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ABC DOMINGO 24 s 12 s 2006 OPINIÓN 3 LA TERCERA LOS OPTIMISTAS MIENTEN Este Gobierno se ha caracterizado por destruir las certezas de la sociedad española: la certeza de la perdurabilidad de la Constitución; la certeza de la reconciliación labrada en la Transición; la certeza de nuestro papel internacional y la certeza de que los terroristas no obtendrían ni un solo beneficio político... A frustrante entrevista entre el presidente del Gobierno y el del Partido Popular da la razón al vocero de Batasuna que afirmó que los optimistas están mintiendo es decir, que aquellos que depositan- -en las actuales circunstancias- -esperanza alguna en que el llamado proceso de paz prospere hacia el final de la violencia terrorista de ETA, sin pagar por ello precio político, o están confundidos o simulan unas expectativas que sólo pueden ser negativas. Sin embargo, Rodríguez Zapatero sigue moviéndose en lo que Michael Ignatieff ha definido como la moral del mal menor Según esta teoría- -criticada por el autor cuando es aplicada para desequilibrar el binomio libertad- seguridad en la lucha contra el terrorismo- -sería preferible el mal menor de ceder a parte de las reivindicaciones de los etarras con tal de evitar el mal mayor de sus crímenes, destrucciones y coacciones. Así, los teóricos del proceso relativizan la importancia de los conceptos jurídico- políticos que, introducidos en nuestras leyes como principios dogmáticos del sistema, son los que los terroristas combaten, tales como el de soberanía, nación y estado. l propio presidente del Gobierno se ha encargado de descargar de fuerza política algunas proclamaciones constitucionales- -es el caso de su afirmación sobre el carácter discutido y discutible de la nación española- -para, así, facilitar el tan manoseado proceso con la banda terrorista ETA. Los que, ante esta estratagema de relativización, se declaran optimistas son descalificados, sin embargo, por los epígonos de la banda porque ésta no está envidando a la chica sino lanzando un órdago a la grande, dicho sea en términos propios del juego del mus tan arraigado en el ocio de la sociedad vasca. Frente a los políticos escépticos afectos a la moral del mal menor- -así los considera Ignatieff- los dirigentes etarras y batasunos muestran un maximalismo teórico y práctico- -por eso arden en pompa los autobuses en las calles de San Sebastián y siguen chantajeados empresarios y profesionales en todo el País Vasco- -que desvencija cualquier estrategia de contemporización que el Ejecutivo- -de palabra o de obra- -quiera introducir en el contexto político del proceso Los terroristas exigen la impunidad judicial de sus crímenes y, además, dan por supuesto que tienen derecho a la interlocución con los demás partidos en una mesa extraparlamentaria que subraye la ilegitimidad del actual sistema autonómico vasco. Que el presidente del Gobierno no garantice al líder de la oposición que Batasuna no será legalizada hasta que ETA deje las armas de modo definitivo y que no habrá conciliábulos con sus dirigentes al margen del parlamento vasco, constituye un serio aviso sobre la profundidad con la que la moral del mal menor ha calado en el Gobierno. Por eso, denunciar la falta de certidumbre al respecto no es- -como mal supone la vicepresidenta del Gobierno- -ni banal ni sobreabundante sino un requerimiento alarmado para obtener garantías acerca de la integridad del sistema constitucional y autonómico. Este Gabinete se ha caracterizado por destruir las certezas de las que disfrutaba hasta hace poco la sociedad española. La certeza de la perdurabilidad de la Constitución de 1978 se ha evaporado con construcciones jurídicas como el Estatuto catalán; la certeza de la reconciliación labrada durante la Transición ha sucumbido en el oleaje furioso de la llamada memoria histórica la certeza de nuestro papel internacional se ha distorsionado hasta la caricatura y la certeza de que los terroristas etarras no obtendrían ni un solo beneficio político después de su sanguinaria trayectoria en la ruta democrática española de las últimas tres décadas se ha convertido en una gran, enorme e inquietante duda en el conjunto de la sociedad española. a resistencia del fenómeno terrorista en España hace que los afectos a la moral del mal menor- -es decir, los optimistas sobre la suerte del proceso de paz -sean muchos. El escepticismo de los relativistas constituye una forma de resignación amoral que sirve tanto para combatir el terrorismo por procedimientos intolerables en un régimen democrático- -como sucedió con los GAL- -como para apaciguarlo con cesiones de carácter político, tal como podría estar sucediendo ahora. Pero existe otra vía de combate contra los terroristas: la emprendida con el pacto antiterrorista, la presión policial y la implacabilidad de la ley en su aplicación por los jueces y tribunales y la denuncia pública y terminante de la ideología matricial de los terroristas, que es la nacionalista. Los pesimistas- -aquellos que no militamos en la moral del mal menor- -creemos que es preciso interpelar al PNV y a EA para que rompan la comunidad de fines con ETA. Ambos partidos también quieren la territorialidad y la autodeterminación; y en tanto la deseen y alimenten su estrategia señalando la anexión de Navarra como un desideratum programático y la soberanía vasca como corolario lógico de una historia inventada y una voluntad social jamás consultada a tal efecto en el País Vasco, ETA se sentirá legitimada como vanguardia de ese nacionalismo irredento. En definitiva, hasta que la filosofía política que informó el denominado plan Ibarretxe no decaiga definitivamente en el PNV y en EA- -y en todas las demás fuerzas adheridas a aquella frustrada iniciativa- la banda terrorista continuará pretendiendo una negociación política y, por supuesto, la impunidad por los crímenes cometidos. En ese clima de reivindicación nacionalista permanente la erradicación del terrorismo etarra- -que es un terrorismo nacionalista- -es más difícil que en cualquier otro contexto. El propio devenir, accidentado y desconcertante, del proceso de paz en Irlanda- -donde la autonomía sigue suspendida- -demuestra que la violencia amparada en la coartada nacionalista se comporta como un elemento casi estructural de la convivencia social y política. La moral del mal menor que plantean los optimistas del actual proceso encarna, en realidad, el peor de los escepticismo sobre la superioridad del sistema democrático, y, justamente, ese es el objetivo permanente del victimismo nacionalista impasible a las cesiones parciales- -pero muy consistentes- -que han debilitado al Estado. o es extraño así que la paz en el devenir de la historia- -la auténtica, aquella que se deriva de la libertad- -se haya logrado siempre desde la fortaleza política y ética. La moral del mal menor que profesan los socialistas concernidos en la puesta en marcha e impulso de este malhadado proceso quiere empujar a la opinión pública hacia un optimismo que es denunciado como mentiroso por los propios etarras. La banda y sus dirigentes están jugando al todo o nada ante unos interlocutores que han cometido el tremendo error de romper a machetazos dialécticos y gestuales- -por ahora- -el elenco de certezas en las que se ha sostenido la otrora ejemplar transición democrática española. Cuando a un pueblo se le resta seguridad en función de expectativas improbables y de apuestas inverosímiles basadas en el optimismo antropológico de un dirigente político, se produce un espejismo que pasa- -antes o después- -una enorme factura material y moral. Y en esa tesitura estamos: bajo la batuta de los optimistas, partidarios de solucionar problemas apostando por el mal menor, ese que llevó a Chamberlain al apaciguamiento con Hitler mientras Churchill preconizaba sangre, sudor y lágrimas Aquel era un optimista frívolo; éste fue un pesimista lúcido. Y así lo ha dictaminado la Historia. L L E N JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director de ABC