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32 INTERNACIONAL Tribuna Abierta SÁBADO 30 s 12 s 2006 ABC Íñigo Méndez de Vigo Eurodiputado por el PP AÑO NUEVO, ¿CONSTITUCIÓN NUEVA? UANDO el próximo 26 de enero los representantes de los Estados que han ratificado el Tratado constitucional europeo se reúnan en Madrid para evaluar la situación, seguro que alguno musitará el conocido verso Los muertos que vos matais gozan de buena salud. Porque lo cierto es que la Constitución europea no está muerta pese a los deseos de los eurófobos. La mejor prueba de cuanto afirmo acaba de darla Angela Merkel, presidenta del Gobierno alemán, para quien la entrada en vigor del Tratado constitucional constituye la prioridad de la Presidencia del Consejo de la Unión Europea que echará a andar el primero de enero. Vayamos al estado de la cuestión. De los veintisiete países que componen la Unión Europea, dieciocho de ellos- -que representan a 272 millones de europeos- -han ratificado el Tratado constitucional firmado en Roma el 29 de octubre de 2004; en otros dos (Francia y Holanda) el referéndum consultivo obtuvo un resultado negativo y los siete restantes (Chequia, Dinamarca, Gran Bretaña, Irlanda, Polonia, Portugal y Suecia) se encuentran en el ambiguo estatus del no sabe, no contesta Siempre he creído que la Europa unida es la Europa del éxito; pero sin los instrumentos constitucionales apropiados tal premisa es sólo papel mojado C no de ellos el respaldo al texto constitucional baja del 50 por ciento. Por todo ello, la entrada en vigor de la Constitución se ha convertido en el leitmotiv de la Presidencia alemana del Consejo. Pero no sólo de la señora Merkel; otros grupos relevantes de personalidades europeas como el Comité de Acción por la Democracia en Europa, nucleado en torno a Giuliano Amato, reman en la misma dirección. Dos momentos serán especialmente relevantes. El veintinueve de marzo conmemoraremos el quincuagésimo aniversario de los Tratados de Roma; será una inmejorable ocasión para recordar los efectos positivos de cinco décadas de construcción europea, analizar y afrontar los retos del presente y reafirmar las razones por las que los europeos queremos seguir viviendo y actuando juntos. El momento clave tendrá lugar en junio, después de las elecciones presidenciales de Francia: el Consejo europeo que pondrá fin a la Presidencia alemana deberá fijar la hoja de ruta del renovado proceso constitucional. ¿Quéhasucedidoenestosúl- timos meses para que el Tratado constitucional haya pasado de ser objeto de requiems a objeto de deseo? En primer lugar, ha prendido la idea según la cual el Tratado constitucional europeo era una palmaria necesidad y no un capricho de mentes ociosas. La diferencia entre los Tratados actualmente en vigor y el Tratado constitucional puede comprenderse mejor a la luz del siguiente ejemplo: los Tratados actuales son como un minibús construido en los años cincuenta para seis plazas, elnúmero delos Estadosfundadores delas Comunidades europeas. Se trata de un minibús contaminante, con demasiados kilómetros encima, con las ruedas desgastadas, sin dirección asistida ni airbags, sin aire acondicionado ni GPS. El Tratado constitucional es como un autobús recién salidodefábrica, donde pueden acomodarse los actuales veintisiete Estados miembros y cuenta con los mayores adelantos técnicos y las más altas prestaciones de seguridad. Durante la campaña referendaria en Francia o en Holanda a algunos les pareció insuficiente por no haber incorporado hilo musical o no ser de plasma las pantallas de su televisor y lo rechazaron. Craso error, porque, ÁNGEL CÓRDOBA aúncon defectos que nadie ha negado, la distancia entre el minibús de los años cincuenta y el autobús de 2004 es sideral. El minibús circula, sí, pero a qué velocidad y con qué incomodidades. En estos últimos meses, los europeos hemos comprendido que mientras no entre en vigor el Tratado constitucional seguiremos viajando en aquel minibús de los años cincuenta concebido para albergar a seis pasajeros y donde hoy han de hacinarse veintisiete. En segundo lugar, el periodo de reflexión abierto tras los noes en Francia y Holanda ha permitido explicar lo que en estas mismas páginas denominé hace casi un año el coste de la No Constitución es decir, las desventajas que ocasiona a los europeos la falta de adopción del Tratado constitucional: seguimos sin hablar con una sola voz en política exterior porque carecemos de instituciones adecuadas o de instrumentos eficaces; no se ha avanzado ni un milímetro en materia de seguridad y defensa y la reciente Presidencia finlandesa ha sido incapaz de dar el más modesto paso en el ca- pítulo de la inmigración. La crisis abierta con Rusia a causa del suministro energético ha puesto de manifiesto la imposibilidad de llevar a cabo una política energética europea ante la ausencia de una base legal que, en cambio, sí proporciona el Tratado constitucional. Finalmente, parece cada vez más claro que la Europa de hoy carece de instituciones eficaces y de procedimientos democráticos adecuados para hacer frente al nuevo mundo que nos ha tocado vivir y que conocemos con el nombre de globalización. Siempre he creído que la Europa unida es la Europa del éxito; pero sin los instrumentos constitucionales apropiados tal premisa es sólo papel mojado En estos últimos meses los europeos parecen haber reaccionado ante la parálisis constitucional. Así lo muestra el eurobarómetro publicado a finales de diciembre y según el cual el apoyo a la Constitución europea ha ganado seis puntos en el conjunto de aquellos países que todavía no la han ratificado y, aún más, salvo en Gran Bretaña, en ningu- prometo ocuparme de ello en una futura entrega, aventuraré un principio y dos ideas. En el primer caso, dudo mucho que el resultado final sea muy distinto del aprobado en Roma, porque no existe una alternativa realista a lo debatido en la Convención y negociado y acordado por los Gobiernos en la Conferencia intergubernamental. Respecto a las ideas, la primera consiste en aplicar la máxima del Príncipe Salina: Algo tiene que cambiar para que todo siga igual con objeto de mantener la sustanciadelproyecto tal y como ha declarado el ministro de Asuntos Exteriores alemán, Steinmeier, lo que enlaza con el interés de los españoles que aprobaron la Constitución abrumadoramente en referéndum. La segunda idea consiste en mejorar el texto constitucional: deberán reducirse drásticamente los 323 artículos que componen la parte tercera del texto; a fin de cuentas, la mayoría de sus disposiciones están en vigor. Con ello, resaltaremos el carácter de Tratado plus del proyecto. En cualquier caso, todo el mundo coincide en un punto: la Presidencia alemana constituye el último cartucho para solventar el imbroglio constitucional. Hace muchos años alguien preguntó a Heinrich Heine cuál era el país en el que le gustaría morir. El poeta alemán no pensó en Francia, donde había vivido largos años de su vida, ni en Italia, el país donde florecen los limoneros respondió que le gustaría morir en Inglaterra y añadió la razón: Porque allí todo sucedecon cien años deretraso Confío en que después de junio, tal afirmación no pueda hacerse de Europa. Aunque