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10- 11 S 6 LOS SÁBADOS DE DÍAS DE JÚBILO Aquella Nochebuena M Blas Matamoro Vinilos de gran formato, con detalles realistas de heridas y sangre en el caso del skater to, los que provocaron la aparición del coleccionismo en el país que puede asegurar la supervivencia de cualquier colectivo artístico: EE. UU. El propio Kaws abrió el 360 Toy Store, uno de las primeras tiendas de juguetes de Nueva York, donde vendía sus creaciones como los Chum (basados en la mascota de Michelin) a 500 dólares (todos ellos agotados, en sus cinco colores) y que dio pie a la apertura de Kid Robot o Toy Tokio, dos de las tiendas más poderosas del mundo, con clientes como Elijah Wood (Frodo, en El señor de los anillos los raperos Kanye West o Pharell Williams y diseñadores, ilustradores y coleccionistas de todo el mundo. ta a su página www. kidrobot. com y echar una ojeada a sus precios. En ella se puede comprender perfectamente el porqué de un movimiento que ha conseguido aunar a artistas de todas las disciplinas en busca del juguete perfecto. El coleccionism, en Europa, tiene dos puntos calientes: uno de ellos es Londres y el segundo Berlín. En la ciudad inglesa (pionera de cualquier movimiento que tenga que ver con subculturas) destacan dos tiendas, Playlounge y DPMHI. Playlounge es una pequeña superficie en el Soho, justo después de Carnaby Street, donde se pueden encontrar vinilos de todo el mundo y en todos los estilos. Destaca el fanatismo de sus dependientes, que saben tanto de juguetes como de futbol. Ellos fueron los primeros que expandieron el universo del vinilo en Europa y siguen siendo uno de los mejores lugares que un aficionado puede visitar si no tiene oportunidad de saltar el charco. La otra tienda, DPMHI, es una impresionante mole de tres pisos donde los juguetes se cuentan por centenares. Este negocio, regentado por los dueños de Maharishi (una marca muy popular en Londres) puede presumir de ser la distribuidora exclusiva de Medicom en Europa y los únicos fuera de Asia que pueden comercializar las figuras de Michael Lau. En Berlín destaca Plastic Particles y Coarse Toys. Un grupo de diseñadores alemanes, con gran influencia de Michael Lau, decidieron llevar la calidad al máximo nivel posible como comenta Henne desde Frankfurt, y en una singular alianza con la marca californiana de zapatillas Vans han creado algunos de los mejores muñecos de vinilo que se han visto en Europa. Los últimos en sumarse a esta tendencia han sido los chicos de la revista francesa Visionaire de alto (altísimo standing con un coste mediano de 250 euros por número) que hasta la fecha han publicado tres ejemplares con juguetes diseñados por Marc Jacobs, Víctor Rolf, Dolce Gabbana o Karl Lagerfeld entre muchos otros. Actualmente es imposible hacerse con uno de estos sets de juguetes sin invertir menos de mil euros. ¿Quién dijo que el vinilo era barato? Fascinación en cadena Kid Robot se ha convertido en los últimos tiempos en una de las tiendas más populares de América. Cuenta ya con sucursales en Los Ángeles y San Francisco, y hay rumores de que quiere abrir sucursal en Europa (concretamente en nuestro país, en la ciudad de Barcelona) Para entender de qué va este mundillo es más que recomendable una visi- i primera Nochebuena en Madrid fue la de 1976. La recuerdo ahora, cuando acaba de pasar mi primera Nochebuena de jubilado. Estaba casi recién llegado a la Corte, tendido en una cama de pensión, escuchando el canto gregoriano que emitía Radio Dos. Los motivos de mi viaje no eran gratos. Ni turista ni heredero ni visitante de una familia lejana. Todo lo contrario: un desterrado de mala manera, con un fuerte sentimiento de abandono. Al fondo, percibí los pasos de los demás pensionistas y la dueña, que abandonaban la casa, sin duda- -lo comprendí más tarde- -en busca de sus familias. Intrigado, recorrí los desiertos pasillos y salí a la calle, en busca de un restaurante para cenar. Entonces aprendí el horario de la fecha: todo estaba cerrado. Apenas alcancé a detener a un panadero que me vendió dos bambas con crema. Y así celebré mi cena navideña, con el par de bambas y el imperturbable canto de los monjes en Solesmes. Volví a la calle, a la desierta y helada sombra de Embajadores y Lavapiés. Llegué hasta Atocha. El Hospital de San Carlos era un caserón vacío, recorrido por los fantasmas barojianos de El árbol de la ciencia El actual y esplendoroso Reina Sofía, un monumento ruinoso poblado por gatos vagabundos que olía- -digámoslo suavemnete- -a gato encerrado. Me sentí muy cristiano, de repente. Pensé en el chiquito de Belén, destinado al martirio y a la gloria, tirado en la paja de un pesebre. Bueno ¿qué más necesita para nacer en cuerpo mortal todo un Dios encarnado? Mirando las ventanas iluminadas de las casas donde se reunían las familias de los otros, me sentí acompañado por el bebé de María. Al fin y al cabo, llegó al mundo para reconciliar al tremendo Creador con la criatura caída y abandonada. Nunca probé nada más dulce que la crema de mis bambas. Si recorro aquel itinerario madrileño, lo hallo irreconocible. Todo ha cambiado para más y mejor. Pero el sabor auténtico de hace treinta años me resulta insustituible. No pondría al pibe de Belén en un escaparate henchido de Gucci y de Armani. Más bien lo recuperaría tirado entre los gatos de Atocha. Siempre la primera vez es única. Mi Nochebuena del año 1976, tristona y solitaria, es también irrepetible.