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ABC MARTES 26 s 12 s 2006 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA REFORMA PERALES L mejor homenaje que le podía hacer el PSOE al recién desaparecido Alfonso Perales, cuya prematura muerte deja un hueco insondable en la cordialidad y la humanidad de la política, sería el de recuperar y promover la proposición de ley que presentó hace unos años para elegir a los alcaldes a doble vuelta y acabar con la inescrupulosa mercadería de las bisagras y los pactos poselectorales contra la voluntad popular. Perales, que bajo su mirada guasona de gaditano zumbón escondía un tipo serio y responsable con gran sentido político, firmó IGNACIO en nombre de los socialisCAMACHO tas una propuesta esencial para la regeneración de las instituciones locales, zarandeadas cada cuatro años por una desvergonzada subasta de apoyos que se deriva del actual sistema electoral, propicio a pactos y componendas que en numerosas ocasiones subvierten con toda evidencia la expresión de la soberanía ciudadana. Ninguna ocasión mejor para hacerle justicia a su trabajo con verdadera voluntad de avanzar hacia una mayor calidad democrática. Se trataba de algo muy simple: celebrar las elecciones locales a doble convocatoria, de tal modo que los alcaldes fuesen elegidos directamente por el pueblo entre los candidatos de los dos grupos más votados en la primera vuelta, tal como sucede, por ejemplo, en Francia. La lista ganadora sería compensada con un redondeo de concejales para evitar que la Alcaldía quedase en minoría a merced de una Corporación de signo contrario. El inconveniente más notorio de esta idea consiste en la baja participación que probablemente provocaría en la primera ronda, pero se compensaría de sobra con la movilización de la segunda, y desde luego su gran virtud reside en la posibilidad de acabar con el mercado negro que permite a ciertas minorías erigirse en árbitros de la política local- -y autonómica, como en el caso de ERC en Cataluña- -y quedarse con las concejalías de mayor influencia y peso en clara desproporción con su apoyo real entre los ciudadanos. El asunto repercute de manera directa, además, en la lucha contra la corrupción; no resulta en absoluto casual que la delegación de Urbanismo sea siempre el eje central de estos lucrativos pactos poselectorales. La iniciativa decayó por falta de interés en el propio PSOE, que quizá se supiese beneficiario del actual sistema, y porque el PP que tampoco las tenía todas consigo, prefería que la reforma consistiese en otorgar la Alcaldía directamente a la lista más votada, a una sola vuelta. Unos por otros, como siempre, lo dejaron para mejor ocasión y prefirieron continuar con un sistema que les permite aprovecharse de sus defectos y echarle en cara al contrario que haga lo mismo cuando le conviene. Los merecidos elogios póstumos a Perales bien podrían ir ahora acompañados de un acuerdo para hacerle justicia; yo hablé con él muchas veces de este asunto, y lamentaba su abandono como una rémora de esta política enquistada en partidismos sectarios. Inmejorable momento sería de rendirle homenaje a su ensalzada tarea y bautizar como ley Perales esta reforma imprescindible para la higiene de la vida pública. E UN BELÉN SIN ESTRÉS IENE a ser un manierismo, un capricho de nuestro tiempo, que las vacaciones generen ansiedad. En Navidad, comprar, consumir por placer, produce ansiedad en no pocos países. No en el más alto grado en España, por ejemplo, aunque todo llegará. Después de siglos de carestía, la humanidad padece de ansiedad al comprarse un pavo trufado para consumirlo entre Navidad y los Reyes. Ese ocio- -según las estadísticas- -magnifica el estrés. De eso no se sabía nada hace dos mil años, cuando los pastores llegaban a Belén para saber qué estaba pasando en aquel portal iluminado por los kilovatios del misterio. Para solventar esa ansiedad, uno no piensa en lo que está haciendo con su vida: generalmente compra más, consume, se agota. Están luego las terapias alternativas de los balnearios, hacer kilómetros en una bicicleta estática. Buen analista de la hipermodernidad, Lipovetsky dice que los individuos supermodernos están a la vez más informados y desestructurados, son más adultos y más inestables, están menos ideologizados y son más deudores de las modas, son más abiertos y más influenciables, más críticos y más superficiales, más escépticos y menos profundos. Somos consumidores volubles, VALENTÍ fragmentados, desregulados pero no PUIG tanto en Navidad. Hay que estar algo desestructurado para llegar hasta Belén y sentir ansiedad cuando los coros cantan Adeste fideles Hay que estar profundamente enajenado por los arcaísmos ideológicos como para- -según ha hecho Izquierda Unida en Morón de la Frontera- -enviar felicitaciones navideñas en las que se compara la muerte del Che Guevara con la muerte del Jesucristo nacido en un portal de Belén. Característicamente, la Navidad es algo para compartir todas las gentes de buena voluntad. Compartimos júbilo y costumbres, una emoción sin nombre y la celebración de un antiquísimo misterio. ¿Qué hay de intrínsecamente malo en celebrar la Navidad también comprando? No es paradoja que al mismo tiempo sea una gran ocasión para la caridad y el altruismo. Deseamos agradar al prójimo, agasajar ex- V cepcionalmente, dar a los nuestros lo que les gratifica, compartir el beneficio de un esfuerzo mientras nos apresuramos para llegar al almacén de las videoconsolas, a la gran superficie que vende árboles de Navidad, a la tienda esa de fiambres. En la noche de Belén, el estruendo originario de la creación llegaba a su segunda fase con un big bang humilde y rústico, a la espera de unos Reyes de Oriente que llegarían como séquito de una estrella indiciaria. Acudían al aparecer de la verdad en lo más oscuro de la noche. El niño Jesús iba a recibir a todos, llegado para redimir a los hombres, puesto en el mundo para celebrar la gloria. Estos días algo del amor de Belén está en los sms que entrelazan presencias en la distancia, en las canciones que hablan de Navidades blancas, en las viejas películas que relatan fiestas navideñas bajo la nieve, cruzadas por el largo convoy de los sueños y de las esperanzas. Un parpadeo de pequeñas luces trepa por el árbol de Navidad y traza sobre el cielo del belén doméstico el vigor astronómico de lo que uno cree desde que era niño. Ahí la ansiedad se desintegra en mil pedazos y una bendición elemental confirma nuestro destino de cada año, pasajeros del gran Montgolfier que va a anclar en las ariscas tierras de Belén de Judá. Luego se escribieron los cuatro evangelios y la vida de aquel recién nacido resulta ser el nacer más decisivo del planeta, hasta ese día de hoy que celebramos como sabemos, con la tarjeta de crédito en una mano y parte del corazón en la otra. Cuando se niega la posibilidad de grandes relatos, ahí está el mayor de todos. Cada año nos coge metiendo en el ascensor un oso de peluche o una caja de vino tinto. Son formas quizá triviales de celebrarlo, pero no todo es la impaciencia de comprar y consumir, no todo es la consumación instantánea del deseo. Andamos en busca de seguridad, de certidumbre. Sabemos que la hubo y la hay en aquel portal de Belén. Tan frágiles como somos, tan etiquetados con nuestra fecha de caducidad, la llegada de la Navidad nos alerta de aquella memoria de la eternidad que tanto se olvida pasando el año en los dominios del todo a cien. vpuig abc. es