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14 ESPAÑA Tribuna Abierta JUEVES 11 s 1 s 2007 ABC Esteban González Pons Conseller de Territorio de la Generalitat Valenciana ORETAPAZ UNQUE sólo soy un político de infantería, reclutado por el impulso liberal de Aznar, tuve el honor de formar parte de la llamada comisión de seguimiento del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, suscrito por los partidos Popular y Socialista, desde su primera convocatoria y hasta el verano de 2003, cuando volví a mi Comunidad, la valenciana, para trabajar con el recién elegido presidente Camps. Aquellos fueron los años más fructíferos del conocido como Pacto Antiterrorista: la ilegalización de Batasuna, la supresión de subvenciones públicas que indirectamente financiaban a ETA o las medidas de protección legal de los concejales no nacionalistas en el País Vasco son buen ejemplo de aquella colaboración generosa y, sin duda, eficaz. Asistí a todas las reuniones que se celebraron, supliendo la inexperiencia propia de mi juventud política con la ilusión de quien se sabe partícipe de una oportunidad irrepetible para estar en el lugar exacto donde se forjan las auténticas políticas de Estado. Nadie me lo tiene que contar: estuve allí y no perdí detalle. A rriendo en una suerte de cinismo argumental que los hace parecer engañosos. Rajoy nunca habría cambiado ni una coma del Pacto Antiterrorista sin hablarlo antes con los socialistas; representa otra forma de estar en lo público. Un amigo me contaba ayer que si se invierten las letras que forman el apellido Zapatero, tal y como figura en el encabezamiento de este artículo, oretapaZ, las palabras ETA y PAZ aparecen unidas. Curioso para quien se comporta con gestos solemnes de predestinado, pero cierto. Prueben a mirar el título de este escrito en el espejo. Leerán Zapatero No se fíen. Sólo es un reflejo, una ficción. En Zapatero todo es apariencia, espejismo, ilusión, todo está siempre del revés Cuento esto porque quiero que se me comprenda bien cuando afirme que todo lo ocurrido desde entonces en España en relación con el mal llamado proceso de paz (el eufemismo es la careta con la que todos los terroristas cubren su condición de delincuentes comunes) y lo que ha vuelto a suceder tras el último atentado en Barajas me ha indignado más allá de lo que haya podido sentir cualquier otro ciudadano. Digo más allá porque, a la indignación del ciudadano Esteban, me toca sumar la del político González Pons, hondamente decepcionado por el indefinido Rodríguez Zapatero. Soy el mismo político que conoció a Zapatero y a Rubalcaba cuando, en privado, sostenían la importancia de mantener la política antiterrorista en un reservado espacio de consenso al que sólo pudieran acceder las únicas fuerzas con posibilidades de gobernar, populares y socialistas, ¿cómo no voy a estar desconcertado con sus actuales discursos anémicos pero polisémicos, llenos de palabras altisonantes que no significan nada o casi nada? Nadie me lo puede contar: estuve allí, codo con codo, reunión tras reunión, trenzan- tico en ejercicio me obliga, tal y como sugiere el tópico, a ser condescendiente con las manifestaciones hechas en privado. Ahora sé, con la perspectiva del tiempo transcurrido, que los pies con que pisé tan solemnes moquetas eran los de un ingenuo que se dejaba las suspicacias en casa cuando subía a los andamios del Pacto. Fui un bendito y un crédulo con las intenciones de Zapatero y Rubalcaba, por entonces defensores de una política antiterrorista que debía pactarse únicamente entre PP y PSOE; y también me los creí (porque también lo creía yo) cuando afirmaban que contra el terrorismo había que plantarse en directo, sin ambigüedades, subterfugios o neolenguas que maquillen la realidad coaccionada. Hoy, ese dúo de la impostura fija unas condiciones inasumibles para que el PP acepte el regreso al Pacto Antiterrorista, al tiempo que ofrece consenso a partidos que alabaron el papel de ETA cuando ya todos presumíamos que bajo los escombros aguardaban los cadáveres de Diego Armando Estacio y Carlos Alonso Palate. La misma pareja que sentaba cátedra de redacción periodística para televisiones es hoy incapaz de llamar a las cosas por su nombre de pila o de pistola robada. Ignorosimicondicióndepolí- do a muchas manos los mimbres del instrumento democrático que más ha dañado a ETA a lo largo de su repugnante trayectoria. Estuve cuando Zapatero explicaba que las cadenas de televisión deberían evitar expresiones confusas o poco comprometidas (las suyas de ahora) al informar sobre el terror sembrado por los etarras. Y estuve junto al hoy ministro de Interior cuando, tras asumir esta severa propuesta del actual presidente, ambos nos encargamos de informar al Consejo de RTVE de esa voluntad conjunta en torno a la necesidad de que del terrorismo se hablase a las claras. el mismo Rubalcaba y servidor recibimos la instrucción compartida de intentar sumar al Partido Regionalista de Cantabria al Pacto Antiterrorista. Y estuve allí cuando el propio Rubalcaba desestimó la idea alegando que si el Tambiénestabaallícuando Pacto se hacía demasiado plural, al final sería tan inoperante como los viejos pactos de Ajuria- Enea y Madrid. Porque lo vi, porque lo oí y porque estuve allí, puedo contar que Zapatero intentaba ser más antiterrorista que el propio PP en la lucha contra ETA, y que el anguílido de Rubalcaba insistía en mantener a toda costa la unidad de los dos grandes partidos y apartar del pacto a formaciones minoritarias como a las que ayer mismo se fue a pedirles un autógrafo. Entonces, cuando el PSOE era la oposición, no querían más interlocutores con el Gobierno en la lucha por las libertades que ellos mismos, y ahora que gobiernan ellos todos los contertulios les parecen pocos para compartir sus opiniones y responsabilidades. Lo digo con conocimiento de causa: Zapatero y Rubalcaba no dicen lo mismo sobre cómo combatir contra el terrorismo cuando están en el gobierno o en la oposición, cuando la tarea es suya o de otro, incu- ra siempre haberme descubierto que hubo un día en que yo también fui un párvulo en esto de la política, pero lo que jamás le perdonaré es el enfado que me provoca la certeza de estar en manos de un presidente que no es de fiar. Yo le he escuchado a este presidente, cuando no lo era, pero ya peleaba por serlo, sostener justo lo contrario de lo que intenta ahora que los de la ETA han vuelto a matar y, por lo tanto, no puedo fiarme de él. Un amigo me contaba ayer que si se invierten las letras que forman el apellido Zapatero, tal y como figura en el encabezamiento de este artículo, oretapaZ, las palabras ETA y PAZ aparecen unidas. Curioso para quien se comporta con gestos solemnes de predestinado, pero cierto. Prueben a mirar el título de este escrito en el espejo. Leerán Zapatero No se fíen. Sólo es un reflejo, una ficción. En Zapatero todo es apariencia, espejismo, ilusión, todo está siempre del revés. QuizásaZapateroledebapa-