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ABC SÁBADO 13 s 1 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA YO TAMPOCO VOY A IR P DE LAPSUS EN LAPSUS MAGINEMOS por un instante (sólo por un instante, no sea que el esfuerzo fabulador nos reviente las meninges) que Rajoy fuera presidente del Gobierno. Imaginemos que, cada vez que un tipejo rajase a su consorte del ombligo a la gorja, o le prendiera fuego después de rociarla con gasolina, Rajoy lamentase tan trágico accidente aunque a renglón seguido rectificase compungido, o su gabinete de propaganda evacuase un comunicado en el que atribuyera el desliz a un lapsus linguae. Perseveremos en nuestro esfuerzo imaginativo. ¿Verdad que no es tan difícil figurarse las reacciones que sus palabras provocarían entre las asociaciones feministas, entre sus contrincantes políticos, entre la progresía de sms y pancartazo? De inmediato, su desliz sería interpretado freudianamente: se diría que sólo alguien que contempla el maltrato a las mujeres como un mal menor se atrevería a calificar de accidentes lo que no son sino asesinatos execrables; enseguida alguien del tipo lombrosiano de Pepiño Blanco soltaría taimadamente que quien designa tamaña lacra social con palabras tan frívolas es porque JUAN MANUEL mamó desde la cuna que la bofetada DE PRADA es el mejor medio de interlocución con la mujer; por supuesto, algún sociólogo de guardia publicaría el articulito de rigor en el que se afirmaría que la derecha siempre ha sido machista, proponiendo además una etopeya del maltratador como un individuo que vota a piñón fijo al Partido Popular. Se concluiría, en fin, que Rajoy no habría hecho sino dar carta de naturaleza a una inveterada tentación de la derecha, que, allá en el fondo de su subconsciente, prefiere que la mujer esté con la pata quebrada y en casa Zapatero califica reiteradamente de trágicos accidentes los crímenes etarras; naturalmente, si alguien se atreve a proferir que lo ha traicionado el subconsciente es de inmediato tachado de indecente Vemos aquí, una vez más, una plasmación de eso que I hemos dado en denominar chollo ideológico de la izquierda según el cual cualquier metedura de pata, traspiés o aparatoso costalazo perpetrado por alguien a quien bendiga tal salvoconducto ideológico está libre de cualquier juicio moral o político, por la simple razón de que se le considera exento de responsabilidad. Yo creo que a alguien que designa por tres veces trágicos accidentes los crímenes terroristas no lo está traicionando el subconsciente, salvo que tenga un subconsciente más terco que una mula con anteojeras. Más verosímil resulta pensar que, o bien los considera en verdad trágicos accidentes o bien alguna razón oculta lo impulsa a designarlos eufemísticamente, para espantar una zozobra que lo reconcome. La primera opción incorpora sus ribetes preocupantes. El diccionario define accidente como suceso eventual que altera el orden regular de las cosas Para alguien como Zapatero, cuyo orden regular de las cosas es conseguir cierta indecorosa paz a toda costa, es natural que el último crimen etarra se le figure una alteración eventual que viene a resquebrajar su quimera; y es natural también que quienes se aferran a una quimera se obstinen en negar la realidad de las cosas. La segunda opción- -que la designación de trágicos accidentes sea eufemística- -propicia reflexiones aún más pavorosas. Tendríamos entonces que aceptar que a Zapatero le cuesta horrores calificar jurídicamente los crímenes terroristas, bien porque alberga dudas sobre su naturaleza, bien porque teme sus efectos. Zapatero sabe bien cuáles fueron los efectos de aquel trágico accidente de los trenes de Atocha; y tal vez tema que otro trágico accidente de semejante magnitud acabe teniendo efectos similares, pero a la inversa. Pero puede dormir tranquilo. De aquel trágico accidente tuvo la culpa Aznar, como todo el mundo sabe; de estos nuevos trágicos accidentes en cambio, él no tiene ninguna culpa. Sólo los indecentes osarían atribuir responsabilidades a un hombre que vive de lapsus en lapsus, que ha hecho del lapsus una forma de vida. ORQUE esta manifestación llega demasiado tarde, cuando ya todo se ha enmerdado en medio de la confusión y el sectarismo. Porque sus convocantes no estuvieron cuando las víctimas, la mayoría de las víctimas, que son las únicas que siempre tienen razón, salían a la calle en busca del amparo que no encontraban en un Gobierno que les había dado la espalda para hablar con sus verdugos. Porque su lema habla de paz, la meliflua del mantra zapaterista, sin que estemos en guerra. Porque huele de lejos a maniobra de apoyo a un presidente IGNACIO que no ha sabido situarse CAMACHO a la altura de las circunstancias. Porque muchos ciudadanos estamos perplejos, dolorosamente entristecidos ante este espectáculo de banderías que nos deja inermes frente al terror. Porque tenemos la sensación de que importa más el poder que el dolor de las víctimas. Porque no hemos visto a nuestro presidente ante los féretros apresuradamente despachados al otro lado del océano y de la bronca. Porque durante dos largas semanas de zozobra seguimos sin conocer las intenciones del Gobierno. Porque no quiero que ahora me pidan apoyo a una estrategia que no me han explicado. Porque sospecho que no me la han explicado porque no me va a gustar. Porque nadie se ha molestado en pedir perdón por el fracaso de su arrogancia. Porque los tres días de silencio en Doñana no se pueden borrar con una tarde de gritos en Madrid. Porque desde que estalló la bomba de Barajas todo el mundo ha tratado de escurrir sus obligaciones. Porque la clase dirigente de este país ha perdido por completo los papeles de la dignidad política y ha extraviado el sentido de la responsabilidad y de la sensatez. Porque no tengo suficiente confianza en quienes me gobiernan ni en quienes aspiran a hacerlo. Porque si ellos no son capaces de ponerse de acuerdo en lo esencial no pueden pretender que el pueblo avale su desvarío partidista. Porque desde el 11- M nadie ha sido capaz de restaurar el consenso ciudadano contra el terrorismo, y todos se han dedicado a ahondar en una herida que desgarra y desangra a la sociedad española. Porque pienso que esta manifestación es una trampa. Que sólo busca envolver al presidente en un baño de multitud para que el lunes vuelva a su empalagosa retórica de ambigüedades en el Congreso. Porque tengo la sensación de que se nos oculta algo moralmente viscoso y políticamente inaceptable. Porque sólo veo indeterminación, oscuridad y confusión donde hace falta precisión, transparencia y coraje. Y porque ya estoy harto de medias verdades y mentiras completas. Por eso sólo volveré a la calle cuando pueda hacerlo detrás del presidente del Gobierno, el líder de la oposición y las víctimas. Todos juntos, como antes, como siempre, como cuando nos creímos que aquella unidad era indestructible y cierta porque fluía en un río de sangre común. Y hasta tanto, no me daré por convocado a ninguna representación de conveniencia, a ninguna farsa de sectarismos, a ningún teatro de oportunismo y ventaja.