Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC DOMINGO 31 s 12 s 2006 OPINIÓN 3 LA TERCERA DESOLADOR La intervención de ayer del presidente resultó aflictiva, es decir, desoladora, porque provocó una inquietante sensación de orfandad política, porque se notó el volumen de la ausencia de esas certezas que tampoco prestó al líder de la oposición y que Mariano Rajoy echó en falta en su entrevista con Rodríguez Zapatero... ERÍA miserable atribuir al Gobierno o a su presidente un adarme de responsabilidad en el brutal atentado terrorista perpetrado por ETA ayer en la Terminal 4 de Madrid- Barajas. Pero no lo es- -por el contrario, resulta obligado- -subrayar críticamente la desoladora intervención de José Luis Rodríguez Zapatero en respuesta a la criminal fechoría de la banda. Limitarse a suspender las iniciativas de diálogo con ETA, pero negarse a romper el proceso -y negarse a hacerlo hasta tres veces a requerimiento de preguntas de los periodistas- -delata que el jefe del Gobierno se ha instalado en una banalidad política y en una inconsistencia intelectual alarmantes que, siendo perceptibles en sus decisiones desde hace mucho tiempo, constituyen en estas circunstancias un gravísimo riesgo para el Estado de derecho en nuestro país. Cuando a la banda terrorista ETA se le responde tras un atentado como el de ayer con una suspensión de las iniciativas de diálogo o negociación- -y no con una ruptura terminante- -se le está remitiendo la seguridad de que éste se retomará cuando las circunstancias muden, de tal manera que la generación de expectativas favorece las tesis de los que en la banda criminal consideran que el ejercicio de la violencia es el camino correcto para sentar al Estado en una interlocución negociadora. ETA y Batasuna- -cuyo portavoz tampoco consideró roto el proceso -tienen ahora la seguridad de que Rodríguez Zapatero se abraza- -aunque lo haga al modo de un náufrago- -a la baza de una política de pacificación que no será enteramente rectificada ni siquiera con acciones tan bestiales como el atentado en la T- 4 madrileña. S teria, actuando al margen de toda lógica y conocimiento de esos fantasmales interlocutores de la banda terrorista, ha incurrido en situaciones tan patéticas como la del viernes cuando declaró a bombo y platillo que dentro de un año estaremos mejor que hoy al mismo tiempo que los ciudadanos vascos dejaban ver en el euskobarómetro su mayoritaria sospecha de que ETA volvería a matar en cualquier momento El presidente, con un rostro marmóreo, ha tenido que digerir que el máximo responsable de la Guardia Civil y la Policía aseverase el pasado miércoles que no hay datos que hagan pensar ahora mismo en que ETA se esté rearmando al tiempo que era descubierto un zulo y el propio Gobierno vasco expresaba por ello su preocupación. El presidente, inconmovible, ha consentido que la banda terrorista ETA perpetrase un secuestro para el robo posterior de trescientas cincuenta armas cortas en Francia, sin considerar que tal acción era ya una ruptura de la tregua y, en todo caso, un delito gravísimo. En definitiva: el presidente asumió desde los primeros compases de esta falaz iniciativa de paz que la verificación de la voluntad de ETA no era el abandono de las armas sino la transacción con el Estado y la obtención de determinadas contrapartidas. J esde el principio- -allá, en el mes de marzo, cuando ETA declaró un mendaz alto el fuego permanente -el Gobierno no ha hecho otra cosa que perder terreno. El proceso ha resistido la violencia callejera- -desde la de menor entidad a la de mayor descaro y gravedad para personas y bienes- ha soportado también el chantaje a profesionales y empresarios en el País Vasco; ha aguantado la permanente intimidación a las fuerzas políticas no nacionalistas en la comunidad autónoma vasca y- -tan grave como todo lo anterior- -ha sido compatible con constantes declaraciones de ETA según las cuales este proceso no era de paz sino de negociación de la autodeterminación y de la territorialidad vascas y de amnistía para los terroristas encarcelados. El presidente, como si de un autista se tratara, asesorado por ignotos expertos en la ma- D osé Luis Rodríguez Zapatero se ha convertido así en un político temible, poseído de una soberbia cegadora e inabordable intelectualmente desde los más elementales argumentos de conservación de la integridad del sistema democrático. Todas sus iniciativas- -ésta del proceso es la más grave- -surgen como ocurrencias geniales, como grandes hallazgos, para derivar después en gravísimos problemas políticos que le restan todo margen de maniobra. Así ha ocurrido con la cuestión territorial, con la política exterior, con la llamada memoria histórica y, ahora con este remedo de proceso de paz con la banda terrorista ETA que ha demostrado durante décadas ser impermeable a cualquier forma de interlocución que no pase por el fielato de reconocer su condición política y de vanguardia del nacionalismo vasco independentista. A este planteamiento delictivo de ETA sólo se le ha contestado coherentemente- -tras las decepciones muy aleccionadoras de 1989 y 1998- -con la ilegalización de su brazo político mediante la aplicación judicial de la Ley de Partidos y con la persecución policial- -nacional e internacional- -y la colaboración de la comunidad de democracias occidentales, desde la unidad de los partidos políticos en España, respaldada de forma aplastante por la sociedad. El presidente del Gobierno, sin embargo, pecando de altivez- -en la que cae al suponer que él es capaz de lograr lo que no alcanzaron otros- -abandonó esa política antiterrorista para introducirse en otra laberíntica en la que la banda terrorista ETA le ha ido ganando sucesivamente todos los órdagos de un juego de naipes con las cartas marcadas. Rodríguez Zapatero hablaba de paz y los terroristas lo hacían de negociación; el presidente hablaba de legalidad y los terroristas lo hacían de impunidad; el presidente hablaba de democracia y los terroristas lo hacían de imposición. ¿Cómo es posible que el jefe del Gobierno no haya reparado- -o no le hayan hecho reparar- -que ETA no discurre por los circuitos de la lógica convencional? ¿Cómo se ha llegado a esta situación cuando todas las evidencias apuntaban indefectiblemente a un episodio trágico como el de ayer en Madrid? ¿Cómo es posible, por todo ello, que el presidente del Gobierno siga alimentando expectativas negociadoras mediante la mera suspensión del diálogo con ETA cuando la experiencia, propia, y ajena anterior, le indican que la banda sólo entiende la política que excluye cualquier posibilidad de otro diálogo que no sea el preciso para datar la entrega de las armas, señalar el lugar de los arsenales y acogerse a la generosidad que el Estado y la sociedad dispongan libremente concederle? L a intervención de ayer del presidente- -cuando todos los ciudadanos sensatos hubiéramos querido que así no fuese- -resultó aflictiva, es decir, desoladora, porque provocó una inquietante sensación de orfandad política, porque se notó el volumen de la ausencia de esas certezas que tampoco prestó al líder de la oposición y que Mariano Rajoy echó en falta en su entrevista con Rodríguez Zapatero. Algo nuevo, sin embargo, se pudo extraer de la frialdad del jefe del Gobierno: la confirmación de que se trata de un político que orbita en sentido circular a un conjunto de valores tan peculiares- -por propios e inaccesibles- -que le apartan de la sintonía necesaria para ejercer el gobierno con la fiabilidad habitual en un régimen democrático. Por eso, la oposición- -el Partido Popular- en la desolación, debe procurar la mudanza política y esgrimir su derecho constitucional a cuestionar ya y sin demoras la confianza a un dirigente que la ha gastado con la frivolidad de los pródigos. Para eso está el artículo 113 de la Constitución. JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director de ABC