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82 CULTURAyESPECTÁCULOS MIÉRCOLES 20 s 12 s 2006 ABC Eduardo Ferro obtiene el premio Iberoamericano de Humor Gráfico Quevedos ABC MADRID. El dibujante gráfico Eduardo Ferro ha resultado ganador de la quinta edición del premio Iberoamericano de Humor Gráfico Quevedos, que convocan los Ministerios de Cultura y Asuntos Exteriores y Cooperación, y está promovido por la Fundación General de la Universidad de Alcalá, informa Ep. El premio, que está dotado con treinta mil euros, tiene como objeto distinguir la trayectoria profesional de aquellos humoristas gráficos españoles e iberoamericanos cuya obra haya tenido una especial significación social y artística contribuyendo de esta manera a la difusión y reconocimiento de este campo de la cultura. El Jurado ha estado compuesto por Virgilio Zapatero, rector de la Universidad de Alcalá; Rogelio Blanco, director general del Libro, Archivos y Bibliotecas; Mónica Fernández, subdirectora general de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas; Javier Pérez Martínez, en representación de la Secretaría de Estado de Comunicación; Julián Soriano y María Ángeles Gutiérrez, en representación del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación; Arsenio López Huerta, director general de la Fundación de la Universidad de Alcalá: Ana Merino; Isabel Muñoz y Andrés Rábago (El Roto) galardonado en la anterior edición. Nacido en 1917 en Argentina, Eduardo Ferro está considerado el decano absoluto del humor gráfico argentino. A los 16 años debutó en la revista El Purrete del periódico Buenos Aires Herald Luego colaboró en la revista La Cancha donde nació su personaje Don Pitazo Y más tarde en la revista Patoruzú en la que nacieron Langostino Bólido Tara Service y Pandora entre otros personajes. En los años 40, publicó en el periódico La Razón otro de sus personajes entrañables: el buzo Chapaleo que se distribuyó por toda Iberoamérica. En la década de los 80 comenzó su labor docente. En 1988, la editorial Hyspamérica publicó Lo que el viento devolvió que compila los trabajos de Ferro. En toda su obra- -desde el chiste gráfico de una sola viñeta hasta la historieta humorística más sofisticada- -Eduardo Ferro pone de manifiesto las virtudes y defectos del ser humano (en particular) y de la sociedad (en general) Joseph Barbera, rodeado por sus personajes, mientras recogía un premio a toda su trayectoria AP EN LA MUERTE DE JOSEPH BARBERA LAS EXTRAÑAS PAREJAS La animación ha perdido a uno de sus más prolíficos creadores, que, junto a William Hanna, alumbró series tan populares como Los Picapiedra o El oso Yogui sus cabezas, llenas de personajes maravillosos y de ideas alocadas, y por sus lápices, de cierta simplicidad pero incontestable eficacia. Los niños disfrutábamos sus series con la boca abierta y con un bocadillo de nocilla en las manos. Y eso que las veíamos en blanco y negro cuando rebosaban de colorido pop: más pop que el pop. A mí me gustaban mucho Los autos locos y me intrigaba la estrategia de Pierre Nodoyuna: iba siempre el primero, con mucha ventaja, y se detenía para entorpecer la carrera de los que iban detrás de él. Me gustaban mucho Los Picapiedra sin duda su serie más influyente: los continuos homenajes en Los Simpsons y en Padre de familia dos de las mejores series de animación de la historia, lo siguen poniendo de manifiesto. Me divertían, cuando los programaban, que no era muy a menudo, Los Supersónicos con un futuro luminoso, opuesto al de la ciencia ficción al uso, completamente negra. Me divertía El Oso Yogui e imitar las voces de Yogui y Bubu sigue siendo una de las gansadas que todavía hace reír en días como estos a los casi cuarentones de mi generación. Me divertía Gorila Maguila con esa extraña relación entre el gorila con sombrero y tirantes y su propietario, dueño de una tienda de animales. También me divertían, aunque menos, el Lagarto Juancho la Hormiga Atómica Sólo había una laguna en las producciones de Hanna Barbera: Scooby Doo No entendía dónde estaba la gracia (y seguí sin entenderlo al ver su adaptación al cine de carne y hueso) Era una mancha, pero ínfima. William Hanna (1910- 2001) se dedicaba a la organización, a la parte más industrial, y Joseph Barbera (1911- 18 de diciembre de 2006) se encargaba de los bocetos y de los storyboards, a la parte más creativa. Funcionaron durante muchísimo tiempo, y hasta que vendieron su com- Félix Romeo Escritor Cuando era niño, en los años 70 del siglo pasado, daba gracias todas las tardes por la existencia de la señorita Hanna Barbera: además de mujer, la imaginaba como una especie de ángel. Sus series de dibujos animados, hacían que mi vida fuera mejor. Mucho mejor. Hasta tiempo más tarde no supe, mucho después sin duda de que me enterara de que los Reyes Magos eran los padres, que en realidad Hanna y Barbera eran dos señores mayores: William Hanna y Joseph Barbera. Se habían conocido en los años 30 trabajando para la Metro, en su huida del Crack del 29, y enseguida consiguieron grandes éxitos con sus animaciones para el cine: siete Oscar por Tom Jerry Pero fue la televisión la que les convirtió, tiempo más tarde, en grandes estrellas de la animación: más del setenta por ciento de la producción de la época pasaba por Imitar las voces de Yogui y Bubu sigue siendo una de las gansadas que todavía hace reír en días como estos a los cuarentones de mi generación pañía, como una máquina perfectamente engrasada. Así lo cuenta Joseph Barbera en sus memorias, My Life in Toons: From Flatbush to Bedrock in Under a Century (Turner Publ. 1994) Unas memorias en las que también habla de la pérdida de la parte humana en la producción de dibujos animados. Sin duda, con cierta melancolía por la invasión de anime japonés, pero también sin duda por la desaparición de ciertos valores que fueron muy importantes en las series que habían creado en su compañía: la amistad invencible, la alegría de vivir; la fidelidad; la honradez; la bondad; la generosidad; el trabajo; el medio ambiente... Sólo ahora, cuando ya esos dos genios han desaparecido, pienso que muchas de las parejas famosísimas, y extrañas, que Hanna y Barbera crearon (como Tom y Jerry; como Pedro Picapiedra y Pedro Mármol, como Yogui y Bubu, como Maguila y el señor Peebles, e incluso Pierre Nodoyuna y su inseparable perro Patán) no eran más que pura autobiografía, en la que abundarían los chistes privados, variaciones animadas sobre su propia condición de extraña pareja. Con la cantidad de gente que queda en el mundo para hacernos sufrir es una verdadera catástrofe que desaparezca uno de los que más nos hizo reír, darnos cuenta de que la vida merece ser vivida, con pasión. ¡Yabadabadoo! Joseph.