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82 VIERNES deESTRENO Así se divertían las estrellas de Hollywood en España VIERNES 12 s 1 s 2007 ABC Morirse de gusto en Madrid (de día) Años 50. Por las calles de Madrid cualquiera puede tropezarse con la belleza salvaje de Ava Gardner o el carisma de Orson Welles, o con George Sanders. Hollywood rueda en España, y Enrique Herreros es testigo POR ENRIQUE HERREROS Recordaremos como se divertía Madrid entre los años 1955 y 1965, pero sin inmiscuirnos en ningún color ni tendencia. Aquellos marchosos muchas veces sólo se conocían de vista- -tal como se decía- -pero manteniendo buenas formas. Escribiremos de dos madriles: el diurno y el nocturno. Sus personajes cambiaron poco, y todo girará bajo una lucecita que no abarcaba mucho más de doce brillos. En marzo de 1961, Ava Gardner, el general Juan Domingo Perón y el notario Blas Piñar vivían en el mismo edificio en la calle del Doctor Arce número 11, aunque repartidos por tres pisos diferentes como fácilmente se comprenderá, ¿verdad? La revista Gaceta ilustrada quería, indistintamente, reportajes de la Gardner y de Perón. El fotógrafo Luis H. Calderón y yo nos instalamos enfrente de la casa y estuvimos esperando varios días hasta que apareciese nuestra primera presa, que sería Ava Gardner. Una tarde salió de su portal vestida para jugar al tenis. Iba acompañada por Luis Figue- Orson Welles, cogiendo un taxi en el Viejo Madrid roa, entonces conde de Quintanilla, y por su secretario, un tal Mr. Gallagher que había trabajado anteriormente para Tyron Power hasta que éste muriera a consecuencia de un infarto durante el rodaje de Salomón y la reina de Saba en un patio de los Estudios Sevilla films, enclavados en la avendia de Pío XII. Ava se dirigía a la lujosa mansión que el millonario Frank Ryan poseía en La Moraleja. Calderón y yo saltamos la valla de la finca y arrastrándonos llegamos hasta cerca de la pista de tenis, camuflados entre las matas pudimos captar, sin ser vistos, cuantas fotos nos dio la gana. Mientras oíamos los gritos, las risas y alguna que otra palabrotona que la bella mujer soltaba si perdía la pelota. Aquellos calaveras- -hoy son vampiruelos -dormían poco. Se acostaban a las tantas, mejor dicho, cuando los carros de los traperos y sus burros entraban en Madrid a recoger las basuras de los edificios. Cuando se celebró la III Semana del cine francés en Madrid; les acompañamos a merendar migas con chocolate a Alcalá de Henares; después, nos fuimos acoplando a la intensidad de una noche de flamenco y acabamos en la garçonnière que yo tenía en Lagasca con avenida de América. Muy de mañana, llovía a mares y me había quedado sin gasolina, salí en busca de un taxi pero al no encontrarlo tuve que pedir al primer trapero que pasó que los subiera en su carro y los llevara hasta el Hotel Palace por trescientas pesetas. De Serrano al Viejo Madrid En Serrano se hallaba el bar Roma y, más abajo, Embassy en la Castellana; eran favoritos a la hora del aperitivo y después en la merienda. En el Roma se mezclaban los hombres de negocios que iban a picotear por el Ministerio de Comercio con las niñas topolino que se exhibían con más recato que frescura pasando por la calle Serrano. En Embassy florecían las señoras enjoyadas y ensombretadas a la hora del té, pero lo sorprendente era que en ese establecimiento durante la II Guerra Mundial salvaron el pellejo muchísimos judíos gracias a Margarita Taylor, su propietaria que llegó a tenerlos escondidos entre las paredes. Allí se alternó el espionaje con el pudding y las pastas. Los salones de té estaban en boga. Mencionaremos dos: Loto y Coto situados uno, en una esquina de Recoletos, y otro emplazado en un chaflán ajardinado de la Plaza de la Libertad, junto a la bolsa. Los madrileños solían corear: ¿Cuáles son los lugares más cursis de Madrid? Y respondían: Coto, Loto y Gutiérrez Soto Don Luis, un conocido arquitecto identificado con el estilo expresionista a finales de los años veinte, en los cincuenta militaba en los cánones más propagados del momento y, por lo tanto, apastelaba sus fachadas y terrazas- jardín en demasía. Una tarde de junio de 1961, me encontré con Orson Welles mientras filmaba los rincones más significativos del Viejo Madrid; iba acompañado por su mujer Paoloa Mori, su hijita Beatriz y un ayudante llamado Sando Tossi que era el encargado de anotar todas sus sugerencias. Welles nos permitió fotografiarle con libertad. Muchos Se acostaban a las tantas; mejor dicho, cuando los carros de los traperos y sus burros entraban en Madrid a recoger las basuras de los edificios