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ABC VIERNES 29- -12- -2006 VIERNES deESTRENO 81 cosecha de 2006 INFILTRADOS Martin Scorsese vuelve a ser uno de los nuestros Estados Unidos, 2006 sDirector: Martin Scorseses Actores: Leonardo DiCaprio, Matt Damon, Jack Nicholson, Mark Wahlberg, Alec Baldwin, Martin Sheen Jack Nicholson y Matt Damon en una escena de Infiltrados FEDERICO MARÍN BELLÓN Cuando uno de los grandes da a luz, urge saber si su nuevo retoño se parece a sus hermanos mayores. El crítico se encuentra en la tesitura de apresurarse a describir la criatura o empezar por situarla en el escalafón. Uno no ha abandonado todavía la oscuridad de la sala cuando ya lo asalta la reflexión de si estos Infiltrados son tan bien parecidos como Uno de los nuestros y Casino las dos últimas obras maestras indiscutibles, además del documental No direction home de uno de sus principales hacedores en el último medio siglo. Completemos este preámbulo con otra disquisición accesoria. Es bueno que el espectador sea exigente y añore los tiempos dorados, pero no menos de una docena de los más importantes directores que ha dado el cine están vivos y coleando (y al menos uno es español) Dicho de otro modo, no tenemos nada que envidiar al público de los años cuarenta y cincuenta. Ellos tenían sus ventajas y su glamour, pero no podían disfrutar las películas de Francis Ford Coppola, Woody Allen, Alejandro González Iñárritu y Won Kar Wai, por poner cuatro ejemplos de su padre y de su madre. En fin, que la viga en la nostalgia propia no nos haga buscar pajas en el gran cine que aún ruedan unos cuantos. Porque es cierto que Infiltrados no revolucionará la historia del séptimo arte. Incluso se la puede considerar un plagio, tan innecesario como cualquiera, puesto que se inspira en un filme del hongkonés Siu Fai Mak que ya era excelente, aunque casi nadie lo haya visto y, lo que es más revelador, se pareciera al estilo de Scorsese hasta las cejas, por lo que es difícil determinar en qué momento preciso empezó a morderse la cola esta pescadilla. De cualquier modo, si apartamos estas dos briznas de la lente privilegiada de su autor, podremos contemplar en su verdadera magnitud lo que quizá sean las dos horas y media más cortas de la historia. Lo más llamativo de la película es lo endiabladamente bien que se narra una historia complejísima, no ya por la pro- fundidad de sus implicaciones morales, sino por el modo magistral con que el cineasta sujeta esta enorme marioneta sin que se enreden sus hilos. Si les parece fácil, vean cómo embrolla la madeja de La dalia negra un director otras veces tan competente como Brian de Palma. Y lo mejor de todo: Scorsese escribe con la engañosa sencillez del autor de cuentos infantiles este cruce de lealtades y traiciones sin recurrir al más fácil de los recursos, la voz en off que el neoyorquino ha elevado a la categoría de arte. En efecto, es interesante revisar la película para comprobar si el maestro se mira al espejo más tiempo del debido. Cuesta encontrar momentos de respiro para entregarse a la comparación sin disimulo, pero es fácil arrellanarse en el placer de volver a ver al viejo en forma y confundir ese calorcillo de satisfacción con la conclusión de que nuestro querido Martin nos ha vuelto a colocar una receta ya probada. Es durante ese movimiento imperceptible de la cuchara del gusto, en mitad de la duda, cuando comprendemos que el muy canalla ha aprendido a llegar igual de lejos incluso después de matar al narrador. Pareciera que entre los que partieron hubiera incluido esa figura, estilizada en títulos anteriores gracias a su ejemplar juego de espejos, pero recurso algo rechoncho al fin y al cabo. De limitaciones y excesos Otra gran virtud de la película y de la filmografía entera de Scorsese es la habilidad con que viste a cada personaje con el actor idóneo. Puede ser tan obvio como regalar una piñata de excesos a Jack Nicholson (y conseguir que no dé ni un palo de ciego) Al mismo tiempo, ha diversificado la carrera de Leo DiCaprio hasta dar con el enorme actor que el niñato llevaba dentro. Igual de bien se ajustan las virtudes y limitaciones de Matt Damon a su papel de infiltrado. Incluso Mark Wahlberg, discretamente apartado a las sombras de este enjambre de traiciones y vueltas de tuerca, aparece en los momentos justos. Se pueden glosar muchas más excelencias de este excelente filme. Baste decir que durante su proyección, y me consta que no fui el único, llegué a desear que no apareciera nunca el fatídico The end