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54 AGENDA Tribuna SÁBADO 6 s 1 s 2007 ABC Joaquín Albaicín Escritor FANTASMAS INDIOS U Es la actual literatura india, en especial las novelas de Amitav Ghosh, uno de los territorios artísticos donde mejor se percibe hoy ese carácter multidimensional de la realidad NO puede ir a El Corte Inglés de Princesa a echar una carta y descubrir, al pasar por la sección de lencería, que en poco se diferencia ese bosque de cruzados mágicos del tupido manglar en que es de esperar que haga el tigre su aparición en cualquier momento. En cada esquina de la que pende un liguero late y respira con sofoco un cubil, y revélase cada sostén como el descenso a un valle por el que cruzar, rodeado de luciérnagas, a la Otra Orilla. Lo mismo en la planta de juguetes, en la de electrodomésticos, en el ala de oportunidades... El misterio acecha a quien, sobre sin franquear en mano, se adentra a pecho descubierto en el centro comercial. Es la actual literatura india, en especial las novelas de Amitav Ghosh, uno de los territorios artísticos donde mejor se percibe hoy ese carácter multidimensional de la realidad. En las novelas de Ghosh, las ciudades son manglares y, éstos, ciudades repletas de puertas por las que el pasado pone un pie en el presente- -y viceversa- -con no otro fin que, como por inapelable efecto de las leyes del Año Caldeo, reproducirse. Todo se explica en una frase del protagonista de Escuchando el corazón de Calcuta, primera novela traducida aquí de Alka Saraogi: Nada se pierde en este mundo de lo que en él ha ocurrido En La marea hambrienta, penúltima de Ghosh, leemos que nada como un manglar para hacer evidente la inconsistencia última de la obra del tiempo, porque toda generación se nos dice, crea su propia población de fantasmas un vecindario cuyo carácter espectral- -otra vez Ghosh, ahora en Líneas de sombra- -no se sustenta más que sobre la independencia de los corsés espaciotemporales, pues los fantasmas no son más que eso, una presencia desplazada en el tiempo ca generada por los archivos familiares olvidados en desvanes y sótanos o, simplemente, camuflados en una especie de invisibilidad interina. La sensación de que la vida no puede vivirse a fondo sin contacto consciente con el plano sutil, si bien no se precise- -pues eso es otra cosa- -evocar a lo Eliphas Levi la sombra de Apolonio de Tiana. La convicción de que los paleoantropólogos debieran saber que el auténtico registro fósil del ser humano son sus fantasmas, no sus huesos ciertos o inventados... Me fascina, en fin, la vitalidad de los muertos de Ghosh, su voluntad de pervivencia, su capacidad de rebrotar y hacerse patentes colonizando cual viajeros crónidas un gen, una sombra o el Lahumedadcasiectoplásmi- filo de una mirada. En las sagas familiares nacidas de la visión penetrante de este narrador bengalí toman cuerpo auténticas sagas fantasmales. Su Calcuta, su Manhattan, su Tierra de las Mareas están habitadas por presencias verdaderamente resbaladas de la superficie de los espejos. Los personajes muertos, de quienes sabemos en retrospectiva, en virtud de los recuerdos de sus coetáneos o los diarios que dejaron atrás, parecen a menudo los auténticos vivos en contraste con los activos urbanitas que, con fiebre nodal, recorren Calcuta o navegan el delta del Ganges a un inequívoco ritmo fantomático a juego con el resplandor fatuo despedido por sus alhajas y saris. Todos los relatos de Ghosh son iniciáticos, premisa indispensable para hablar en propiedad de novela, género consolidado, sí, en el XIX, pero sin legitimidad para considerarse tal de no poder acreditar sus protagonistas parentesco con Eneas y Ulises. Es por esto que en todos ellos nos deslumbra una mujer arquetípica, maestra del viaje milenario, cuyas personi- ficaciones hierofánicas entran y salen por las puertas citadas con espeluznante elegancia. Una mujer (la Mangala de El cromosoma Calcuta, Kusum en La marea hambrienta... en comunicación con una especie animal (la paloma, el delfín... y arma siempre de la diosa de un culto olvidado (el de Bon Bibi, la gnosis valentiniana... que sigue, pese a su extinción oficial, rigiendo los destinos del universo (o de un universo) Y es que errados andan (Phulboni en El Cromosoma... quienes imaginan que el silencio carece de vida; que es inanimado, que carece de espíritu y de voz en un mundo donde la Palabra no es más que su velo protector. ción y el mito se revelan, en su sencillez, más fuertes y mejor fundadas que el progreso y la ciencia moderna. Para reparar en las pistas clave para la resolución del enigma que anhela desentrañar, el funcionario obseso- -pionero de la frenopatía, descubridor de la relación de los anofeles con el parásito de la malaria, padrino de pila del orcaella brevirrostris, autor del libro clave sobre el microbio de la elefantiasis... -ha siempre, siempre de recurrir a la sabiduría de los analfabetos. Leemos en la novela de Saraogi- -publicada por Siruela- -que no hay existencia propiamente individual, pues son necesarias siete generaciones de padres y madres para formar las cualidades de un hombre. Cualquier analfabeto, en efecto, sabe esto. En rigor, sólo los cultos lo ignoran. De ahí su incompletez cada día más acusada. Porque, para todo hombre verdadero, la cita y convivencia con el fantasma es premisa irrenunciable de estabilidad y destino. EnlaobradeGhosh, latradi- Agustín Cerezales Escritor MI QUERIDA EVA AY una escena en especial, la del río, cuando Eva y sus dos enamorados se adentran suavemente en el hechizo, que yo recuerdo también, que yo creo haber vivido: conozco la caricia dorada de la luz en los hombros desnudos de la muchacha, que se encogen ligeramente, como para sostener el peso de su sonrisa, por un momento ensimismada, y oigo el súbito aleteo de un pájaro en la fronda, y siento el tacto del agua al golpe blando de la madera vieja, en los costados de la embarcación... Sí, los dos amábamos a Eva, y ella a los dos nos quería. Pasó el tiempo, nos arrancó el tiempo del ensueño adolescente; se distanciaron nuestras vidas; murió mi antiguo amigo del alma cuando aún no le correspondía, y sólo ahora, tantos años H Sí, los dos amábamos a Eva, y ella a los dos nos quería. Pasó el tiempo, nos arrancó el tiempo del ensueño adolescente después, he venido a saber la verdad: era a él a quien ella amaba, era él quien en verdad la conoció, quien en verdad la llevaba dentro de sí, desde antes de la eternidad misma... Pero no es tanto la ratificación de esa evidencia más o menos larvada, más o menos admitida, al menos en cuanto posibilidad, de no haber sido el elegido- -ni para el amor, ni para la muerte- lo que me ha conmocionado: es el comprender que aquel verano de los quince años, que tan decisivo, tan importante nos pareció cuando lo vivimos, no fue el mero, pueril ensueño pasajero que luego, en la niebla de la edad adulta, puede habernos parecido. ha caído el telón. También para ella, juntos lo hemos sabido: aquella luz que podía tocarse con la yema de los dedos, aquel estado del alma y de la conciencia, no tenía fecha de caducidad, no fue un simple cuento urdido por el deseo, sino exactamente lo que habíamos creído entender, el lugar de la realidad sin orejeras, de la plenitud de nuestros destinos, que se alzaban frente al imperio del mundo, del mundo mismo que luego, subrepticiamente, vino a cazarnos, encerrarnos y domesticarnos en las lindes ciegas de su conveniencia. guntas sin respuesta... pero no hace falta haberlos vivido para reconocerlos con una acuidad casi angustiosa, con una claridad tan invasora como la de esos olores antiguos que vienen de pronto a despertarnos en el pasado más remoto, más perdido, con una riqueza y complejidad tan grande, o más, que la del mismo presente que creemos estar viviendo: ha bastado nada, un detalle casi imperceptible, para desencadenar la explosión. Al reencontrarme con Eva, treinta, cuarenta años después, años que describe el autor al hilo del relato, y los lugares, y los personajes, pertenecen a su memoria y a su imaginación: finales de los cincuenta, una piscina pública, un viejo boxeador sonado, y los ecos sordos de la guerra, y las pre- Los el arte de valorar lo nimio en su exacto significado, y por eso, porque en lo nimio- -el vuelo de un pájaro, justo entonces, detrás de nosotros; el gesto de un hombre, al doblar una esquina- -está la llave del tiempo perdido, escribe libros como éste, donde podemos leernos a nosotros mismos. TieneGustavoMartínGarzo