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ABC VIERNES 22 s 12 s 2006 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA NADA QUE HABLAR S POR OTRA PARTE ACELERA, MELENAS, QUE VIENE LA POLI AS campañas de publicidad de la Dirección General de Tráfico aceleran en cada edición. Golpe a golpe, temporada tras temporada, los spots de la DGT se han endurecido, y desde aquel inocente y lejano papá no corras han llegado a la campaña presente, en la que el niño da por supuesto que su papá ignorará cualquier petición de prudencia y pisará a fondo el acelerador. Con un padre tan irresponsable, el tierno infante del spot se adivina víctima mortal de un accidente de tráfico, y no le queda otro remedio que convertir su carta a los Reyes en un testamento en el que transfiere el pedido de la bicicleta soñada a su mejor amigo. Un mensaje directo y sangriento: si usted conduce de forma imprudente, pone en peligro la vida de su hijo y de toda su familia. Quizás demasiado directo y demasiado sangriento para la sensibilidad de la sociedad española: aún antes de tener la oportunidad de ver el spot en la tele, ya me habían llegado un montón de críticas multimedia- -boca a boca, radio, prensa, internet- -sobre la demagogia del spot de la DGT. Me recordaron JOSÉ MARÍA aquel viejo sucedido de un parroquiaGARCÍA- HOZ no que, ante la realista descripción de las penalidades del infierno que el cura hacía en su homilía, se levantó e increpó al predicador Señor cura: si hay que ir al infierno, se va; pero no acojone En una sociedad permisiva y buenista, no se soporta el recuerdo de los efectos que producen los actos propios. Si algo tan evidente como advertir que conducir bebido, estresado o fatigado puede acarrear consecuencias irreparables provoca críticas por la dureza del mensaje, se entiende que relacionar causas y efectos en cuestiones menos evidentes, aunque no menos importantes, no sólo no provoquen críticas, sino que sus mensajeros sean inmediatamente descalificados. Para mí tengo que éste de la causa y el efecto es un L principio de validez universal, en cualquier campo de la vida humana: si usted no intenta dar ejemplo a sus hijos con una vida honrada y esforzada, no espere que sus niños sean ciudadanos ejemplares; si sus hijos le ven comprar música o cine en el top manta o chorizarla en la red, lo lógico es que tampoco ellos respeten la propiedad privada, adquiera ésta forma de derechos de autor o de motocicleta. Algo tan antiguo como que si uno mismo es un cuervo, las crías acabarán por sacarle los ojos. En todo caso, la aportación de la sensibilidad postmoderna a esta realidad innegable no es que el personal actúe quebrando los principios de la ley, positiva o natural, pues desde el desdichado incidente de la manzana todos derivamos hacia lo malo, sino que se rechace cualquier consideración, o advertencia, sobre los efectos positivos o negativos de la acciones propias. Este rechazo se debe, quizás, a que no siempre se ve el delito castigado. Muchas veces el conductor kamikaze sale con vida de su aventura, y muchísimas otras el chorizo mentiroso, en lugar de acabar con sus huesos en el Hotel Rejas por una buena temporada, termina en la cúspide de la consideración social. Esas patologías sociales han sido, son y serán inevitables, pero el verdadero problema no estriba en que se produzcan, sino en que una conducta ejemplar y otra delictiva merezcan la misma apática indiferencia por parte de la sociedad y de sus líderes. Ya se sabe que la DGT carece de medios, técnicos y humanos para impedir que se produzcan infracciones en las carreteras. Pero lo terrible sería que en lugar de advertir de las consecuencias de la conducción imprudente, la campaña de publicidad dijera acelera, melenas, que a doscientos por hora la vida es más divertida y la poli no te podrá coger La DGT me ha convencido y a partir de ahora me propongo conducir mejor; ojalá el resto de los mensajes, formales o informales, con que se bombardea cotidianamente al común de la ciudadanía fueran tan acertados. josemaria garcia- hoz. com I el proceso de -que sospechosamente se está quedando, en el lenguaje oficial, en mero proceso -marchase razonablemente bien, Zapatero no habría citado a Rajoy por mucho que se lo hubieran pedido esas altas instancias perplejas ante el desencuentro del Día de la Constitución, cuando ambos se negaron de forma ostensible y deliberada el saludo. Los lazos de confianza entre los dos están rotos hace mucho tiempo, y lo último que el presidente haría es compartir con su adversario información verdaderamente confidencial; ésa la reparte de modo fragIGNACIO mentado y selectivo entre CAMACHO muy poca gente y muy cercana. Lo que quiere de Rajoy es poco más que la foto, una escenografía sobre la que descargar responsabilidades compartidas en el supuesto de que fracase la tregua. Por desgracia, el consenso entre los dos grandes partidos ya sólo se podría recuperar si se produce un atentado, y francamente para eso quizá sea mejor que continúe el alejamiento. Zapatero aún cree que su proceso está vivo, pero el problema es que tiene cada vez menos margen de maniobra. La opinión pública ha expresado en reiteradas encuestas su nula disposición a cualquier clase de concesiones o precio político, y ningún Gobierno, por muy duro que se pinte a sí mismo, está inmune a cinco manifestaciones masivas. Es cierto que el presidente no ha hecho hasta ahora concesiones graves, pero ha permitido que crezca la sensación de que cedía. No ha entregado Navarra ni la autodeterminación, no ha abierto la mesa de partidos, no ha acercado presos ni ha legalizado a Batasuna, y sin embargo ha propiciado con sus gestos y guiños la percepción de que se ha bajado los pantalones ante ETA. La vista gorda ante la kale borroka (ayer, otro episodio a pleno día) y las extorsiones a empresarios; las entrevistas de Eguiguren y Patxi López con Batasuna, que la han rescatado de la ilegalidad; las instrucciones retráctiles a los fiscales y algunas declaraciones por completo penosas, como la de considerar hombre de paz a Otegi, han extendido la idea de que el Estado está en rendición entre una ciudadanía que de ninguna manera parece dispuesta a una solución indecorosa que pisotee la memoria de las víctimas o borre el sentido de la resistencia al terrorismo. Pero la otra parte o sea, ETA y su entorno, quiere contrapartidas, y las quiere ya. No se van a entregar sin nada a cambio, y Zapatero se ha dado cuenta acaso demasiado tarde. Necesita ganar tiempo, acercando presos o dando cancha a Batasuna en las elecciones. Que nadie se engañe; para salvar su proceso el presidente necesita más a Batasuna que al PP. Si quisiera consenso, volvería al Pacto Antiterrorista. El reto de Rajoy es cómo modular su discurso para que no le presenten como un trasunto del Doctor No, interesado en que embarranque una oportunidad en la que simplemente no cree. Por eso acude a Moncloa, aunque sin un ápice de confianza ni de optimismo, convencido de que ETA no ha cambiado ni va a cambiar. Por eso y porque en Navidad no resulta educado rechazar una cortesía ni una mano tendida... aunque no se sepa a quién le han tendido la otra.