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ABC DOMINGO 31- -12- -2006 Setenta años de la muerte de Unamuno CULTURAyESPECTÁCULOS 91 ABC Esa tensión interna explosionó en el acto académico del 12 de octubre de 1936 y le condujo a una muerte rápida. La historia política de Unamuno es, pues, un carrusel de desengaños, metabolizados desgarradamente, de modo tremendista, sin sutilezas. No fue, desde luego, el único intelectual desengañado de su tiempo. Aquellos años de polarización extrema trajeron consigo un mon- tón de intelectuales orgánicos, aduladores y sumisos a las directrices de los jerarcas políticos en ambos bandos. Pero también arrastraron un buen número de frustraciones. Muchos intelectuales sufrieron la percepción del abismo recubierto de flores el estigma del desencanto, casi antes de llegar a encantarse. Ortega, Pérez de Ayala o Marañón vivieron el síndrome de la decepción republicana en su propia carne. Acabaron abandonando España y deseando el triunfo de Franco en cuyo bando, por cierto, lucharon sus hijos. Y la decepción ante el franquismo pronto hizo también estragos, con Ridruejo al frente de una buena nómina de expectativas fracasadas. Pero la decepción de Unamuno, en cualquier caso, fue la más profunda de todas porque ya no se dirigía sólo a un régimen político sino hacia la propia condición española, la lepra espiritual de España, el resentimiento, la envidia, el odio a la inteligencia Lo peor es que el tiempo no haría sino darle la razón al pesimismo de su inteligencia, enfrentada al optimismo voluntarista de los políticos. Sus pronósticos en diciembre de 1936 en sus cartas a su amigo bilbaíno Quintín de la Torre no podían ser más lúcidas, sus advertencias más certeras respecto a lo que sería la larga guerra incivil: La muerte de la libertad de conciencia, del libre examen, de la dignidad del hombre El intelectual errático e inconformista que era Unamuno no hacía lecturas ideológicas de la tragedia vivida sino lecturas antropológicas: Da asco ser hombre En su amargura final, latía la frustración ante la imposibilidad de evitar el conflicto cainita, de encontrar la tercera España alternativa en la que siempre soñó. La España imposible de 1936. LA VERDAD DE AQUEL DÍA El 26 de noviembre de 1962, por primera vez en el franquismo, José María Pemán habla en la Tercera de ABC del incidente del Paraninfo salmantino, del que fue testigo y que había sido silenciado por el régimen e recibido por correo un recorte de un periódico titulado Prensa libre que se publica, por lo visto, en América, donde se contiene un artículo con el título Un episodio de la España franquista en Salamanca Se refiere a un episodio ocurrido en la celebración del Día de la Hispanidad en la Universidad salmantina el 12 de octubre de 1936, y cuyo protagonista fue don Miguel de Unamuno. El relato no contiene casi una línea que se ajuste a la verdad histórica. Yo me apresuro a suponer que no se trate de mentiras urdidas de intento, sino de errores debidos a la deficiente información, al tiempo transcurrido y a la pasión. Y hasta esto último lo disculpo. En todo diálogo de español exiliado y español en España la obligación de serenidad y ecuanimidad hasta la inocencia está de parte del que escribe desde España. Yo no sé si llegaría a la mentira, pero sí llegaría a la hipérbole y a la trampa si, estando fuera, con ello creyera que podía aligerar el recobro de ese supremo privilegio que es vivir en su Patria. Ni me predispone a la pasión polémica la estampilla que trae el recorte y que indica que lo remite no sé qué entidad antifascista Yo tampoco soy fascista, ni lo era José Antonio Primo de Rivera, que se negó a ir al Congreso fascista de Montreux. Ya ve el periodista de Prensa libre que hablo desapasionadamente. Le hablo hasta con la emoción que me produce todo compatriota que permanece en tozuda lejanía. Pero me parece que, como evidentemente, el articulista querrá elaborar su apostolado sobre certezas y no sobre mentiras, puedo ayudarle con la rectificación total del fantástico relato que hace de la sesión salmantina. Puedo hacerlo, bajo mi honor y mi palabra, con la autoridad de quien estaba bien cerca del jolgorio, pues el profesor Maldonado y yo acabábamos de pronunciar los discursos de la sesión; por cierto personalmente invitado, por mi parte, en telegrama que desde Salamanca me envió a Cádiz don Miguel de Unamuno. La versión fantástica empieza por suponer que Millán Astray pronunciara un discurso en ese acto después de las formalidades iniciales Supongo que esas formalidades iniciales se refieren a los discursos de Maldonado y yo que eran todo el programa del acto. El que lea el artículo se creerá que se trataba de una conferencia de Millán a la que Unamuno replicó con gallardía. No hay tal cosa. Nosotros, Maldonado y yo, hicimos dos oraciones puramente universitarias de Hispanidad. Al acabar nosotros, sin que Millán, que estaba en el estrado como público, hubiera dicho ni pío, se levantó don Miguel: cosa que a nadie extrañó, pues presidía y bien podía cerrar el acto. No recuerdo exactamente lo que dijo en los pocos minutos que habló: aunque desde luego no creo que dijo una palabra de lo que pone el artículo; por la sencilla razón de que esa referencia toda viene a ser como una respuesta a Millán Astray, cosa imposible puesto que éste no había hablado. Desde luego sí recuerdo que el discurso fue objetante para varias cosas de las que andaban en curso en aquellos días exaltados. Recuerdo que combatió el excesivo consumo de la palabra Anti- España que dijo que no valía sólo vencer sino que había que convencer La frase sobre el catalán y el vasco que dice la referencia sí creo es cierta, pero de ningún modo como una réplica a nadie, y menos a Millán que no había hablado. Cuando terminó y se sentó, se levantó, como movido por un resorte, el general Millán Astray, inesperada y para mí innecesariamente. Su pasión era justificable en la atmósfera bélica que nos rodeaba; y no había que exigir al general que se comportase en aquel instante como un pulcro universitario. No fue discurso. Fueron unos gritos arrebatados de contradicción a Unamuno. No hubo ese muera la inteligencia que luego se ha dicho y que denuncia claramente su posterior elaboración culta. El general mutilado, mal podía darle a su muera el sentido cultural y técnico de increpar la Inteligentzia como posición y grupo; de dar el muera se hubiera referido a la inteligencia como facultad personal, cosa de la que no venía al caso abominar y que estoy seguro que él mismo creía poseer. Lo que dijo fue mueran los intelectuales Hizo una pausa. Y como vio que varios profesores hacían gestos de protesta, añadió con un ademán tranquilizador: los falsos intelectuales traidores, señores Terminó los gritos, que no llegaron a un minuto, diciéndole imperativamente a don Miguel: Y ahora dé el brazo a la señora del Jefe del Estado Don Miguel se levantó y le dio el brazo a doña Carmen Polo que presidía, y con ella salió del salón. Por cierto- -y ello demuestra que el ambiente no era tan arrebatado como pinta el artículo- -que yo, que tenía prisa porque regresaba a Andalucía, me adelanté a despedirme de Unamuno cuando éste venía aún por el estrado; y él me dio la mano desprendiéndola un instante de la señora de Franco, a la que en seguida volvió a dar el brazo. No creo que sea cierto que estuvo arrestado en casa, ni siquiera que no saliera de ella. Yo, como he dicho, me fui de Salamanca; pero tengo entendido que don Miguel fue luego aún alguna tarde al casino. Eso es todo. Supongo que le interesará la verdad al articulista, pues no puedo creer que sólo en el engaño cifre sus esperanzas. En otro lugar del periódico se lee un viva la República Nada tengo que objetar si esa es la idea de sus redactores, pero no creo que deseen que viva del cuento. En realidad, quizá el profesor Maldonado y yo tuvimos un poco la culpa de todo. Nuestros dicursos, sin política, de pura Hispanidad, en aquellos días calientes, levantaron tempestades de aplausos. Ni Unamuno ni Millán Astray eran hombres a los que les gustara pasar inadvertidos en una sesión en la que hubo, con tanta abundancia, ovaciones y entusiasmos. Los dos estaban acostumbrados a exponer el pecho a cuerpo limpio, el uno a las ideas contrarias y el otro a las balas enemigas... Eran dos españoles. Dios los tenga en su gloria, en el lugar que reserva a los santos y mártires de la vehemencia española. H se inevitablemente en el recuerdo de una guerra que no vivió como combatiente, sino como un niño que se divirtió de lo lindo en la ciudad bombardeada, donde las reglas del orden cotidiano se habían esfumado. De dicha experiencia sacó la idea de la necesidad de la guerra civil- -fraterna, le llamaba- -para la buena marcha de la nación. Sus notas de 1936 aparecen salpicadas por una recurrente palinodia teñida de perplejidad dolorosa. Se propone, aunque no lo llevará a cabo, revisar sus insensatas metáforas bélicas de antaño. Cuestiona su antigua creencia en la fecundidad de las guerras civiles mientras ve caer asesinados a sus amigos y escucha por la radio las soflamas de inicuos propagandistas que sa- quean sus textos. Cree, en fin, descubrir la clave del horror presente en el hecho infortunado de que la nueva guerra civil sea una guerra entre militares y no entre civiles (lo que es falso: la participación de militares profesionales fue proporcionalmente superior en las guerras carlistas) Murió, es cierto, en plena palingénesis, como la gran figura trágica de un liberalismo anacrónico, arrollado por el totalitarismo. La muerte es un acontecimiento estrictamente individual, pero Unamuno- -curiosa paradoja- -murió en nombre de todo el liberalismo ausente. También en el de Cánovas y Sagasta, o sea, del honrado liberalismo posibilista al que se enfrentó en aras de una memoria irresponsable. No fue discurso. Fueron unos gritos arrebatados de contradicción a Unamuno. No hubo ese muera la inteligencia que luego se ha dicho y que denuncia claramente su posterior elaboración culta JOSÉ MARÍA PEMÁN