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ABC LUNES 18 s 12 s 2006 OPINIÓN 5 AD LIBITUM ABUELOS Y NIETOS N España, confesado o no, todos tenemos abuelo. Incluso más de uno. En caso contrario, se entra en la lamentable situación que, con hermosa brillantez, definía León Felipe: ¿Qué voy a cantar si no tengo ni una patria, ni una tierra provinciana, ni una casa solariega y blasonada, ni un abuelo que ganara una batalla, ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada? José Luis Rodríguez Zapatero nos canta a todas horas, y nos canta las cuarenta, porque, como cada quisque, tuvo dos M. MARTÍN abuelos- -uno olvidaFERRAD do- El abuelo recordado fue, además, de los perdedores en la todavía perturbadora Guerra (in) Civil, y nada proporciona aquí tanto prestigio como la condición de represaliado y perseguido. Mariano Rajoy no brotó por esporas o cosa parecida. También tuvo abuelos de merecido prestigio. Supongo que Bartolomé Rajoy, que fue uno de los más brillantes obispos de Compostela en el XVIII, no figure en el antecedente genealógico del líder del PP. Hay razones de prudencia y decoro que lo desmienten; pero, con más proximidad, consta la existencia de Enrique Rajoy Leloup, hombre de muchos méritos, impulsor del nacionalismo gallego y represaliado, con pérdida de cátedra y decanato, tras el 18 de julio del 36. Ahora- -no sé muy bien por qué precisamente ahora- -sale a la luz un libro de Baldomero Cores que, después de dos años de escondido silencio a cargo de la Diputación de Pontevedra, recuerda lo que el abuelo de Rajoy, que no falleció hasta 1966, hizo por la teoría y la practica jurídicas en Galicia y, sobre todo, por su equiparación autonómica y estatutaria con Cataluña y el País Vasco. Debe decirse que mientras Zapatero es culpable de presunción de abuelo, Rajoy ha escondido al suyo con prudente discreción. Sabe el del PP que en España el pasado debe administrarse en dosis homeopáticas y que más vale, al servicio del bien común, un mal olvido que un buen recuerdo. Aún así, ahí tenemos a los dos primeros protagonistas de nuestra vida pública con un abuelo como estandarte y, especialmente en el caso del socialista, como maza si es que se tercia la oportunidad de machacar a los díscolos después de entender como tales a todos aquellos que no manifiestan adhesión inquebrantable y silente. Confieso que me asustan estas cosas. Tener que tomar razón de nuestras opciones políticas en función de los abuelos de los líderes es todo un síntoma de la grave enfermedad que padecemos. Si Rajoy, que en esto no tiene culpa, y Zapatero, que la tiene toda, fuesen capaces de procesar el futuro en función de sus potenciales nietecitos estaríamos a salvo. Ver tras ellos la dolorosa sombra del tiempo de sus abuelos es como echarle sal al campo de la esperanza. Como León Felipe, entregados al inventario de lo que no tuvimos, vamos a seguir sin tener nada. E LA SUERTE ESTÁ ECHADA L A noticia adelantada ayer por ABC, en la que se informaba sobre el proyecto de construcción de una macromezquita en Córdoba, debería suscitar diversas reflexiones en una sociedad mínimamente responsable. La primera atañe a la financiación del proyecto, procedente de países como Arabia Saudí o Emiratos Árabes Unidos, donde la libertad religiosa no está reconocida y donde, desde luego, resultaría impensable erigir una iglesia cristiana. Ya hemos escrito en alguna ocasión, comentando la sedicente Alianza de Civilizaciones (las mayúsculas que no falten) que promueve nuestro presidente del Gobierno, que no existe alianza posible si no se sustenta sobre un principio de reciprocidad entre las partes. Si a ello añadimos que los países dispuestos a sufragar tales proyectos en territorio español son aquellos en los que rige la doctrina salafista, que entre otras lindezas restringe los derechos de la mujer, así como su capacidad para contratar y obligarse jurídicamente, los motivos de inquietud se acrecienJUAN MANUEL tan. Tampoco parece baladí la observación del editorial de ABC: IncluDE PRADA so en los sectores moderados del islam, cualquier iniciativa que consista en ampliar la presencia de la comunidad musulmana en España se ve impulsada por la idea del retorno a una tierra sobre la que, por haber estado bajo dominio musulmán hace más de quinientos años, aún reclaman un derecho histórico propio A este aspecto crucial hacía referencia en un artículo reciente, presentándolo como el principal escollo para un diálogo fructífero entre Occidente e islam. Y es que el islam, a diferencia del cristianismo (que abandonó esta tentación hace ya varios siglos) no postula tan sólo una fe y una forma de espiritualidad perfectamente respetables, sino también un orden sociopolítico teocrático. Ignorar esta peculiaridad del islam se me antoja una deshonestidad intelectual que só- lo pueden explicar la debilidad o la malicia; pero, por lo que se ve, estamos rodeados de débiles y malvados. Sorprende que una época que no se conforma con la sana laicidad que separa Iglesia y Estado y pretende restringir la legítima intervención de lo cristiano en la vida pública, en cambio no oponga resistencia a la difusión de doctrinas refractarias a conquistas irrenunciables del Estado aconfesional y aun a su propia subsistencia. No se trata de negar la posibilidad de que un musulmán pueda profesar su fe, sino en establecer nítidamente cuáles son los límites jurídicos que ningún musulmán o creyente en cualquier otra fe puede transgredir; y así, por ejemplo, si nuestro ordenamiento reconoce la capacidad de la mujer para obligarse y contratar, ninguna práctica religiosa podrá negar dicha capacidad. Y aquí nos enfrentamos a la verdadera raíz del problema, que no atañe tanto a la difusión de tal o cual doctrina religiosa como al desarme social, a la incapacidad de nuestra época para defender con convicción los valores y principios que sustentan su ordenamiento. Pero quizá este desarme sea la consecuencia natural del potaje relativista que se ha favorecido desde instancias de poder. Hace unos días, en un foro sobre inmigración, sostuve que la verdadera integración de los inmigrantes sólo se lograría cuando los países receptores impongan unos principios jurídicos de obligado cumplimiento y persigan la anomia. Una joven entre el público me interpeló entonces; no comprendía que tales principios se hubieran de imponer, si otros principios diversos no molestaban a nadie El debate se centró entonces en la poligamia; de nada me sirvió tratar de explicar a la joven que la poligamia denigra la dignidad de la mujer, favorece la inseguridad jurídica y dificulta la transmisión de riqueza. La joven seguía defendiendo (y percibí que el público mayoritariamente se adhería a su postura) que todo podía permitirse, siempre que no se molestase a nadie Comprendí entonces que la suerte estaba echada.