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S 6 30 12 06 ROSA BELMONTE EL DIARIO DE JENNIFER ZAMBUDIO 16 S 6 LOS SÁBADOS DE El cenado En las citas a ciegas, con suerte, te tropiezas con Groucho. O con Marilyn. Aunque, vaya ideas tenía Groucho sobre las citas a ciegas L a media naranja no existe. Porque, vamos a ver, si existe esa persona perfecta para ti, qué casualidad que vas a dar con ella habiendo tanta gente en el mundo, incluso aunque excluyamos generosamente a los chinos. ¿Qué podría una tener en común con un señor bajito que vive en Guangdong y cuya abuela siempre ha llevado pantalones? También pasa que cuando alguien parece el hombre perfecto, como el marido de Julia, luego te sale con sus cosas. Recuerdo el día en que descubrimos que le gustaba la fruta escarchada. Fue como darse cuenta de pronto de que prefería llevar bragas de encaje. Pero ya era demasiado tarde para echarse atrás (eso dijo Julia) Había muchas más cosas que compensaban esa rareza. Aunque es cierto que durante un tiempo nos mirábamos cómplice y discretamente cada vez que salía con alguna de sus peculiaridades. Como cuando iba (y va) a un bar con niños y pide unas pepsicolas para los pequeños Pepsicolas para él es el genérico de refrescos. Hasta las pide de naranja. Julia sospecha que finge para ponerla de los nervios. La búsqueda del hombre perfecto, a veces te proporciona enseñanzas. En mi caso está ligada al aprendizaje de decir no, que debería ser una asignatura obligatoria en el colegio. No y me da igual si te parezco descortés. No y ya está. Bueno, en realidad, esta en- señanza está ligada a las citas a ciegas. Una cita a ciegas es eso que Groucho decía que se podía convertir en un cerdo con sombrero y bolso de mujer. Pero es que si a una amiga de tu madre de toda la vida, a alguien que es como de la familia, a una señora a la que no quieres contrariar se le ocurre que deberías conocer a un chico encantador ¿qué haces? Hoy pronunciar no, ya te lo pida el Papa de Roma, pero hace unos meses todavía no había dicho basta. Una cosa es que te presenten a alguien en una cena especialmente preparada al efecto. Pero echarte al ruedo sola con un desconocido, pese a que tenga referencias, no deja de ser un disparate. Sí que a veces sale bien, pero esto, como la ciudad para Martínez Soria, no es para mí. Primer contacto, me llama por teléfono al despacho. Quedamos un viernes por la noche. Ni me recoge en casa ni quedamos en el restaurante. ¿Te parece bien en El Corte Inglés de Serrano? me pregunta. ¿En cuál de los dos? me intereso yo ante lugar tan extraño para el encuentro. Como veo que se queda callado, propongo quedar en el de los caballitos. Las diez. Las diez y veinte. El Corte Inglés que echa las persia- La búsqueda del hombre perfecto, a veces te proporciona enseñanzas. En mi caso está ligada al aprendizaje de decir no, que debería ser una asignatura en el colegio nas y mi cita que no llega. Y yo con un hambre del que hace ruido. Veo un tío guapo apoyado en un coche. Me mira. Me acerco. ¿Eres Alfredo? No, me dice como preguntándose cuánto cobraré. Me vuelvo a mi puesto muerta de vergüenza. De pronto de un taxi se baja La Pantera Rosa. Alfredo. Me lo temía. También era un poco como Jar Jar Binks, el bicharraco ese que salía en La amenaza fantasma Muac, muac. El apoyado en el coche nos mira. ¿Dónde vamos a cenar? me lanzo ingenuamente. ¿Cenar? Yo ya he cenado, me suelta. Ah, vale, pues ya que estamos aquí (y no te mato) vamos a acercarnos al VIPS, para que yo, que no he cenado porque hemos quedado a las diez, que es hora de cenar, pare el ruido de mis tripas. Mientras me tomo un sándwich, él bebe una Coca Cola. Le cuento, por hablar de algo, que he estado en Egipto hace unas semanas. Y me sale con que las pirámides las construyó una civilización extraterrestre. Lo que me faltaba, he quedado con Iker Jiménez. Como y escucho sus teorías, que no rebato, faltaría más. Al rato me dice Paga y nos vamos a tomar una copa Me tomé la copa (que pagó él, gracias) pero no lo volví a ver. No, si al final voy a tener más en común con un chino de Guangdong. Lo peor fueron las semanas siguientes. Julia no paraba de preguntarme si me había vuelto a llamar el cenado, el partidazo del cenado.