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ABC VIERNES 12- -1- -2007 Así se divertían las estrellas de Hollywood en España VIERNES deESTRENO 83 años después coincidí con él en el restaurante polinesio Trader Vic s del Hilton de Beverly Hills, invitados por el increíble Espartaco Santoni. Orson Welles me preguntó si conocía a Joaquín Rodríguez; le contesté que al único que identificaba con ese nombre era al torero Cagancho Le gustó y se puso a hablar de toros con seguridad. Espartaco se hizo cargo de la cuenta con una tarjeta de crédito, cuya validez podía ser un tanto peligrosa. En Madrid destacaban, principalmente, Valentín que regentaban Félix Fernández, El Chuleta Mayte donde su dueña gobernaba en todos los rincones: María- Teresa Aguado, una pasiega muy lista que había llegado de Santander con una mano delante y otra detrás, y que acabó levantando ella sola su mito; La Bola propiedad de los hermanos Verdasco en cuyo ámbito brillaba Antonio, el mayor de todos ellos, por su casticismo y alegría, y El Callejón de la Ternera donde sobresalía la agradable y gordinflona sonrisa de Manolo Jiménez, que mantuvo siempre como culto la mesa favorita de Ernest Hemingway, conocida como el rincón de D. Ernesto Un gran escenario para el cine nacional e internacional El escritor Luis Deltell presentó ayer su libro Madrid en el cine de la década de los cincuenta La obra, editada por Las Artes en colaboración con la Fundación Caja Madrid, supone una reflexión, aparte de aportar una escenografía de Madrid en una época de cine teñido de realismo que nos deja un documento impagable de imágenes explicó Echeverría. Dividida en dos partes, la obra analiza primero la evolución del realismo español- -los antecedentes y el inicio del realismo en los años cincuenta, la contaminación del realismo por el sainete y el melodrama; y la aparición del desarrollismo y el cine grotesco- La segunda parte se concentra en el protagonista de la Ciudad de Madrid como escenario de los rodajes de cine español durante los años cincuenta. Más popular que Times Square Otro restaurante de mucho público era Casa Botín que llegó a rivalizar con la neoyorquina Times Square dada la afluencia de turistas americanos que lo frecuentaba. Antonio, el dueño, siempre tenía una mesa para sus amigos. El día que llegó George Sanders (el de Eva al desnudo cenamos allí con la publicista Lois Weber y me sorprendió que hablara un perfecto español con acento tan porteño, debido a sus años de permanencia en Argentina. Era fácil comprender que Jockey y Horcher se hallaban en otro plano invulnerable que no participaba del ruido. La Cervecería de Correos era bien concurrida. Pegada a La Cibeles, la clientela podía dejar aparcados sus coches en la misma puerta; por allí aparecían las modelos de Pedro Rodríguez, con la huesuda Vicky a la cabeza, porque el modisto tenía su taller frente por frente. Era corriente ver a Alfredo Di Stéfano- -entonces gran jugador de fútbol en plena forma- acomodado al final de la barra, junto a la pared, tomándose unas cañas depués de un duro entrenamiento, acompañado entre otros por su gran amigo Cuqui Comas. Un poco más arriba se hallaba el café Lion de Or aposento de una peña literaria a la que pertenecían José María Cossío, Antonio Díez- Cañabate y Sebastián Miranda, entre otros. En el número 67, antes de llegar a la Puerta de Alcalá, existía una pequeña tienda de modas, Grif propiedad de una tal M Loli, en quien, según se rumoreaba, Darío Fernández Flores se había inspirado para escribir Lola, espejo oscuro un verdadero best- seller de la época, que después interpretaría en el cine Emma Penella, en plenitud de su despampanante belleza, y lejos aún de convertirse en viuda nacional. Había que oír y ver el estruendo que levantaba el célebre Chiquito (Antonio Díez de Gainza) descamisado hasta la cintura en invierno, dándole al puño de su apabullante moto Harley- Davidson, con la que se recorría la Gran Vía en un santiamén, al tiempo que era saludado por los guardias de la porra antes llamados cariñosamente guindillas mientras los peatones le observaban asombrados. Chiquito aparcaba la moto en la acera, tal como hacen ahora los mensajeros aunque él lo hacía con más estilo, y se metía en Chicote o en El Abra saludando al personal y preguntando si habían visto a Antonio Rey, otro de los grandes protagonistas, tanto de día como de noche, de aquel Madrid que estaba para morirse de gusto. Después se preparaban para hacer la noche En el ínterin, los teléfonos de los asiduos chirriaban sin cesar. Las disposiciones vigentes, afortunadamente, no podían controlar el trasiego misterioso lleno de sorpresas que se avecinaba. (Continuará... Ava Gardner, conversando con Luis Miguel Dominguín en casa del torero FOTOS ABC George Sanders, en la plaza de Las Ventas, años antes de su fallecimiento en la Costa Brava