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84 CULTURAyESPECTÁCULOS www. abc. es culturayespectaculos DOMINGO 7- -1- -2007 ABC Los mejores años de nuestra vida William Wyler fue uno de los primeros en mostrar la cara B de los héroes, su inadaptación social tras la vuelta a casa y cómo la vida doméstica puede ser más dura que la trinchera Apocalypse Now Coppola despojó a sus soldados de medallas y abrió sus sentidos al sabor de la muerte y el olor a napalm. Una vez realizado, es imposible olvidar este viaje atroz al corazón de las tinieblas, al horror Nacido el 4 de julio Oliver Stone es otro cineasta aficionado a escalar el cine bélico por su cara menos complaciente. A Tom Cruise, el papel del antihéroe tullido Ron Kovic le valió una de sus mejores interpretaciones Salvar al soldado Ryan Después de su acelerado y brutal cursillo sobre los horrores de la guerra, Spielberg describió esta misión absurda, dirigida por Tom Hanks, cuya única gloria es evitar la muerte del cuarto y último hermano Ryan Sobre héroes y tumbas El estreno de Banderas de nuestros padres la pelicula de Clint Eastwood, supone una nueva mirada crítica sobre la guerra y sobre la creación artificial de héroes con pies de barro POR JUAN CIERCO MADRID. En la guerra siempre huele mal. Incluso muy mal. A podrido. A hierro quemado. A sangre fresca. O seca. A cadáver descompuesto. A caballo o vaca destripados. Lo que se oye o escucha en la guerra no es apto para menores. Ni para adultos. Ni para mujeres de armas tomar. Ni para hombres curtidos. En una o en mil batallas. No saben bien las guerras. Son amargas. Pastosas. A veces empalagosas. Otras empachosas. Nunca sosas. Tampoco saladas. Provocan arcadas. Te atragantan. Nunca te llenan. Siempre te vacían. En la guerra más vale cerrar los ojos. O quizás abrirlos de par en par para ver todo lo que pasa, grabarlo en la memoria, registrarlo en tu ordenador personal, cerebral, que lo registre, que lo rebobine, que lo acelere, que lo proyecte una y otra vez, y otra, y otra, y otra para que no vuelvas a caer en la misma trampa de la que siempre sales mutilado. Tocar se toca mucho en las guerras. Se toca el sudario blanco que envuelve a un niño víctima de un asesinato nada selectivo. Se tocan, se acarician, las lágrimas de un hombre que llora en cuclillas la muerte de su familia. Se toca, se acaricia, se consuela a una mujer herida con su bebé entre los brazos inertes. Se toca mucho en las guerras, aunque no puedas agarrar las almas que se rinden ni los corazones que se parten; se ve todavía más aunque te den ganas de cerrar los ojos; se come poco y casi todo sabe a rancio; se oye sin prestar atención el eco de la muerte; y huele mal, incluso muy mal. A podrido. A hierro quemado. A sangre fresca. O seca. A cadáver descompuesto. A caballo o vaca destripados. En las guerras nunca se gana. Todos pierden. Nunca se sobrevive. Todos mueren. De algún modo, al menos. Todos lloran. Nadie ríe. Ni siquiera esa sonrisa forzada que tanto cuesta rescatar de la nada. Y en las guerras, chapeau admirado Clint, no existen los héroes, mucho menos públicos, recompensados, distinguidos, mediáticos, cinematográficos... se quitó su anorak verdeoliva delante de nuestros ojos para meterse en una ratonera incendiada y tratar de rescatar a unos niños chechenos atrapados bajos los escombros de un orfanato. Una bomba de mil toneladas cayóen eledificiocolindante. Laescuela se hizo añicos. También la vida de los pequeños. También la de Serguei Ivanovich que ya no volvería a salir de allí. Ni vivo ni muerto. Una explosión segundos después impidió que rescatara, vivo o muerto, a niño alguno. Que volviera a ver la luz. Que se convirtiera en un héroe. O no. No hay héroes en las guerras. Ni muertos que sufran más que los vivos. Ni buenos ni malos porque en las guerras, con mayor o menor tozudez, todos son malos, o casi todos pretenden serlo. Hay historias personales, seres humanos que quedan en el tintero, que no tienen hueco en los libros de historia, ni en las crónicas del día a día de ese corresponsal con el ego a flor de piel. Hay seres humanos que se te pegan a la chepa y te acompañan de por vida hasta la muerte, la suya primero, que nunca dejarás de recordar, que nunca saldrán del anonimato. Hay guerras, como la Segunda del Golfo en 1991, con un nombre ya casi difuminado, el de Mahmud Abdel Aziz, tan joven como su emirato, tan ingenuo como sus compañeros, tan valiente que no tuvo tiempo ni de despedirse de sí mismo, muerto mientras entraba en Kuwait City para liberar a los suyos de las garras de Sadam y víctima de una bala llamada amiga, disparada por otro soldado kuwaití en un fuego cruzado que para él ya nunca volvería a ser de doble sentido. En las guerras los héroes se escapan entre los dedos cortados, por las cerraduras siempre oscuras, por las ventanas nunca entreabiertas. En Palestina los héroes se llaman unos a otros y no se oyen, no se escuchan. Ahmed es un héroe de esa guerra sin principio ni final. Nunca ha empuñado un arma. Nunca ha disparado un cohete. Nunca ha fabricado una bomba. Nunca ha salvado a nadie. Nunca ha protegido a un niño. Nunca ha rescatado a una mujer acorralada. Ahmed se levanta cada día. Se mira al espejo. Se atusa el bigote. Y acude a su pequeño negocio de ropa. Y atiende al cliente. Y sonríe al deprimido. Y fía al parado. Y vuelve a casa para comer y jugar con su hijo. Y se prepara una pipa de agua. Y comenta con su esposa la mierda de vida que vive en esa Gaza de la que nunca podrá salir. Nunca. Nunca se gana En las guerras las armas son protagonistas pero los órganos nunca dejan de latir, de respirar, de bombear, de ver. Como el de ese soldado israelí, de nombre Uri, de apellido Goldstein, caído cerca de Jenín, de un tiro en el cuello, una de las pocas zonas desprotegidas de su cuerpo. Uri donó sus ojos, su corazón, sus pulmones, su riñones y algunos acabaron en la acera de en frente latiendo, respirando, bombeando, mirando a La Meca en cuerpos extraños. En las guerras nunca se gana. Todos pierden. Nunca se sobrevive. Todos mueren. De algún modo, al menos. Todos lloran. Nadie ríe. Ni siquiera esa sonrisa forzada que tanto cuesta rescatar de la nada. Y en las guerras- -chapeau, admirado Clint- -no existen los héroes, mucho menos públicos, recompensados, distinguidos, mediáticos, cinematográficos... Los muertos tienen nombre Todos los muertos en las guerras tienen nombre. Y apellido. Y sueños que perder. E ilusiones dejadas a medias. Y proyectos partidos en mil pedazos. Todos los vivos en las guerras tienen nombre. Y apellido. Y sueños que perder. E ilusiones dejadas a medias. Y proyectos partidos en mil pedazos. Hay guerras, como la de Chechenia en 1994, con un nombre ya casi borrado de tu memoria, el de Serguei Ivanovich, recluta ruso enviado a ese frente del que ya nunca volvería, que en esa devastada calle de Grozni, donde las casas no eran de cerillas pero se venían abajo como castillos de naipes en plena tramontana,