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6- 7 S 6 LOS SÁBADOS DE DÍAS DE JÚBILO Maravall N Blas Matamoro Detalle de la tienda madrileña de John Lobb, en el barrio de Salamanca, la primera franquicia de la marca en España ta que, desde entonces, dirige los pasos elegantes del mundo. La historia de John Lobb, un granjero de Cornualles (el lugar cuyo condado ostenta la esposa de Carlos, Príncipe de Gales) es bastante peculiar. Llegó a Londres a finales del siglo XIX, y se convirtió en el artesano- zapatero más famoso de la ciudad, hasta el punto de que el entonces Príncipe de Gales, después Eduardo VIII, no dudó en acudir a su taller a calzarse. Desde entonces se convirtió en sinónimo de calidad y elegancia. Con el tiempo cuidó y mimó los pies de reyes, príncipes, maharajás, aristócratas, políticos, hombres de negocios, escritores (Oscar Wilde) tenores (Caruso) y gentes del arte, incluso del séptimo, como Hitchcock. Sus descendientes han seguido cuidando de los pies de ese pequeño mundo que puede permitirse el lujo de pagar un mínimo de 700 a 1.000 euros (por unos de prêt- àporter o los 3.500 euros por los hechos a medida (alta costura) Lo primero que hacen en la casa después de tomar las medidas de los dedos, del talón, del empeine, de la planta... es fabricar un molde de madera, que se irá modificando a medida que pasen los años, pues aunque el pie es de lo que menos cambia, con el tiempo sí se puede deformar. Esta horma permanecerá en la casa para sucesivos encargos. Como curiosidad, en la mítica tienda londinense de St James conservan las hormas de Eduardo VIII y del maharajá de Jaipur. Son el testimonio vivo de tiempos gloriosos. gante salirse de lo que lleva todo el mundo. La belleza de estas piezas está en la sutileza y el que entiende de sutilezas es elegante apostilla. Y para sutil, el tratamiento que dan a estos zapatos. Para empezar, sólo se emplean las mejores pieles de bovino, esas que proceden de los países fríos (Gran Bretaña y Holanda) porque tienen el poro más pequeño y, por tanto, son las más perfectas. En la firma desechan el 40 por ciento de la piel (abdomen, cuello... mientras otras marcas lo aprovechan todo gracias al tratamiento de poliuretano (tinturas con resinas plásticas) con el que tapan los defectos. En Lobb las pieles sólo se tratan con anilinas naturales, de ahí su buen envejecimiento, y cuando se cortan se hace simétricamente y de la misma parte del animal. También trabajan pieles exóticas como la raya, el elefante, el cocodrilo, la avestruz... y en tonos normales, más o menos discretos, o más exóticos, como el gris oscuro, el azul noche e, incluso, el verde oscuro, Pero tan refinados que apenas se aprecia la extravagancia Todo buen zapato ha de guardarse en una horma de madera y con un barniz que permita el paso de la humedad, para que absorba el sudor. Lo ideal es no ponerse el mismo zapato más de dos días y guardarlos siempre bien limpios. De la crema no hay que abusar, con darla cada quince días (depende del uso y del clima) es suficiente, pero la cera es el mejor aliado del zapato. Lo que le da brillo y carácter. Unos zapatos de John Lobb duran toda la vida si se cuidan. Si se gastan las suelas no hay que cometer la torpeza de llevarlos al zapatero de la esquina, sino a la fábrica puntualiza Luis Sanz, quien añade que el mundo ha cambiado mucho y que si antes los zapatos a medida eran cosas de viejos o aristócratas hoy la gente joven más cultivada sabe apreciar el detalle de lujo discreto que, al fin y al cabo, es lo que distingue a unos de otros. Materiales y detalles Incluso los zapatos que no están hechos a medida también tienen su horma (estándar) la que marca el número, y un minucioso cuidado en su elaboración: máquinas de artesano para coser las piezas a una cinta y ésta a la suela, clavos de madera para el tacón (si se mojan no encogen, pues la madera se ensancha y se hace más resistente) pequeñas piezas de madera para debajo del empeine para que no se arrugue... mil detalles... No hay nada más elegante que un zapato de bovino con un buen lustre y una pátina especial en la puntera y ésto, junto con las pieles que utilizan, lo consiguen los zapatos de John Lobb, donde todo son detalles afirma Luis Sanz, consejero delegado de Santa Eugenia en Barcelona, y el primero que los trajo a España a finales de los años 90. Se venden mucho, y más en Navidad, porque es muy ele- o soy historiador. Apenas, un cronista sabatino. No me corresponde evocar a José Antonio Maravall como tal. Sí recordaré los ocho años que trabajé con Maravall en la revista Cuadernos Hispanoamericanos Un auténtico lujo, un curso cotidiano y privado, en forma de conversación, acerca de las múltiples materias que le interesaron de por vida: la historia, las letras, la música, el teatro, el cine. Maravall tenía la edad de mi padre, había vivido en un país que no era el mío de origen, nuestros oficios sólo coincidían parcialmente. Sí, desde luego, compartíamos la sociedad española del posfranquismo. En cualquier caso, jamás experimenté en su trato el tópico del abismo generacional. Y esta experiencia me ha servido cuando el tiempo me ha dado el lugar del más viejo ante los más jóvenes. Con Maravall teníamos lecturas comunes, invocábamos a ciertos autores que seguían interesándonos más allá de frecuentarlos en distintas fechas y diversas circunstancias: Ortega, Braudel, Hegel, Croce. Al decir lecturas comunes no me refiero simplemente a los libros sino a su desciframiento. Hacia el final, estaba repasando sus escritos sobre los hombres del 98. La muerte lo sorprendió trabajando con unas fichas de Maeztu. Esos días yo consultaba un libro sobre las utopías inglesas del siglo XVII. Me pidió que se lo comentase. No fue posible. Por lo mismo, estoy preparando desde entonces ese comentario, imaginando que en algún lugar nuestra tertulia amistosa seguirá funcionando y la conversación se encaminará, como siempre, hacia el infinito. Es notable advertir que las obras mayores de Maravall son las de madurez y su vejez, cuando convivió con trastornos cardiopáticos, siempre a las orillas del final postergado por el trabajo. No bajó la guardia ante los inconvenientes de salud ni ante las fechas que iba marcando el almanaque. Al contrario, las consideró un desafío. Triunfó en el envite y nos quedan sus robustas investigaciones sobre la idea de cambio en la España imperial, la novela picaresca, los comuneros de Castilla. Y a quienes lo tratamos en la corta distancia, un puñadoincalculable de momentos para atar con los hilos de oro que entreteje la memoria.