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4 OPINIÓN MARTES 19 s 12 s 2006 ABC PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO LUCA DE TENA PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Fernando R. Lafuente, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de Área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (España) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Cultura, Ciencia y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Política) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) y S. Guijarro Director general: José Luis Romero Adjunto al Consejero Delegado: Emilio Ybarra Aznar CONTRA LA VIOLENCIA ESCOLAR L ENTRE LA PROPAGANDA Y LA INEFICACIA L A inanidad de la política exterior española ha vuelto a manifestarse en el proyecto de la Alianza de Civilizaciones con la visita de Rodríguez Zapatero a la ONU, donde ha sido recibido por Kofi Annan, en trance de despedida, y el que será a partir del 1 de enero nuevo secretario general, el coreano Ban Ki Moon. Zapatero estará acompañado por el otro patrocinador del proyecto, el turco Recep Tayip Erdogan, repitiendo así la escena que tuvo lugar el pasado mes de noviembre en Estambul, cuando ambos mandatarios recibieron del llamado Grupo de Alto Nivel las propuestas para la alianza entre Occidente y el mundo musulmán. A pesar de que esta iniciativa del Gobierno español estuvo condenada al fracaso desde el momento mismo de su gestación, Rodríguez Zapatero no sólo la ha mantenido como prioridad de su política exterior, sino que prácticamente se ha convertido en el único capítulo de su presencia internacional. No cabe pensar que el Gobierno no fuera conocedor de la inconsistencia de esta propuesta, ni que ignorara las iniciativas idénticas que la ONU, con Annan al frente y a instancia de Irán, había promovido pocos años antes para el Diálogo de Civilizaciones La explicación, por tanto, radica en una decisión intencionada de renunciar a cualquier otra dimensión internacional de España para volcarse en una campaña de discursos abstractos, buenas palabras y ausencia total de compromisos efectivos diplomáticos. Parece como si España no tuviera intereses estratégicos en el Magreb, donde sólo se cosechan reveses diplomáticos; en Bruselas, donde España ha perdido capacidad de influencia y autoridad; en Iberomérica, donde las alianzas con los populismos izquierdistas es incomprensible con una visión europea y democrática y se salda con fracasos como el de la última Cumbre en Montevideo; o con los aliados occidentales, a los que el Gobierno español sólo transmite desconfianza como socio político y militar. No hay propuestas serias- -patinazos e improvisaciones, muchos- -sobre los principales asuntos internacionales, en los que España tenía una voz que, con aciertos y errores, se escuchaba y de la que hoy no queda nada más que el recuerdo. Sin duda, la Alianza de Civilizaciones y la lluvia de millones a los programas de ayuda al desarrollo responden al sesgo propagandista que marca la acción general del Gobierno. Abuso de grandes conceptos, como la paz y el diálogo, y gestos de pacifismo oportunista, como la retirada de tropas en Irak y la negativa a implicarse con mayor intensidad en Afganistán, son santo y seña de una forma de gobernar en la que el ciudadano es sólo destinatario de publicidad oficial, pero no de soluciones concretas para sus múltiples problemas. El Gobierno socialista ha inundado su mandato de ruido y polémica, en una estrategia para dar vía libre a su radicalismo de izquierda y ocultar unos niveles inéditos de incompetencia en la gestión de los recursos públicos. La crisis de Air Madrid, por ejemplo, se suma a la invasión de las pistas del Prat, pero también responde al mismo patrón de ineficacia absoluta frente a los incendios, los atascos de invierno y verano o la sequía sin alternativa en infraestructuras. Todo ello simultaneado con una voladura constante del diálogo con el Partido Popular, de recuperación de la discordia civil y de puesta en peligro de los cimientos del Estado por una gestión pueril del alto el fuego de ETA y de una condescendencia continua hacia los nacionalismos más extremistas. Superada la mitad de su mandato, el Gobierno está a expensas de la eficacia de su propaganda contra el PP y de decisiones ajenas, como las que puedan tomar los terroristas. Desde la instauración de la democracia, los españoles estaban acostumbrados a una línea de progresión social, política e institucional que, con frenazos y aceleraciones, permitía ver el presente, en su conjunto, como algo mejor que el pasado inmediato. Esa línea se ha roto con el actual Gobierno socialista, que se sostiene únicamente por la inercia del poder y el interés táctico de sus aliados nacionalistas y de extrema izquierda. AUTOCRÍTICA NORTEAMERICANA L OS Estados Unidos comienzan a ver su futuro en Irak de otra manera. Según pasan los días se hace cada vez más palpable que está cambiando el análisis que dibuja Washington sobre la situación iraquí. Si pudiera formularse de algún modo habría que concluir que los norteamericanos están dispuestos- -después de tres años y medio de mantener una costosa presencia física en el corazón del Oriente Próximo- -a desandar el camino que los llevó hasta allí. Las últimas declaraciones de la Administración Bush lo demuestran: van perdiendo tintes ideológicamente neocon para adquirir perfiles más realistas, en la línea de las coordenadas pragmáticas que definieron la tradición diplomática norteamericana a partir de la Guerra Fría. Entramos por tanto en un tiempo de ajuste tal y como dijo Donald Rumsfeld al despedirse de las tropas norteamericanas desplegadas en territorio iraquí. Ahí están, si no, las insinuaciones de cambio de estrategia global planteadas por su sustituto en la Secretaría de Defensa, Robert Gates, tras conocer elcontenido del informedela Comisión Baker- Hamilton del Senado, o las advertencias hechas por el Pentágono de que es necesario replantarse el dilatado teatro de operaciones en el que se ven involucradas las fuerzas norteamericanas a lo largo y ancho de la geografía planetaria. El rigor y la inflexibilidad con que la Administración Bush analizaba la situación iraquí han dado paso a un discurso más matizado. No sólo se admiten luces y sombras, sino también dosis crecientes de autocrítica acerca del planteamiento de conjunto que presidió el derribo de la tiranía de Sa- dam Husein. No cabe duda de que la victoria demócrata en las pasadas elecciones legislativas ha tenido mucho que ver en esta actitud. Sin embargo, es justo reconocer también que antes de que se produjera el varapalo electoral de hace un mes ya se escuchaban comentarios dentro de la propia Administración Bush que hablaban de la necesidad de cambiar el modelo de gestión del Irak pos- Sadam y de modificar buena parte del diseño estratégico de la política exterior norteamericana, especialmente en lo relativo al Oriente Próximo. En realidad, lo que vuelven a poner de manifiesto los Estados Unidos es la enorme permeabilidad democrática de sus instituciones, así como la fortaleza de una sociedad capaz de hacerse escuchar por sus gobernantes cuando la política que aplican genera el rechazo de la opinión pública. Precisamente, una de las ventajas que tienen las sociedades abiertas es que pueden alterar sin grandes traumas las coordenadas de su política si ésta se percibe equivocada por los ciudadanos. Máxime cuando la propia ciudadanía, el Gobierno y el legislativo norteamericanos son plenamente conscientes de que su salida de Irak deberá hacerse de forma escalonada y manteniendo un fuerte compromiso político con el pueblo iraquí y su democracia. No habrá por tanto salida precipitada de las tropas, ni tampoco se dejará a los iraquíes a su suerte. Los propios ciudadanos norteamericanos son conscientes de que es hora de rectificaciones estratégicas, pero no de alteraciones en los compromisos asumidos por su Gobierno, sea del color que sea. OS Ministerios de Interior y de Educación y Ciencia han firmado un acuerdo marco para mejorar la seguridad escolar. Se trata de prevenir y erradicar conductas violentas y de ofrecer a los jóvenes una imagen adecuada de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad como garantes de los derechos y libertades de todos. Bien está que los poderes públicos muestren su preocupación ante un fenómeno que alcanza dimensiones cada día más graves. Sin embargo, las buenas palabras y las fotos de los políticos no arreglan la situación. Hacen falta medidas eficaces para evitar que la escuela se convierta en un territorio donde impera la ley del más fuerte. En los últimos tiempos proliferan las agresiones a compañeros más débiles o indefensos, así como las intimidaciones constantes a profesores y personal no docente. Algo hay que hacer, porque si las instituciones educativas no cumplen su función mínima de enseñar el respeto por las reglas elementales de la convivencia es que algo falla en la sociedad contemporánea. Si no se respalda a los profesores para imponer de forma razonable la autoridad y mantener un grado adecuado de exigencia académica, los niños y adolescentes aprenden la falsa lección del todo vale y pierden la conciencia de la responsabilidad por los propios actos. En estas condiciones, confiar en que la escuela se convierta en un lugar para el aprendizaje de la ciudadanía no pasa de ser una falsedad interesada. En la misma línea hay que analizar con rigor los resultados del plan policial contra el menudeo de drogas en las proximidades de colegios e institutos. Existe una gran alarma social ante la conciencia de que muchos escolares están a merced de la actuación impune de gentes que les introducen en el mundo de los estupefacientes. Sólo la presencia policial y el rigor en el castigo a los culpables pueden paliar la situación. Si se suma la incidencia del alcohol y de ciertos modelos mediáticos de conducta violenta, es fácil concluir que la preocupación de muchos padres está más que justificada. Como es habitual, salen más perjudicados los que tienen menos posibilidades económicas y no pueden velar- -por sí mismos o a través de terceras personas- -por las actividades de sus hijos. Sancionar con dureza a los agresores, respaldar a los profesores y autoridades académicas y defender a los alumnos acosados por sus compañeros son objetivos que deben ser prioritarios, sin falsas apelaciones a una pedagogía permisiva que ha fracasado en todas partes. Otros gobiernos socialistas, como es el caso del británico, han puesto en marcha planes para garantizar el respeto en la convivencia cotidiana. Es deseable que el acuerdo firmado por los responsables de Interior y de Educación suponga la toma de conciencia de un problema real y no sea una simple operación de imagen ante las próximas consultas electorales.