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ABC DOMINGO 17 s 12 s 2006 Tribuna ECONOMÍAyNEGOCIOS 51 El escándalo de Emilio Ybarra Y es que en realidad se montó un escándalo donde no lo había. Todo el dinero y sus intereses estaban donde debían dencia de Emilio Ybarra, una organización delictiva que utilizaba la pantalla de banco para financiar al terrorismo, lavar dinero del narcotráfico, corromper gobiernos sudamericanos y, por supuesto, evadir impuestos. Los más osados aseguraron que el FBI estaba tras la pista de estos malhechores, y estaba a punto de echarles el guante. Es fácil responsabilizar al mensajero y señalar que fueron los periodistas los que entraron como buitres a sacar todo el morbo de las miserias de los ricos y poderosos, pero cuando se produjo aquel terrible acoso mediático, el BBVA, el Banco de España y la autoridad política sabían de cierto toda la historia, el origen y cada uno de los movimientos de las que inapelablemente fueron bautizadas como cuentas secretas a pesar de que tales cuentas, como el resto del balance del BBVA estaban auditadas. Las instituciones y las personas que deberían de haber llevado la racionalidad, y por tanto la calma, a la opinión y al mercado guardaron un estruendoso silencio que acabó por resultar mucho más significativo que la algarabía periodística. Al fin y al cabo los medios buscan el estruendo de oficio, porque es su fórmula para atraer el interés de la audiencia, pero entre las obligaciones del supervisor prudente también se cuenta la de defender la honra y el buen nombre de sus supervisados cuando son injustamente atacados y no tanto por el bien de los mismos, como por el de todo el sistema en su conjunto. No se oyó ni una palabra pública llamando a la serenidad, ni una palabra privada de comprensión solidaria. ¿Quién ordenó el silencio? ¿Quién fue el motor de tan universal omertá? Y después, ya entrada la primavera de 2002, cuando estaba por apagarse la emoción inicial, y como también ha acabado por ser costumbre en los dramas de la España del cambio de siglo, la aparición del juez Baltasar Garzón aportó nuevo combustible al sacar el asunto de la vía administrativa y llevarlo a la penal. El incansable magistrado con las infatigables instrucciones que tiene acostumbrada a la afición, recorrió buena parte de América en busca infructuosa de confirmación de insidias difundidas por chantajistas mentirosos y sin escrúpulos. En territorio nacional, del gobernador del Banco de España para abajo, el juez Garzón citó a declarar a cualquiera que hubiera tenido relación con las José María García- Hoz Periodista E l escándalo es seguramente el género más propio del teatro contemporáneo. Y como todo espectáculo teatral, cualquier pieza dentro del género escándalo, sea modalidad financiera o urbanística, debe atenerse a unas reglas para que el público entienda la trama y reconozca su mérito. Mezcla de comedia, drama y tragedia los escándalos de verdad necesitan que haya desaparecido dinero, que alguien se lo haya llevado crudo y que unas víctimas inocentes resulten arruinadas. A partir de un desfalco inicial, la acción se traslada a los medios informativos, todos ellos compiten por aportar al público los datos más sangrientos que justifiquen titulares más grandes. El drama termina con la detención de un culpable, momento en el que se pierde toda la intensidad dramática, pues entra en el farragoso mundo del expediente administrativo o el procedimiento judicial y cuando sale de él, el público ni se acuerda del argumento. Y la verdad es que el caso de Emilio Ybarra, procesado por permitir que el BBV mantuviera fondos extracontables fuera de España, alcanzó un éxito inesperado; en primer lugar porque nunca fue un verdadero escándalo, ya que ni desapareció una peseta, ni perjudicó económicamente a nadie. Y en segundo lugar, porque el escándalo estuvo en primera línea informativa en todo el primer semestre de 2002, un periodo inusualmente largo, a pesar de la falta de sustancia, en forma de dinero volatilizado. A principios de 2002, cuando se filtró a los periódicos el dato de que el BBVA había mantenido durante años una cuenta no reflejada en sus balances públicos, las especulaciones alcanzaron alturas surreales: sucesiva o simultáneamente el BBVA había sido, bajo la presi- Emilio Ybarra dichosas cuentas secretas. La fiscalía anticorrupción echó mano de la literatura negra y alguno de sus escritos durante la instrucción, describiendo las intenciones y actuaciones de los pretendidos delincuentes, no los mejoraría ni Dashiell Hammet. Una cosa es segura: Ybarra sí fue leal con toda la organización del BBVA y con los consejeros imputados en el sumario, pues al declarar ser el único que conocía la existencia y la operativa de las cuentas, asumía la responsabilidad del error. Eso es justamente lo que hacen todos los buenos jefes en las batallas militares o empresariales: comparten los éxitos y se adjudican los fracasos. Curiosamente, esa cuenta fuera de balance fue la patata más caliente que heredó EY al llegar, en 1990, a la presidencia del BBVA y la que dio pie, once años después, a que forzaran su salida de la misma. A partir de que se enteró de su existencia, EY podría haber hecho lo que quisiera con el dinero de las cuenta secretas: jugárselo en el casino, donarlo a cualquier ONG, consignarlo en una cuenta personal... La única salida imposible era su afloración inmediata, pues dada la azarosa coyuntura por la que en 1990 atravesaba la fusión del Bilbao y del Vizcaya, un nuevo enfrentamiento entre los consejos de ambos bancos habría obligado a la intervención definitiva de los mismos. Como no es un chorizo capaz de aprovecharse de un dinero que en aquel momento a todo el mundo le resultaba incómodo, Emilio Ybarra escogió la fórmula posibilista de ponerlo a recaudo y disposición del BBV que a lo largo del tiempo utilizó esos fondos en diferentes necesidades: cubrir pérdidas de tesorería, tomar posiciones anónimas en bancos rivales para la eventualidad de una compra, pagar la mordida que exigía el corrupto Chavez para no cerrar la operativa del BBV en Venezuela y compensar a los consejeros por las pérdidas derivadas de la fusión con Argentaria. Todos esos movimientos los pudo certificar el puntilloso informe del Banco de España y todos estaban justificados EFE Una cosa es segura: Ybarra sí fue leal con toda la organización y con los consejeros imputados en el sumario. Y esto es justamente lo que hacen los buenos jefes en las batallas militares o empresariales: comparten los éxitos y se adjudican los fracasos por la mejor marcha del BBV y de sus accionistas. En definitiva, la utilización de los fondos de la cuenta secreta fue idéntica a la que habría resultado en caso de ser una partida más del balance público. Y es que en realidad se montó un escándalo donde no lo había. Todo el dinero y sus intereses estaban donde debían. Para el BBVA y para sus accionistas, el único efecto de las cuentas secretas fueron unos beneficios extraordinarios. Ni Hacienda, ni el Banco, ni sus accionistas trataron de personarse como perjudicados por el affaire sencillamente, no había perjudicados, pero sí un culpable. El mes pasado, casi cinco años después de que se publicaran las primeras informaciones sobre el escándalo el Tribunal Supremo dictó sentencia inapelable, declarando la inocencia de Emilio Ybarra en el primero de los dos procesamientos en los que está acusado. Para los que le conocen, la honradez de Emilio Ybarra no es noticia; la novedad estriba en que le haya hecho falta llegar hasta el Tribunal Supremo para que se reconozca públicamente. Y la pregunta, claro, se centra en saber quien movió los mecanismos para desalojarle de la presidencia del BBVA y someterle al escarnio público. Son las leyes del drama: dado que Ybarra es inocente, otros deben de ser culpables de lo que le ha pasado.