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ABC JUEVES 11 s 1 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA PAPELITOS Y PAPELONES S POLONIA Y LA IGLESIA CATÓLICA L A Iglesia católica, muy influyente en Polonia, es una institución estabilizadora del país. Otros dos elementos dan continuidad a Polonia, ambos recientes, la Constitución y el Tribunal Constitucional. Polonia sale de una larga noche. Nación del centro de Europa, no de la Europa del Este, fue reprimida y deformada durante siglos, luego por cuarenta años de poder soviético. El heroísmo de los obreros y los intelectuales polacos, también de los sacerdotes, acertó a romper el cerco de la URSS a comienzos de los años 80. Gdansk fue la primera etapa del fin del comunismo. La Iglesia aportó la red articuladora de aquella larga operación- -el entramado de las parroquias- basada, como toda resistencia, en la tenacidad. Hubo de pagar, claro, un alto precio; ejemplo, el sacerdote Jerzy Popieluszko, enlace entre la archidiócesis de Varsovia y el sindicato Solidarnosc, torturado y muerto en 1984, tirado al fondo de un contenedor. El papa Wojtyla, limitado teólogo pero formidable táctico, tomaba nota. Benedicto XVI, gran teólogo, es menos táctico. No debe sorprender que la SB, la policía política, penetrara la red eclesial. DARÍO Investigadores solventes creen que no VALCÁRCEL menos de 5.000 hombres de la Iglesia, sobre un total de 100.000, colaboraron más o menos con la SB, la siniestra Sluzba Bezpieczenstwa. Uno de ellos fue Stanislaw Wielgus, nombrado y dimitido arzobispo de Varsovia. ¿Cómo logró Wielgus ocultar su pasado? ¿Cómo pudo fallar la nunciatura en Varsovia y la Congregación de los Obispos en Roma? Este organismo ha de preguntar a treinta personas próximas al candidato. Lo hace con rigor y precisión. Los informantes quedan obligados en conciencia. El Papa, libre de decidir, suele aceptar las propuestas de la congregación. Acto segundo. Han pasado veinte años. Por debajo de las apariencias existe hoy una sociedad bullente, en busca de su puesto, variable como todos, en la Europa futura. Dos gemelos, los hermanos Kaczynski, Lech y Jaroslaw, se hacen con el poder. Han formado una alian- za quizá precaria, pero hoy al mando: Derecho y Justicia, su partido, y la Liga de las Familias Polacas. Los hermanos son gente de empuje, con años de clandestinidad en Solidarnosc: ambos populistas, muy peligrosos. Una sociedad pujante produce gentes peligrosas. La diferencia es que, en Polonia, un gemelo es presidente, el otro jefe del gobierno. Dispuestos a todo: ellos encarnan, y sólo ellos, las virtudes patrias, como Putin en Rusia, Lukashenko en Bielorrusia. Tercer acto. La tentación es fuerte, sobre todo si se dispone de información hasta ayer secreta. Los hermanos Kaczynski son católicos a marchamartillo, partidarios de Bush, antieuropeos, sobre todo antialemanes. Como manda la tabla del populismo polaco. Es curioso ver cómo los gemelos, nacidos de la rebelión antisoviética, se vuelven contra la Iglesia. Quieren que la Iglesia les obedezca (no es fácil) Para ello administran escándalos pequeños o no tan pequeños, relacionados con los años de plomo. ¿Qué se ve al fondo del escenario? Una lucha del poder personal y el poder institucional. El poder histórico de la Iglesia tiende a producir hombres de extraordinaria capacidad de sacrificio (a propósito, lean Martirio y consagración, un sobrio relato sobre los siete trapenses asesinados en Argelia, editorial PCL, Madrid 1999) Hay también en la Iglesia, institución humana, algunos depósitos de miseria. Una fuerza transnacional, decantada por los siglos, es quizá menos peligrosa que un poder personal, monolítico, con prisa. Los hermanos Kaczynski apoyan y se apoyan en Radio María, emisora utilitariamente nutrida de la esperanza de las gentes. Algo parecido, aún más repugnante, ocurre con la Cope española, la radio que propone cada día la guerra civil. Radio María ha salido del control de la Iglesia polaca para pasar al de los hermanos Kaczynski: tiene a su alrededor más de veinte medios impresos y televisivos. Hay que esperar que otros polacos no populistas, seguidores de Geremek, Mazowiecki o Walesa, se enfrenten a la peligrosa deriva emprendida por los hermanos. De lo contrario, una formación tumoral amenaza en Centroeuropa. OSTENÍA el maestro Freud que los lapsus provienen del impulso humano a decir la verdad, como una transferencia del subconsciente rebelde ante la hipocresía social del lenguaje. Por eso resultan tan demoledores en política, donde la expresión verbal desempeña más que en ningún otro ámbito una función encubridora. En el discurso político, que es una superestructura de velos y camuflajes, un carnaval de disfraces intencionales, el lapsus irrumpe como un extemporáneo e involuntario strip tease que desnuda la conciencia del hablante, IGNACIO como una novia que se enCAMACHO redase la cola de su casto vestido y al tirar de él quedara expuesta, en lencería picante, ante el altar asombrado de la opinión pública. El nerviosismo y la ansiedad en que el Gobierno anda sumido en estos días convulsos, zarandeado y groggy por la evidencia delfracaso de su proyecto angular de esta legislatura, está propiciando una catarata de traspiés dialécticos, de gazapos orales en los que cabeatisbar la dimensión real del estado anímico delpresidentey su entorno. Algo muy serio trastorna el equilibrio gubernamental cuando hasta la prudente y eficaz vicepresidenta De la Vega se desliza por la bisoña impericia de convertir el Pacto Antiterrorista en un papelito arrumbado, manifestando en su descuido expresivo lo que ciertamente constituye una evidencia política: que el Gobierno enterró hace tiempo su propia iniciativa de acuerdo de Estado contra el terror, para sustituirla por el zigzagueante plan de diálogo con ETA que ha hecho crisis bajo los cascotes de Barajas. Ese palmario afán revisionista, que ha sostenido toda la acción política del zapaterismo, sigue latiendo bajo las apariencias de rectificación desencadenadas por el atentado del día 30 y aflora a la menor oportunidad en un discurso oficial impregnado de voluntarismo forzoso. Era un lapsus el premonitorio término de accidente que se escapó de los labios presidenciales la víspera del bombazo. Era asimismo otro lapsus el verbo suspender con que el presidente se refirió, la tarde misma del atentado, al proceso de diálogo con ETA. Brotes del subconsciente que se abrían paso en medio de la zozobra que tambaleaba a un Gobierno comprometido por sus errores. No lo es, sin embargo, el cuidadoso empeño con que Zapatero evita hablar de terrorismo y de confrontación cuando proclama su determinación de alcanzar el fin de la violencia Pero es el mismo espíritu, consciente e inconsciente, el que anima una semántica nacida de la voluntad de insistir en un designio impermeable a la terquedad de los acontecimientos, más allá de las obligaciones impuestas por la oportunidad de las circunstancias. El Pacto Antiterrorista es ya, en efecto, un mero papelito mojado por la lluvia del mantra pacifista del presidente. Pero lo que está haciendo el Gobierno en esta crisis nacional no es un papelito, sino todo un papelón, agarrado a la brocha de una obstinación estéril mientras los terroristas le retiran la escalera de la esperanza.