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ABC LUNES 8 s 1 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LE TOCA A OTEGI S HASTA LA VICTORIA FINAL L sondeo demoscópico que ayer publicaba ABC ofrecía algunos resultados paradójicos. Seis de cada diez encuestados consideran que los etarras declararon la tregua para rearmarse en un momento de gran debilidad, como ocurrió ya en otras ocasiones anteriores Un cincuenta por ciento de los encuestados que se declaran votantes habituales de la facción gobernante se apuntan a esta tesis; sin embargo, cuando se les pregunta si creen que el Gobierno debería haberse adelantado a romper el diálogo con la banda, sólo un treinta por ciento responde afirmativamente. De lo cual se deduce que al menos existe un veinte por ciento de votantes socialistas a quienes importaba más la estrategia partidista que la evidencia del rearme etarra. Ciertamente- -parecen sostener estos encuestados- -los etarras nos estaban engañando, habían proclamado una tregua falsa para nutrir sus arsenales y recomponer sus comandos, pero el Gobierno ha obrado bien manteniendo el diálogo mientras los terroristas no volvieran a matar. El razonamiento es de una perversidad moral estreJUAN MANUEL mecedora: no importa que los etaDE PRADA rras estén utilizando la tregua como un embeleco para poder reorganizarse; lo que importa es que el Gobierno aproveche ese embeleco para obtener rédito electoral, mientras pueda. El terrorismo juega con muchas armas a su favor. La más poderosa de todas no se halla, sin embargo, en arsenales escondidos, sino en el seno de la sociedad española. Se trata de una perversidad que antepone obtusas razones partidarias a la erradicación de tan repulsiva lacra. Esta perversidad se hizo patente en las jornadas inmediatamente posteriores a la hecatombe del 11- M: mucha gente vio en aquellos atentados, antes que un ataque a la sociedad en su conjunto y a las instituciones que la representan, una ocasión pintiparada para desbancar a quienes E entonces ostentaban el poder; y la facción que entonces se encontraba en la oposición no sólo no hizo ascos a este aprovechamiento indigno de un acontecimiento luctuoso, sino que lo auspició y jaleó. Así los terroristas lograron lo que anhelaban: demostraron al mundo que eran capaces de conseguir un vuelco electoral; demostraron que las bombas pueden poner de rodillas a una sociedad entera. La lección magistral impartida por aquellos islamistas fanáticos no podía pasar inadvertida a los etarras: siempre habrá gente dispuesta a anteponer unos cetrinos intereses partidistas a la lucha contra el terrorismo. El atentado de la T- 4, antes que la ruptura de una tregua que nunca fue tal, constituye un aviso para el Gobierno: si hubiésemos querido, podríamos haber perpetrado una escabechina que dejase chiquita la del 11- M; y, si así nos conviene, tal vez perpetremos esa escabechina cuando se den las condiciones favorables para un vuelco electoral. Sólo si así les conviene. Porque ahora los terroristas ya saben que el crimen tiene réditos políticos; saben que en el seno de la sociedad española ha germinado una perversión moral muy difícilmente extirpable. Una perversión que, a la postre, la hará claudicar. El llamado alto el fuego permanente que proclamaron los terroristas no era, en realidad, sino un cebo que se tendía a la sociedad española, para que mostrara hasta qué punto esa perversión moral había arraigado en su seno. Aquel famoso comunicado que tantas esperanzas despertó en los perversos no era sino una invitación al mercadeo y la transacción política. No se trataba de obtener un tratamiento más o menos benigno a cambio de la rendición, sino de establecer condiciones a cambio de un desarme; condiciones que incluían una dimisión de los principios constitucionales más elementales e intangibles, empezando por la soberanía nacional y el imperio de la ley. Y la sociedad española, de la mano de sus gobernantes, aceptó los términos de esa negociación perversa; esto los terroristas lo saben, y seguirán obrando en consecuencia, hasta la victoria final. E pasó los nueve meses de la tregua pidiéndole a todo el mundo gestos de arrojo, pasos valientes, pero no ha tenido el suficiente coraje para condenar el atentado de ETA. Lógico: el presunto émulo vasco de Gerry Adams no es más que un mamporrero del terror. Cuando Adams daba una orden, los encapuchados del IRA se ponían firmes; por eso se podía negociar con él. Cuando ETA toma una decisión, Otegi hinca la rodilla y aprieta los dientes; por eso como interlocutor no vale más que un recadero de pacotilla. Y como político le falta valor, persoIGNACIO nalidad y determinación; CAMACHO sueña con un puestecillo en el Parlamento o en alguna Diputación Foral, calorcito de presupuesto, coche oficial y despacho, pero quiere que todo eso se lo consigan los pistoleros. Carece de arrestos para desmarcarse y por las noches debe tener pesadillas con Pertur o con Yoyes; quizá le gustaría ser como los de Esquerra Republicana, pero por comparación es capaz de convertir a Carod Rovira en un Adenauer. Si el Gobierno de Zapatero está realmente dispuesto a demostrar un poco de firmeza tras el desengaño del proceso -se desengaña quien previamente se ha dejado engañar- tiene con Arnaldo Otegi la primera oportunidad de demostrarlo. Bastaría con que un fiscal le apretase un poco las tuercas para que se le complique su ya delicado horizonte penal y tenga que ir a reflexionar sobre los últimos acontecimientos en la melancólica soledad de la trena. En breve vamos a ver la auténtica dimensión de los propósitos del presidente. Porque si Zapatero no se desengaña también del doble juego batasuno estamos aviados. Es muy sencillo. O condenan la violencia o reciben el trato reservado por la ley que el propio presidente impulsó cuando aún no lo era. Del fracaso de la anterior tregua surgió Aralar, y de la del 89 se cayeron del caballo de la violencia tipos como Txema Montero. Si de este fiasco no sale nadie huyendo es que no queda en el entorno etarra ni una brizna de arrepentimiento, ni un soplo de humanidad, ni un atisbo de encarnadura moral- -lo que tampoco constituiría ninguna sorpresa, a estas alturas- y entonces el Estado tiene que actuar con todo su rigor y cerrarle a esa gente todos los caminos, salvo el de la penitenciaría. Porque con ellos no vale el ansia infinita de Como de Otegi ya no cabe nada que esperar, salvo que vaya preparando el pijama y el cepillo de dientes, sólo resta saber si hay alguna esperanza de que rectifique el Gobierno. Pocas, la verdad sea dicha; los precedentes no avalan la cordura y bajo la decepción forzosa de Zapatero se atisba una voluntad empecinada de buscar otros atajos en cuanto sienta que afloja la presión de la opinión pública. Pero a partir de ahora ya no tiene excusas para equivocarse; ha desoído todos los indicios, todos los avisos, todas las evidencias, y se ha quedado con el culo al aire. Si no tiene bastante con esta posición tan desairada, aún puede permitir que Otegi se ría de él otro poco.