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ABC DOMINGO 24- -12- -2006 11 José Varela Ortega, en la Fundación Ortega y Gasset timas lo asuman por doloroso que les resulte. Algo hay que ofrecer y, a cambio de negarse a hablar de política, sólo resta hacer concesiones individuales, sangrantes pero probablemente inevitables. Lo vedado, con este tipo de grupos, es hacer concesiones políticas. Por dos razones: la primera y principal, porque ningún gobierno, ni siquiera Parlamento alguno, representa nuestros derechos individuales, que son ilegislables, indelegables y no van en nuestra papeleta de voto. Porque la vida y la libertad de cada uno de nosotros, que son las que los terroristas ponen encima de la mesa como prenda, proponiéndonos devolvérnoslas en el trueque, habrán dejado de ser derechos fundamentales e individuales para convertirse en concesiones a merced de cualquier pistola. Además, porque el remunerar la violencia produce un efecto imitativo y multiplicador. Estos sistemas democrático- parlamentarios se inventaron precisamente para integrar problemas y expulsar la violencia; que no al revés, como suelen creer demasiados mediadores bien intencionados, pero equivocados. esos años tenebrosos- y expone: ¿Sabéis qué me dicen? Que quieren acabar con perdón y reconciliación No es cierto que aquí se haya hecho un ejercicio de amnesia colectiva. En 1986 se conmemoró el medio siglo de la Guerra Civil con toneladas de papel y kilómetros de película, pero se produjo una reacción, muy sensata pero espontánea, sin toque de corneta en el BOE, que fue la de no utilizarlo políticamente. No se hizo un juicio sino un ejercicio de exposición y comprensión. Desde el punto de vista del sistema, querer a estas alturas utilizarlo políticamente es descabellado y su rentabilidad electoral, harto dudosa. El revanchismo es un despropósito, amén de una quimera. El único rédito que podemos sacar de haber soportado 40 años de dictadura es que el proceso se haya realizado de manera muy civilizada: de la ley a la ley, y sin represalias ni revanchas. Lo que no tiene sentido es demorarnos 40 años y luego hacer una liberación a la francesa o la italiana, donde miles de personas fueron ejecutadas sin juicio previo, como supuestos colaboracionistas. La reparación de enormes injusticias individuales se puede- y se debe- hacer. Que algunos casos se hayan visto injustamente relegados no debe servir como coartada- hablo desde el punto de vista del sistema- para enfangarnos en una guerra de esquelas, combinada a una suerte de arqueología de lo macabro. Es cosa de mala factura y peor estilo, que no traerá más que problemas. Sabemos lo que ocurrió en Badajoz y Sevilla, y lo que pasó en Paracuellos, o en Barcelona y en demasiados pueblos durante y después de la Guerra. Lo sabemos casi todo. No ha habido ninguna amnistía histórica Lo que hay es ignorancia y pereza para leer lo que hace muchísimo tiempo está a disposición de todos. El sambenito de franquistas se cuelga a gente del PP que no vivió el franquismo ni la guerra Vencedores y vencidos buenos y malos Esa es la guerra de nuestros abuelos o bisabuelos. No es nuestra guerra Con la memoria histórica han malbaratado la gran obra de González y Guerra tico- totalitario, que, no sólo justifica, incluso obliga a la acción. Las preposiciones adecuadas, pues, son cuándo, cómo y dónde pueden poner la bomba, con o sin guerra de Irak. Intentaron volar la Audiencia Nacional (y podían haber provocado una tragedia mayor que la de Atocha) después de que fuéramos buenos y hubiéramos abandonado Irak. De una preposición inapropiada a una proposición equivocada que nos ha conducido a una decisión, cuya ejecución, más atropellada que negociada, ha resultado en una reducción de apoyos sin disminución de riesgos. Es así de crudo. Otro ejemplo de confusión mental puede encontrarse entre la algarabía de explosivos y teléfonos: la dinamita suele estar en las minas, los dispositivos telefónicos para atentados los fabrican y mercadean grupos terroristas, la hipotética conexión entre unos y otros y el atentado puede establecer, si acaso, una relación de probable coincidencia instrumental, sin necesidad de fundamentar una relación orgánica de causalidad. El preámbulo del Estatuto de Cataluña es otro ejemplo de pensamiento desordenado. Los países no modelan paisajes no son seres vivos ni eternos. Doña Cataluña no define nada, España tampoco. Todo eso no es más que quincallería romántico- nacionalista de baja condición intelectual. Cuando se habla de España (o de Cataluña) omitiendo en el sujeto a los españoles se empieza a atentar contra el principio democrático de ciudadanía. Y se termina por hablar de leyendas del pasado, en lugar de hacer propuestas de futuro. Como decía Nietzsche, la patria es la de los hijos. Intentemos no convertirnos en un país de antepasados, como ironizaba Kant. ¿Qué echa en falta usted para vertebrar España? -A mi juicio aquí sólo han ocurrido dos cosas verdaderamente relevantes. La primera es el resquebrajamiento de nuestra relación con EE. UU. una política que había cumplido 60 años y que, aunque el general Franco la emprendiera para salvar el pellejo, sirve a nuestros intereses generales. Como decía Adam Smith, la única ley de la historia es la de la geografía. Sentada firmemente nuestra integración en Europa: ¿qué otra política, fuera de la americana, puede hacer un país bioceánico y bi- continental, portaviones entre el Atlántico y Medio Oriente, que tiene un problema estructural de seguridad en el Estrecho, habla español y ha invertido 80.000 millones de dólares en América? Uno puede salirse de la foto, pero no del mapa. Y aquí nos han sacado del mapa. Y el segundo hecho relevante es haber roto el pacto constitucional del 78. Si lo formulamos en matemática electoral, deberíamos decir que los dirigentes socialistas actuales han cambiado de socio constituyente, sustituyendo al 35 o 40 del voto de los populares por el 8 o 9 de los nacionalistas. En suma, el actual gobierno socialista ha encabezado una especie de rebelión de élites políticas (profesionales) frente a las masas (de votantes) A corto plazo- lo hemos visto en Galicia- es una buena idea electoral, pero originará costos estructurales quizá inabordables. Otra cuestión es que una oposición malhumorada y huérfana de serenidad y matices haya nublado y enmarañado esos dos hechos fundamentales entre asuntos episódicos, cuando no irrelevantes. Aquí hay que reconstruir una política internacional estable, fundamentada en intereses ciertos y sólidos que no en pájaros y flores de Kofi- Anan; y rehacer un pacto constitucional, base de nuestra estabilidad. Eso desde el punto de vista del sistema. Si uno argumenta desde la óptica de partidos nacionalistas debemos reconocer que la relación voto- poder de la acción nacionalista arroja un resultado espectacular, aprovechando un sistema electoral proporcional en el contexto de una Constitución abierta. El asunto es si los grandes partidos reaccionarán, retomando la senda del acuerdo constitucional para integrar a los nacionalistas en el sistema, o todos continuarán la obra de demolición del Estado. Una cuestión que tendría un interés exclusivamente académico si no fuera porque estamos dentro de una probeta que el alquimista parece manejar a ritmo de coctelera. ¿La guillotina seca como llama al golpe militar de 1923, es el comienzo en la cadena de disparates catastróficos que culmina en la Ley de memoria histórica? -Fue, en efecto, el inicio de una forma de razonar desordenada que terminó en tragedia. Y hoy, lo más preocupante otra vez es el desorden de pensamiento. Le pongo un par de ejemplos: primero, la ligereza en el manejo de preposiciones; a saber: nos pusieron las bombas del 11- M por- (que) estábamos en Irak. Esa falaz relación de causalidad es más propia de un exorcismo judeo- cristiano que una deducción racional. No hay un solo texto de violencia terrorista que introduzca ese tipo de preposición justificativa. Los terroristas tratan de imponer un régimen teocrá- ¿El objetivo de esa Ley es trazar una línea entre vencedores y vencidos buenos y malos franquistas y no franquistas -Ésa es la guerra, nunca mejor dicho, de nuestros padres y abuelos. Lo contrario a nuestra reconciliación democrática. Ya en los años cuarenta, Indalecio Prieto se pronuncia contra el séquito horrendo de la sangre De forma conmovedora, confiesa que ha recibido cartas de gentes condenadas a muerte- que no fueron pocas en