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44 INTERNACIONAL Sadam Husein, ejecutado en la horca DOMINGO 31 s 12 s 2006 ABC La venganza de los kurdos En caso de que Irak se rompa, los kurdos serán una de las naciones más ricas de la tierra. Pero al mismo tiempo tendrán que gastar gran parte de esa riqueza en defenderse de sus vecinos POR ENRIQUE SERBETO BRUSELAS. Cuando las televisiones captadas vía satélite retransmitieron las célebres escenas del carro de los marines norteamericanos derribando la estatua de Sadam Husein en Bagdad, los kurdos salieron a las calles de Erbil a celebrarlo como si les hubiera tocado a todos la lotería. Acostumbrados desde hacía más de una década a la vida independiente de Bagdad, hacía tiempo que los retratos de Sadam Husein habían desaparecido de todos los edificios públicos. Ni en la frontera con Turquía quedaban rastros de la autoridad del dictador, ni banderas ni murales, ni emblemas en los uniformes. Ironías de la historia, ahora ha sido un kurdo, Jalal Talabani, el que ha firmado la orden de ejecución. En Tikrit, su ciudad natal, sin embargo, cuando días después entraron los soldados estadounidenses, los retratos monumentales del hijo predilecto tuvieron que ser destruidos por los mismos soldados, porque no quisieron hacerlo los habitantes de esta ciudad a orillas del Tigris y que hace frontera con el desierto que separa a árabes y kurdos en una línea que antes de la guerra ya era el límite en el que se terminaba la lealtad con el tirano de Bagdad. Los kurdos son fervientes musulmanes, incluso más radicales que los árabes, pero no han podido convivir nunca bajo las mismas riendas que sus vecinos, igual da que fueran suníes como ellos o chiíes como los iraníes que tienen al este, con los que solo se llevaban bien porque tenían a Sadam como enemigo común. Después de la matanza de Halabja, el 16 de marzo de 1988, las relaciones entre los kurdos iraquíes y Sadam quedaron definitivamente rotas. El tirano quiso castigar a los kurdos y ordenó a la aviación iraquí el bombardeo de esa aldea con armas químicas. Nunca se podrá saber con certeza la cifra exacta, pero se calcula que murieron más de cinco mil personas, víctimas de gases venenosos. En todos los pueblos kurdos, hasta en las aldeas cristianas de las montañas que sobreviven como pueden entre unos y otros, hay una parte del cementerio donde fueron enterrados los que murieron en las costosas guerras a las que Sadam llevó a su país. Sobre todo los ocho años de guerra con Irán, un sacrificio inútil que no sirvió más que para asentar al régimen de los ayatolás y para segar la vida de decenas de miles de jóvenes de ambos países. La frontera no se movió. Los kurdos enseñaban con rabia esas tumbas de tanto soldado inmolado por las ambiciones de Sadam. Los caídos en la aventura kuwaití, que marcó la ruptura del dictador con Occidente y el comienzo de su caída, ni siquiera merecieron honores, pero aquella guerra de 1991 sirvió para fijar la frontera del mundo kurdo y el gobierno de Bagdad. Una familia kurda huye del Ejército iraquí y busca protección de los aliados en 1991 AP Serafín Fanjul A la sombra de Turquía Cuando los norteamericanos planeaban su asalto contra el régimen iraquí en 2003, el Gobierno de Turquía no quiso dejarles paso por su territorio para entrar el Kurdistán desde donde planeaban cerrar la tenaza sobre Bagdad que ya habían empezado apretar desde Basora. Los kurdos han sido desde el nacimiento de Irak el gran dolor de cabeza de las autoridades turcas, que han sufrido veinte años de guerra sorda y sucia en la que han perdido la vida no menos de 30.000 personas. Un estado independiente kurdo en un Irak desmembrado es un auténtico casus belli para Ankara, que no puede aceptar jamás por las buenas que haya un pasaporte legítimo en el que se reconozca una nacionalidad kurda. Y los kurdos están en la frontera mucho más importante que la étnica. Las ciudades de Mosul y Kirkuk, por las que los peshmega kurdos lucharon abiertamente contra las tropas leales a Sadam, están edificadas sobre los más ricos campos petrolíferos del país. Expulsados por Sadam de estas ciudades mixtas, los kurdos han vuelto con intenciones de quedárselas y con ellas el tesoro que esconden en el subsuelo. En caso de que Irak se rompa, los kurdos serán una de las naciones más ricas de la tierra. Pero al mismo tiempo tendrán que gastar gran parte de esa riqueza en defenderse de sus vecinos. EN LA TIERRA DE TALIÓN obre la misma tierra, ya el Código de Hammurabi (siglo XVIII antes de Cristo) marca con claridad la responsabilidad y la pena en que incurren los asesinos, normativas que en buena medida reprodujo el Antiguo Testamento, en cuanto a la punición de crímenes especialmente odiosos. Y no es ofender a los iraquíes recordar que esos criterios, de justicia elemental, siguen vigentes en el país, como lo estaban entre nosotros hasta hace muy poco y así continúan en diversos estados occidentales y orientales. La cuestión central no es qué complace más al eurocentrismo en sus múltiples caras y advocaciones (incluidas las progres) sino qué opina la población del país afectado. Sin exageración, puede concluirse que un 80 por ciento- -quizá más- -de iraquíes celebrará alborozado la ejecución de Sadam Husein: chiíes, kurdos y no pocos suníes, no tienen nada que agradecerle sino todo lo contrario y no perderemos ni un instante repitiendo la cantidad de sus víctimas, los espeluznantes métodos que utilizó y la brutalidad global de su régimen. Los iraquíes eran quienes debían juzgarle y castigarle y ellos son quienes lo han he- S cho, con arreglo a su ordenamiento legal y a los conceptos y valores que rigen en su sociedad. No hay por qué asustarse. Otro asunto es la ternura y el buenismo, sincero o impostado, que pueda suscitar entre nosotros el ajusticiamiento de un asesino reconocido, sobre todo cuando a los buenos sentimientos- -verdaderos- -de occidentales que nunca padecieron sus crímenes se superponen y entreveran intereses, de aquí y ahora, muy concretos, de los cuales los menos malos serían los de quienes han encontrado en Estados Unidos su Anticristo preferido (laico, por supuesto) y no pierden ocasión de erosionar al motivo de sus odios. No ser partidarios de la pena de muerte- -es obvio que no lo somos- -es un principio demasiado general que aclara muy poco el panorama, como ansiar la paz universal o desear vivamente que en Centroamérica no vuelvan a darse terremotos. Es hermoso abrigar tales sentimientos- -si son auténticos- pero también dudoso que tengan mucha relación con las realidades posibles. Insistimos: en su contexto social, histórico y político, lo normal es lo sucedido. Y huelga el paternalismo- -tan paradójico, tan contradictorio- -de multiculturalistas y aliados- civili- La clemencia (siempre expuesta al ridículo ante una eventual fuga) no se entendería en Irak como bondad sino como debilidad zatorios que sin tregua denuncian la injerencia occidental, la imposición de nuestras pautas culturales a terceros y que en este caso niegan competencia, garantías, imparcialidad al tribunal, a la par que ignoran cuanto han sufrido los iraquíes y, tirando por elevación, concluyen en la inevitable responsabilización de Estados Unidos. En algo tienen razón: sin la intervención americana, Sadam Husein seguiría asesinando inocentes, sin publicidad ni peticiones de clemencia de parte de estos solidarios a distancia. Un último aspecto, tan manido, es reiterar la gastadísima frase Más que un crimen, es un error y, de seguida, agregar que la ejecución desencadenará el infierno en Irak, se agravará la tensión y el país entrará en una guerra civil. Es difícil que los islamistas- -que están llevando el principal peso del terrorismo- -puedan incrementar sus acciones y mucho más difícil que ellos, precisamente ellos, caigan una lágrima por Sadam, al que detestaban, si bien intentarán enviscar a sus partidarios subsistentes contra el gobierno. Otra cosa es que lo logren. Pero sí sería seguro que la clemencia (siempre expuesta al ridículo ante una eventual fuga del preso) en Irak no se entendería como bondad o gesto de distensión, sino como puras debilidad y cobardía, suscitando el desprecio del pueblo iraquí, exactamente lo que piensan de nosotros los árabes cuando demostramos, refugiándonos en palabrería, nuestra incapacidad para defendernos, una eterna escapatoria hacia el apaciguamiento que, la Historia lo demuestra, acaba de muy mala manera.