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ABC SÁBADO 23 s 12 s 2006 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA NAVIDAD SIN COMPLEJOS UES sí, me gusta la Navidad, y no pienso pedir perdón por ello. Y además me gusta la Navidad antigua, la de belenes y villancicos, la de los christmas de cuadros barrocos y lotería escuchada por la radio, la de los nacimientos con musgo y papel de plata, la de aguardientes mañaneros y pavo en Nochebuena, la del turrón, los aguinaldos y las zambombas, la de las luces de campanitas y estrellas, la que huele a pueblo, a familia y a infancia. Porque, al final, se trata sobre todo de eso: de una fiesta de reivindicación y memoria de la niñez, nucleada en torno a la aparición de IGNACIO un Niño que simboliza a toCAMACHO dos los niños, con su mundo por estrenar, su vida por vivir y, sobre todo, su bendita, feliz, bienaventurada inocencia. Esamemoriainfantil que recorrela médula dela conciencia nos transportaestos días, a las personas de mi generación, a las mañanas de sabañones y a las noches de misa del Gallo, pero también al vago, intuido anhelo de una Navidad cosmopolita y sofisticada que entreveíamos en una Europa que aún sentíamos lejana. A los rutilantes escaparates londinenses, a las luces vertiginosas de la Torre Eiffel, a los mercadillos de las pequeñas ciudades alemanas, a los trineos lapones, a las bellísimas figuritas napolitanas, a los helados paisajes urbanos pintados por artistas de Flandes que traían las tarjetas de la Unicef. A Dickens y a Capra, a Rubens y a los maestros anónimos de Baviera, a bosques de muérdago y a montañas de corcho, a oratorios de Bach y Pergolesi, a valses vieneses de Año Nuevo, a villancicos sajones con voces de niños cantores, a la recogida tradición de una cultura y un sentimiento que queríamos compartir y hasta soñar. Ahora que lo tenemos, que lo compartimos, quelo gozamos, no piensorenunciar. Por mucho que se interfieran las comidas de empresa y los excesos derrochones, las luces laicas y los árboles de fibra óptica, las felicitaciones cargadas de vacua retórica y los sms cursis, los papás noel colgados de los balcones y las horrendas figuritas de los bazares chinos. Por mucho que progres pedagogos dogmáticos levanten los belenes de las escuelas y prohíban a los niños disfrazarse de pastorcitos. No pienso renunciar a la intimidad ni a la magia, allamar alos amigos enlatardedeNochebuena para mandarles un abrazo de felicidad compartida, a entregar y recibir regalos con laemocióndeun estreno, alasonrisa delosseres queridos y a la dulce cosquilla de los rencuentros. Ni alaherencia desiglosdeesta fiesta alborozada que celebra el momento en que empezó, allá en Belén, la experiencia de amor, generosidad y entrega que nos ha enseñado el código moral en el que nos reconocemos más plenos y más libres. Sin pedir perdón, sin pesadumbre ni culpa. Sin otro lamento que el de la ausencia de los que ya no están y de quienes no pueden, por pobreza o enfermedad, integrarse en nuestra alegría. Con la conciencia plena de participar en un rito colectivo que funde lo mejor de lo que somos y, sobre todo, de lo que hemos sido capaces de ser. Arte, memoria, religión, solidaridad y cultura: nada de lo que arrepentirse y sí mucho de lo que sentir un hondo, pleno y satisfecho orgullo. P LA NAVIDAD DE HERODES S ÓLO los niños mantienen intacta esa clarividencia que les permite penetrar la verdad de las cosas. El otro día, mientras montábamos un belén muy elemental y modesto con las figurillas del Misterio y los consabidos magos y pastores, mi hija Jimena se enfurruñó: Pero falta Herodes Yo traté de excusar su ausencia aduciendo que se trataba de un personaje secundario y prescindible, pero Jimena insistió, un poco emberrinchada: sin Herodes, el belén no estaba completo. Me esforcé entonces por pintar al infanticida con los rasgos más macabros y perversos, para convencer a mi hija de que su presencia era incongruente en aquel remanso de paz y belleza que con nuestro belén tratábamos de evocar; pero, cuanto más cargaba las tintas en la etopeya del tirano, más insistía Jimena en incorporarlo a la escena. Cuando finalmente se fue a la cama todavía le duraba la contrariedad; y, al quedarme a solas, comprendí que, en efecto, tenía razón. No hay Navidad sin Herodes; y los cristianos, que tanto nos quejamos de que se pretenda imponer una Navidad sin Cristo, deberíamos empezar por preguntarnos si no habremos colaborado activamente en esta JUAN MANUEL desnaturalización, al excluir o releDE PRADA gar al papel de mero comparsa a Herodes. Porque nadie celebró con tanto empeño la Navidad como Herodes; y dos mil años después, nadie la sigue celebrando con tan obstinado encarnizamiento. Tal vez si los cristianos aceptáramos que la Navidad no es la celebración almibarada y pánfila en que la hemos convertido estaríamos más preparados para combatir la Navidad de Herodes que, poco a poco, nos quieren imponer. Chesterton nos recuerda que las campanas que suenan la noche de Navidad tienen el estrépito de cañonazos. Y es que la Navidad es, antes que una celebración de la paz y de la alegría, una batalla crudelísima, implacable, contra las huestes del Mal, encarnadas en aquel sátrapa que trató de asesinar al rival que venía a poner fin a su imperio. Si alguien supo de manera cierta la verdadera naturaleza de aquel Niño que nacía en una cueva, con una certeza aún más irrevocable y nítida que los pastores y los magos de Oriente, fue Herodes; si alguien supo que aquel Niño venía a subvertir el orden establecido fue Herodes. Y, desde luego, reaccionó con ímpetu y prontitud; reaccionó como quien sabe que la batalla que entonces se iniciaba sería una batalla sin cuartel, una batalla que sabía perdida a priori, pero en la cual empeñaría hasta el último hálito. Y esa batalla que se inició hace dos mil años se mantiene hoy, más trabada que nunca, más encarnizada y salvaje que nunca. La suerte de esa batalla ya está echada, allá al final de los tiempos, pero entretanto es misión del cristiano arreciar en el combate. Y no es un combate liviano: los enemigos de la Navidad cuentan con las divisiones Panzer del laicismo, cuentan con el napalm de una demoledora propaganda que arrasa los cerebros, cuentan con armas mortíferas que dejan al rival estremecido y con más ganas de claudicar que de seguir manteniendo la posición. Jesús nos lo advirtió: No penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz, sino espada La Navidad es un desafío intolerable para las fuerzas del Mal, un entrechocar de espadas que viene a reproducir en la tierra el combate que un día se dirimió en el cielo. La paz que anunciaron los ángeles a los hombres de buena voluntad no es una paz bobalicona y dimisionaria; es la paz que infunde fortaleza al guerrero cuando llega la hora de enarbolar la espada, es la paz de quienes están dispuestos a entregarlo todo- -inteligencia y brío, hasta el agotamiento de la propia vida- -en defensa de un tesoro que los nuevos tiranos quieren ensuciar, pisotear y expoliar. Herodes representa la amenaza a la Iglesia, desde el primer día perseguida y obligada a batallar desgarradoramente hasta el fin de los tiempos. Por supuesto, incorporaré la figurilla de Herodes al belén de casa, como exigía mi hija. Sólo así estará completo. Feliz y batalladora Navidad para todos.