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56 AGENDA Tribuna VIERNES 29 s 12 s 2006 ABC Miguel Torres Periodista UNA HISTÓRICA OPERACIÓN DIPLOMÁTICA reconocimiento de la URSS, aunque la llegada del embajador soviético, Marcel Rosemberg, se retrasó tres años, hasta agosto del 36, con la guerra recién iniciada. Era un gran salto histórico el que realizó Marcelino Oreja para, durante tres días, enfrentarse con el gran mito de la diplomacia soviética, Andrei Gromyko, conocido como Mr. Nyet (Mr. No) H ACE treinta años, en diciembre, Marcelino Oreja, ministro de Asuntos Exteriores en el primer gobierno formado por Adolfo Suárez seis meses antes, ultimaba una espectacular operación de apertura al Este que iba a desembocar semanas después, en el arranque de 1977, en el establecimiento de relaciones diplomáticas con Rumania, Bulgaria, Yugoslavia y Polonia, y un mes más tarde con la URSS, Checoslovaquia y Hungría. La dimisión de Carlos Arias Navarro y el nombramiento por el Rey, a propuesta de una terna cuidadosamente preparada, de Adolfo Suárez, como jefe del gobierno, permitía desarrollar una acción exterior que ya había pergeñado José María de Areilza durante los seis meses en que había tenido que burlar, como primer ministro de Asuntos Exteriores de la Monarquía, el férreo marcaje de Arias Navarro anclado en el inmovilismo y explicar en las principales cancillerías occidentales que España se dirigía hacia un régimen democrático basado en la legalización de los partidos políticos, incluido el comunista. Marcelino Oreja conocía perfectamente los objetivos de la política exterior española porque había sido subsecretario con Areilza y porque sintonizaba muy bien con el Rey. E E l establecimiento de relaciones diplomáticas con siete países del Este terminaba con casi cuarenta años en los que a los españoles les estaba prohibido oficialmente viajar a la Unión Soviética y sus satélites, y se daba el paso previo hacia la inminente legalización del partido comunista español, el gran tabú de aquellos años. La transición había dado un paso fundamental en el terreno diplomático y fue el propio Marcelino Aguirre quien culminó el proceso cuando, dos años después de normalizadas las relaciones, visitó oficialmente la Unión Soviética. Era el primer viaje oficial de un ministro español de Asuntos Exteriores desde que Julio Álvarez del Vayo (ministro de Estado se denominaba entonces la cartera) estuvo en el Moscú de Stalin durante la guerra civil en busca de ayuda. E l desencuentro hispanosoviético había sido muy largo. Tras el asesinato de la Familia Imperial y el triunfo bolchevique las relaciones entre ambos países quedaron rotas en noviembre de 1918, cuando el gobierno de Madrid comunicó a su embajador, Gómez Contreras, que se retirara. En julio de 1933, Fernando de los Ríos, ministro de Estado de la República, anunció el ra un gran salto histórico el que realizó Marcelino Oreja para, durante tres días, enfrentarse con el gran mito de la diplomacia soviética, Andrei Gromyko, conocido como Mr. Nyet (Mr. No) por su obstinación en la negativa, en el veto, en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas desde finales de los cuarenta. Casi medio siglo de actividad profesional navegando- -y sobreviviendo a crisis y purgas- -entre los otros tiburones del Kremlin avalaban la valía de ese hombre frío, pálido y hermético, que había sido embajador en la ONU, en Londres, en Washington (simultaneando la embajada con la de La Habana, dato curioso) y, finalmente, ministro de Asuntos Exteriores. Recuerdo a Marcelino Oreja junto a Gromyko presidiendo, desde el que había sido palco imperial del teatro Bolschoi, una representación de Cascanueces Nuestro ministro firmó acuerdos de cooperación científica, técnica y cultural, negoció sobre el posible retorno a España de miembros de una colonia de cuatro mil españoles formada por los que habían sido niños de la guerra, pilotos y marinos republicanos de instrucción en 1939 en la URSS y algunos excombatientes de la División Azul, hizo una firme defensa de los derechos humanos conculcada por los Estados totalitarios, y dejó consolidada una nueva etapa en el nacimiento de la España democrática. A treinta años de distancia nada queda de aquella Europa comunista con la que establecimos relaciones. Basilio Rodríguez Cañada Escritor y presidente del PEN Club de España LITERATURA FEMENINA ESPAÑOLA DE POSGUERRA D Todas ellas viven y escriben en las islas de su yo y ninguna es ajena al tiempo que les corresponde vivir URANTE el primer tercio del siglo XX, en nuestro país tuvo escasa o nula resonancia la literatura escrita por mujeres. Las diferentes generaciones literarias, primero la del 98 y después la del 27, excluyeron de facto a la mujer, acaparando protagonismo y relanzando la preponderancia, cuando no exclusividad, de la literatura escrita por hombres, aunque no siempre masculina en su esencia. Pero, una vez terminada la guerra civil española, comienzan a surgir nuevas voces de mujeres que logran transformar el pa- norama literario y a tomar posesión del lugar que les corresponde por derecho propio, y que ostentan en la actualidad. A partir de la década de los cuarenta, como muy bien refleja Irina Darlée, aparecen un grupo de autoras que, dentro del universo literario, brillarán con luz propia. Es el caso de Ana María Matute, una buena escritora de mucha fuerza descriptiva y narrativa, que publicó Los hijos muertos en 1958. Unos años antes, en 1948, Carmen Laforet publicó su novela Nada, con gran repercusión de crítica y público, suerte que no corrieron sus siguientes títulos, La isla y los demonios y La mujer nueva, de menor fuerza y calado. E ran los años en los que triunfaba Cela con La familia de Pascual Duarte. También gozaba de notoriedad Concha Espina, que había publicado ya La luna roja y Esclavitud y libertad durante la guerra civil. Esta autora desveló el secreto de Machado en Guiomar machadiano. Por entonces vivían aún Azorín y Pío Baroja, dos excelentes narradores, de la difícil sencillez el primero y de una gran fama novelística el segundo. Dolores Medio, Carmen Martín Gaite, Elena Soriano y, sobre todo, Elena Quiroga, esta última con sus novelas, La sangre, La enferma, Algo pasa en la calle, El árbol y La carreta, tuvieron un gran éxito. Es decir, las mujeres narradoras triunfaron más que los hombres en esas décadas de su boom editorial. La literatura escrita por mujeres, empieza a dejar de lado las experiencias que nacen de los conflictos con el hombre amado y comienza a relatar su propio proceso de emancipación. Todas ellas viven y escriben en las islas de su yo y ninguna es ajena al tiempo que les corresponde vivir. E l movimiento pendular de la historia iniciaba así su cambio de sentido.