucionalista. Abrirá un proceso de derogación del Estatuto de Guernica para implantar un modelo confederal que sólo satisfaga a los nacionalistas, anime a ETA a seguir golpeando y condene a la marginación a quienes asuman la defensa de la nación española, que es tanto como defender el régimen de libertades y derechos constitucionales. Porque este PNV a cuyos encantos políticos se rinde Za, patero, no cederá un ápice en sus objetivos soberanistas. Sólo los administrará en tiempos y formas. Son los mismos objetivos que llevaron a Batasuna- -es decir, a ETA- -a apoyar el Plan Ibarretxe y la investidura de los últimos gobiernos nacionalistas. DESAIRE A TODOS LOS MADRILEÑOS STÁ claro que hay gente que no sabe comportarse. El actor norteamericano Tim Robbins acaba de dar un curso de malos modales durante su estancia en Madrid. Al tiempo que aprovechaba un festival organizado por el Ayuntamiento para promocionar su película Atrapa el fuego Robbins desairaba a todos los madrileños al afirmar que no ha venido a hacerse fotos con políticos de derechas, y que el alcalde tenía que haber acudido a la manifestación del sábado. Lo más curioso es la doble vara de medir que utiliza sin pudor alguno: preguntado si dice también estas cosas en Estados Unidos, aseguró que cuando tiene que decirlas a un alcalde demócrata o republicano, lo hace en privado. A mayor abundamiento, era Alberto Ruiz- Gallardón quien ejercía de anfitrión de Robbins, cuya presencia en Madrid deriva de una decisión comercial de los productores de su película para promocionarla en un festival de cine solidario, financiado por las arcas municipales. La prudencia más elemental y el respeto a los ciudadanos y autoridades de un país extranjero exigen no pronunciarse sobre asuntos que se ignoran. Robbins carece de competencia alguna para valorar las decisiones de un político elegido democráticamente en un país situado a muchos miles de kilómetros de su residencia habitual. Difícilmente puede entender lo que significa la lucha contra ETA y la compleja realidad política española en una materia E tan delicada. Su obligación era permanecer al margen del asunto y dedicarse a lo suyo, agradeciendo además el alto honor que le hace el alcalde de una gran capital europea al saludarle durante su visita a la ciudad. Si además de la ignorancia, alguien le sugirió que dijera las tonterías que dijo, sería todavía peor: en tal caso, se añade a la descortesía una manipulación intolerable. La cualificación de los artistas para opinar sobre política es exactamente la misma que la de cualquier otro ciudadano, sea cual fuere su profesión u oficio. Ser un actor más o menos conocido no añade nada a la hora de expresar criterios sobre cuestiones opinables. Lo que no es de recibo es el desprecio un tanto paternalista que reflejan las palabras de Robbins, ofensivas para todos los madrileños con independencia de sus preferencias ideológicas. Ruiz- Gallardón representa a todos los ciudadanos y ha obtenido reiteradamente amplias mayorías electorales en el ámbito autonómico y local. Es muy probable que el imprudente actor norteamericano desconozca que el alcalde representa al sector más centrista de su partido, pero debería suponer que su postura en materia de lucha contra el terrorismo es contundente e inequívoca. Ha perdido así una buena ocasión para callarse, salvo que el objetivo fuera hacer ruido y ganar titulares más allá de sus cualidades artísticas. Por suerte, el eco social de sus palabras es simplemente nulo. O es una buena noticia saber que la ultraderecha podrá formar grupo propio en el Parlamento Europeo y lograr así una visibilidad que, a buen seguro, desprestigiará en breve la imagen de la principal institución democrática de la UE. No hay que olvidar que alguno de sus miembros defiende ideas tan delirantes e inadmisibles como que el Holocausto judío no se produjo o que los miembros de la comunidad gitana no merecen el estatus de ciudadanos europeos. Ahí están, si no, las declaraciones del fascista francés Bruno Gollnisch o del ultranacionalista búlgaro Dimitar Stoyanov: el primero, procesado por negar la existencia de los campos de exterminio nazis, y el segundo, por insultar a una eurodiputada húngara de origen cíngaro. La constitución de un grupo parlamentario dentro de la Eurocámara permitirá a los extremistas aumentar el impacto mediático de sus mensajes y, aunque la mayoría de los miembros del nuevo grupo ya estaban representados en el Parlamento Europeo, lo cierto es que hasta ahora lo venían haciendo dentro del llamado grupo mixto, lo que limitaba enormemente la capacidad de proyección pública de sus ideas. Sin embargo, la creación del grupo Identidad, Tradición y Soberanía inaugura un escenario distinto: con la incorporación de Rumanía y Bulgaria a la UE, los ultras han visto reforzada su presencia con seis nuevos eurodiputados, que, sumados a los catorce que tenían, les permitirá tener grupo propio y, de paso, disponer de los beneficios institucionales que prevé el reglamento de la Cámara, disfrutando de un apoyo presupuestario y de una infraestructura que antes no tenían. Por eso no se entiende que algo así haya podido suceder. No hay que olvidar que hace tan sólo unos meses se reformó el reglamento y, entonces, alguien podía haberse tomado la molestia de instar a la Mesa la modificación del número de diputados exigible para formar grupo parlamentario. Esto es especialmente grave por dos motivos. Primero, porque era un objetivo largamente buscado por la ultraderecha europea desde que en 1994 desapareció el grupo que lideraba Jean- Marie Le Pen. Y segundo, porque se sabía que la entrada de Rumanía y Bulgaria en la Unión Europea el 1 de enero ofrecería una ventana de oportunidad para ello; no en balde, supondría el desembarco de un puñado de eurodiputados ultras que estarían deseosos de unir esfuerzos con los que ya estaban representados en la Eurocámara y promover así un grupo parlamentario de extrema derecha. Ahora es tarde para lamentarse de lo ocurrido. Es más, probablemente sería un error tratar de modificar el reglamento a posteriori o tejer un peligroso cordón sanitario que reforzara su victimismo antisistema. Ahora, lo que procede es dar la batalla de los argumentos y desmontar con la superioridad moral de las ideas y los valores democráticos la bajeza intelectual de quienes son capaces de defender en la Europa del siglo XXI el racismo, la xenofobia y la intolerancia.