Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
66 LOTERÍA Segundo premio s Por fin en Madrid SÁBADO 23 s 12 s 2006 ABC Eduardo Sollés, de 84 años, apareció por la madrileña Puerta del Sol con dos décimos del segundo premio, que había comprado en Arévalo y no en Madrid Los administradores de El doblón de oro los hermanos Francisco e Isabel González, no se quedaron con ningún décimo del número premiado Una vecina de Aljaraque (Huelva) que trabaja en Carrefour cobrará 100.000 euros del segundo premio, gracias al décimo que le regaló el novio de su hija El kilómetro cero da suerte a los inmigrantes El joven Stalin, de Ecuador, compró un décimo del número premiado la noche de la víspera del sorteo s Con el dinero pagarán deudas y podrán viajar a su tierra, aunque después regresarán a España ALMUDENA MARTÍNEZ- FORNÉS MADRID. Francisco González, el lotero de El doblón de oro llevaba toda la mañana diciendo a los periodistas que le preguntaban que muchos inmigrantes, algunos de ellos sin papeles, le habían comprado la víspera el número premiado en su modesto quiosco de la Puerta del Sol. Parte de los 180 millones de euros que había repartido estaban, por tanto, en manos de personas con pocos recursos y muchas necesidades, lo que le daba una gran alegría Por eso, a nadie sorprendió que el ecuatoriano Marco Esparza se acercara al establecimiento acompañado de sus dos hijos, Stalin y Fabricio, con un décimo premiado en el bolsillo de la cazadora, sin saber ni siquiera cuánto dinero les había tocado. Para los Esparza, como para tantos miles de inmigrantes que intentan abrirse camino en España, la vida no es nada fácil. Quizá, por eso, no se acababan de creer que habían sido tocados por la suerte. Me siento como siempre, igual que ayer afirmaban, más sorprendidos por el revuelo de periodistas y cámaras de televisión que les enfocaban en directo que por el propio premio. Mientras más salían en la tele, más sonaba su teléfono móvil. Pagar el viaje a plazos El cabeza de familia llegó a nuestro país hace ya cinco años, encontró trabajo en la construcción y, poco después, le siguieron su mujer y sus dos hijos. Ahora los cuatro residen en Vicálvaro y, desde que partieron de Ecuador, no han podido regresar a su tierra natal, donde viven los abuelos. Tenían tanta ilusión por volver de visita que, incluso, habían previsto la posibilidad de pagar los billetes a plazos. Ahora, gracias a la lotería, podrían viajar holgadamente a su tierra, pero Marco prefiere pagar las deudas, la hipoteca y, además, no quiere que sus hijos interrumpan sus estudios con un desplazamiento tan largo. Dejarán el viaje a Ecuador para las vacaciones del próximo año. En cuestión de pocos minutos, el aluvión de periodistas que rodeaba a los tres miembros de la familia Esparza fue sustituido por otro curioso grupo, de presencia un tanto inquietante. Unos trataban de aconsejar al inmigrante sobre el destino del décimo y otros le advertían del riesgo de que se lo robaran. Y, en medio del revuelo, los Esparza decidieron abandonar la Puerta del Sol y desaparecer discretamente. No era un error En realidad, ellos tres eran los más sorprendidos por la noticia porque no acababan de creerse que, de repente, fueran propietarios de 100.000 euros. Vimos el número en la televisión, pero nuestra madre nos dijo que viniéramos a confirmar que no se trataba de un error relataba uno de sus hijos. Fue el mayor de ellos, Stalin, estudiante de electromecánica, quien la noche de la víspera había comprado y elegido ese décimo: Me gusta el ocho desde pequeño y lo cogí El ecuatoriano Marco Esparza muestra el décimo premiado que su hijo compró la víspera ÁNGEL DE ANTONIO AL DÍA Manuel de la Fuente PERO NO CAYÓ EN LA MONCLOA Ni siquiera la magdalena de Proust tiene tanto poder evocador, tanto poder para llevarnos año tras año en busca del tiempo perdido como el sorteo de Navidad, aquel tiempo en el que las fiestas empezaban cuando era debido (recuerde, Unos aconsejaron a Marco sobre el destino del décimo y otros le advirtieron del riesgo de que se lo robaran señor Alcalde) con el sorteo del Gordo, las vacaciones del cole, el bocata de calamares en la Plaza Mayor, y los últimos retoques al Nacimiento, con esas figuritas cada una de su padre y de su madre. Nada como el timbre madrugador, agudo y penetrante de las vocecillas de esos niños de San Ildefonso que se cuela por todas las rendijas con su letanía de fortunas y el latiguillo de no hay mejor lotería que la salud, aunque digan que el que no se consuela es porque no quiere, y que mal de muchos pues, eso, consuelo de tontos, y de tantos a los que no nos toca ni el reintegro. Un colegio, el de San Ildefonso, como mandan los cánones del talante (del buen talante, se entiende) tan multirracial y multiétnico, tan meritoriamente paritario, que parece el Consejo de Seguridad de la ONU, pero sin que nadie ejerza, afortunada y solidariamente, el derecho de veto. Niños y niñas con su traje de estreno, sus faldas tableadas y sus medias de sport, como las novias de Carlitos Alcántara. Millones por aquí, millones por allá, premios moderadamente repartidos, y ya puestos, pues pedir que el presidente Del Nido se lo haga mirar, que allá por los despachos del Barça ya dan la Liga por perdida, tras comprobar la suerte del sevillista. Moderadamente repartido, sí, lástima que el Gordo, el Gordo más esperado, no cayera donde más falta nos hace, en el Palacio de la Moncloa.