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90 CULTURAyESPECTÁCULOS SÁBADO 16 s 12 s 2006 ABC Domingo J. Buesa Conde Catedrático LA REBELIÓN DIOCESANA DE LÉRIDA Hace once años, en 1995, el papa Juan Pablo II creaba la nueva diócesis de BarbastroMonzón para incorporarle 146 parroquias que, aunque estaban situadas en la provincia de Huesca, formaban parte del obispado de Lérida. Aquella decisión cerraba una larga reivindicación del clero aragonés, convencido de que les avalaba la historia y la pastoral. Ciertamente, los estudios documentales confirmaban que la diócesis de Lérida había nacido por traslado a esa ciudad, en 1149, de la sede de Barbastro. Y también explicaban que- -en 1636- -se creó la Vicaría de Monzón para atender los problemas de los parroquianos aragoneses que no podían litigar en otros territorios, una decisión contestada por la diócesis catalana que se caracterizaba, según decía en 1777 el Gobernador de Cataluña, por su desobedecimiento y contravención Dos siglos después, la realidad daba la razón al gobernador Cabanés, y la nueva dióce- El problema es de fondo, puesto que estamos discutiendo sobre unos bienes culturales que Cataluña ha convertido en pilares de su nacionalismo sis barbastrense tenía que comenzar un complejo pleito para recuperar los bienes artísticos que Lérida se negaba a devolver. Ni se cumplía con el Derecho Canónico, que dispone la obligatoria devolución de los bienes a las parroquias que cambian de diócesis, ni se acataba el Decreto del nuncio Lajos Kada, en junio de 1998, sobre la necesidad de cumplir con la legislación canónica. El problema, un proceso de rebelión a la jerarquía eclesiástica, llegó a su mayor tensión cuando tampoco se obedeció a la Congregación de los Obispos que- -en septiembre del 2005- -ordenaba el cumplimiento del decreto del Nuncio. Tras muchos esfuerzos, con la oposición de las instituciones catalanas, la iglesia de Barbastro pudo documentar ante Lérida las peticiones de esas 113 piezas de arte que constituyen el núcleo de la discordia. Pero, una y otra vez, se negaron a cualquier solución y el obispo ilerdense decidió convertir el problema en una cuestión política. Los poderes catalanes acometieron- -con urgencia- -la construcción de un Museo para exhibirlos, al mismo tiempo que lograban engañar al presidente aragonés con la idea de compartir las piezas artísticas. Aragón se manifestó contra esas claudicaciones del presidente Iglesias, el Partido Popular llevó al obispo de Lérida casi cien mil firmas y todos los aragoneses asumimos que esta reclamación era una Los gobiernos deben cumplir la ley y, en este momento, sólo nos queda esperar que Cataluña lo haga cuestión de dignidad. Pasan los años y esta devolución de los bienes sigue sin producirse. Hoy ya es un problema de reivindicación del catalanismo, una cuestión controlada por la Generalitat y- -en estos momentos- -por un consejero de Esquerra Republicana, que trabaja por la independencia de la nación catalana, en la que se englobarían territorios limítrofes como esta zona que nos ocupa y que ellos denominan, erróneamente, franja de poniente. Por ello, no podemos caer en la simpleza de entender que esta reclamación de unas obras de arte sólo es cuestión de la Iglesia. El problema es de fondo, puesto que estamos discutiendo sobre unos bienes culturales que Cataluña ha convertido en pilares de su nacionalismo, de su identidad como pueblo. Lo ha hecho en grandes exposiciones y lo ha hecho llegando hasta la desobediencia del obispo catalán al propio papado... Éste es el problema y es fácil entenderlo si revisamos el momento cuando comienzan a trasladarse las obras de arte medieval al palacio de Lérida. El obispo Messeguer i Costa fundó el Museo Católico de Lérida en 1893, con las esculturas y pinturas que se llevó de los pueblos del oriente aragonés, alegando que eran para que sus seminaristas comprendieran la importancia de la iglesia catalana en la creación de la cultura medieval. Pero este obispo lo único que hacía era seguir las consignas de Morgades i Gili- -obispo de Vic, administrador de Solsona y luego obispo de Barcelona- -que pertenecía a un grupo de intelectuales de la época de la Renaixença, empeñados en recuperar el patrimonio artístico catalán. Y desde esa clave se entienden sus publicaciones, su Sociedad Arqueológica y su apuesta por el Museo de Vic que acabará teniendo como conservador a José Gudiol, autor de las primeras Nocions d Arqueologia Sagrada Catalana. Está claro que el obispo Messeguer de Lérida fue un buen colaborador de la apuesta por el catalanismo, nacida a fines del siglo XIX en el entorno clerical, con la fundación de los museos de Vic en 1889, Lérida en 1893 y Solsona en 1896. Todo ello dentro de la reivindicación de la cultura catalana, que el obispo Morgades propició en la Exposición Universal de 1888 en Barcelona. Ese es el espíritu que presidió la recogida de obras de arte en esta zona aragonesa, llamadas a convertirse en referentes de la historia catalana, en piezas útiles para mantener el discurso de los Países Catalanes. Su papel era tan notable como su valor artístico, por lo cual al abrirse las salas del Museo leridano- -en 1898- -ya se les había quitado la mención a sus lugares de origen y era claro que todas procedían de parroquias catalanas. Sólo cien años después, el obispo ilerdense Malla se atrevió a reconocer que estaban en depósito y que eran obras procedentes de Aragón. Pero su confesión fue muy fugaz y se silenció, recordando que no procedían de las parroquias aragonesas y que en muchos casos se habían cambiado por arreglos en campanarios o en casas parroquiales. Ante esta situación, sin poner en la mesa otros problemas como el de las pinturas de Sijena que se llevaron a restaurar y hoy están ilegalmente en el Museo Nacional de Cataluña, conviene señalar que Aragón no puede esperar más. Esto no es una cuestión de generosidad sino de justicia, y ésta ya ha hablado con claridad y en repetidas ocasiones. Los gobiernos deben cumplir la ley y, en este momento, sólo nos queda esperar que Cataluña lo haga. Vicepresidente primero de la Real Academia de Bellas Artes de Aragón