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ABC SÁBADO 6 s 1 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA CUENTO DE REYES L LA PAZ, LA NADA, EL MAL N su artículo de ayer, mi dilecto Ignacio Camacho se refería a esa nada hueca que caracteriza los pronunciamientos del presidente Zapatero. Le faltó añadir que la nada es uno de los atributos del mal, como lo es también la bondad afectada, la nimiedad y la superchería disfrazadas con unas ansias infinitas de paz. Confesaré que, durante algún tiempo, atribuí las melifluas paparruchas de nuestro presidente a un exceso de candor; más tarde, como Camacho, pensé que encubrían una desasosegante vacuidad. Poco a poco, he llegado a la convicción de que el desasosiego no me lo provocaba la vacuidad en sí, sino más bien el horror vacui, la sima siniestra que se esconde detrás de tanta inconsistencia de apariencia seráfica. En estos días, el azar ha querido que entretenga mis cavilaciones con la lectura de dos novelas que les recomiendo; aunque desde formulaciones estéticas muy diversas, ambas proponen una visión del Apocalipsis muy similar. La primera, Señor del Tiempo publicada por Homo Legens, la escribió hace exactamente un siglo Robert Hugh Benson, sacerdote anglicano JUAN MANUEL que, como tantos prodigiosos escritoDE PRADA res ingleses de su tiempo, se convirtió al catolicismo; la segunda, El padre Elías editada por LibrosLibres, tiene hechuras de best- seller, y la firma un autor canadiense contemporáneo, Michael O Brien. Sorprende que ambas fabulaciones elijan la figura de sendos políticos presuntamente deseosos de instaurar una nueva era de concordia entre los pueblos, aureolados de anhelos pacifistas, como encarnaciones del Anticristo. El lector curioso disfrutará- -o tal vez se espantará- -estableciendo paralelismos entre el clima de nuestra época y la sociedad que ambas novelas nos pintan- -una sociedad náufraga en un potaje de laicismo beligerante, relativismo moral disfrazado de tolerancia y humanitarismo postizo- también entre los discursos rimbombantes de los seductores dema- E gogos novelescos y las prédicas buenistas de nuestro presidente. Nada más lejos de mi propósito que pretender encumbrar a Zapatero a categorías de maldad que por su escasa estatura no le corresponden. Pero resulta aleccionador rastrear los efluvios malignos que se deslizan en sus prédicas, tan pringosillas de almíbar. Fijémonos, por ejemplo, en el estremecedor sintagma que empleó para designar los asesinatos de los terroristas, durante aquella ridícula comparecencia ante los medios de comunicación- -víspera del salvaje atentado de la T- 4- -en la que hacía un balance triunfalista de su gestión: trágicos accidentes mortales Aunque sus servicios de propaganda se apresuraron a aclarar que tal designación había sido fruto de un lapsus linguae (aunque yo más bien la calificaría freudianamente de acto fallido quedó muy claro que Zapatero deseaba referirse a los crímenes de los etarras con una designación eufemística. ¿Por qué no los llamó, lisa y llanamente, asesinatos? ¿Tal vez porque no los considera asesinatos en el estricto sentido de la palabra? ¿Tal vez porque se cuida de calificarlos jurídicamente? ¿Tal vez porque la paz que se traía entre manos exigía recalificar jurídicamente tales asesinatos? Una paz que se pretende lograr a través de la injusticia es una paz maligna; es la peor de las guerras. Reparemos ahora en las muy delicuescentes palabras que ha pronunciado Zapatero en la escombrera de la terminal aérea, con el cadáver de un hombre todavía aplastado entre los cascotes y el cuerpo de otro (a quien los acólitos gubernamentales pretendieron privar de un responso cristiano) camino del sepulcro. En ningún momento Zapatero mencionó el término terrorismo que sustituyó por sucedáneos desvaídos como violencia en cambio, no tuvo empacho en proclamar que su energía y determinación para lograr la paz es ahora mayor ¿A qué paz se refiere? ¿Qué se encubre detrás de esas naderías? ¿Hará falta que empecemos a oler a azufre para que reparemos en la malignidad que se esconde detrás de tanta vacuidad pacifista? E habían dicho que procurase no hablar con los niños y se limitara a sonreír mientras se hacían la foto sentados en sus rodillas. Sonreía sin parar durante varias horas, con su inmensa dentadura desplegada que tanto parecía gustarle a la chavalería; sonreía cuando le preguntaban si los Reyes traerían muchos regalos, cuando le entregaban los sobres escritos con una titubeante caligrafía esforzada en primores, cuando le apretaban su manaza negra con las manitas trémulas de una emoción sobrecogida de espasmos. Y no dejó IGNACIO de sonreír siquiera cuanCAMACHO do aquella diminuta muñeca de rizos rubios lo miró con unos ojazos abiertos como lagos de ternura y mientras el fotógrafo disparaba su flash le espetó desde su infinita inocencia una pregunta capaz de encogerle las entrañas. -Y vosotros, después de la Cabalgata, ¿pasáis con los Reyes por vuestras casas? Ladespidiócon una palmaditaen lamejilla y por un momento le viajó la memoria a la tarde maldita en que llegaron a su aldea africana los guerrilleros con el rostro enloquecido por la droga y el odio; aquel Apocalipsis de machetes y disparos del que escapó escondido en un pozo cuyo olor cenagoso aún le asfixiaba los recuerdos. Lo evocaba siempre para fortalecerse cuando se sentía distinto o derrotado; cuando su hijo regresaba llorando de la escuela por una burla o un desencuentro; cuando finalizaba algún contratoy volvíaa venderkleenex en lossemáforos; cuando el casero le reclamaba con acritud el alquiler atrasado; cuando su mujer estallaba en crisis de desconsuelo; cuando los vecinos lemiraban con recelo en la escalera. O cuando, como ahora, el candor de una niña feliz le recordaba que al día siguiente no habría regalos en su destartalado hogar suburbano, y que el chaval miraría con un amargo abatimiento los embalajes de los juguetes ajenos tirados en el contenedor de la esquina. Su sonrisa se cerró como una persiana al acabarla jornaday abandonar latarima iluminada para quitarse el traje de oropel oriental y firmar el finiquito en la oficina de los almacenes. Le dieron una pequeña caja envuelta en papel de la firma; con ella en la mano atravesó la ciudad en un autobús atestado de gente que volvía cargada de paquetes, y al llegar a su casa la dejó con cuidado junto a un zapato del pequeño que ya dormía abrazado a su madre en la misma cama. Se acostó sin ruido y se quedó un rato con los ojos abiertos en la oscuridad, oyendo el trasiego de puertas y pasos del vecindario que azacaneaba con los regalos. Soñó con Reyes Magos que llegaban sonrientes a una aldea incendiada de cuyos rescoldos brotaban fantasmas de niños asustados y famélicos, y se despertó muy pronto sacudido por el batir de una ventana que creía haber cerrado. Cuando prendió la luz de la salita se le escapó un grito acongojado de sorpresa: junto a la caja diminuta que había dejado en el zapato infantil brillaban los envoltorios rutilantes de un montón de juguetes y obsequios, y sobreellos alguien habíacolocado elturbante de su estrafalario disfraz de cartero.